28 may. 2015

Proyecto de Cristal

¡Hola! ¿Cómo estáis? ^^

Hace tiempo que publiqué mi primera novela, y hace muy poco que salió a la venta la segunda. Así que tengo entre manos un proyecto para el que necesito vuestra ayuda.
El proyecto es una sorpresa, por lo que tengo que mantenerlo en secreto; pero lo que sí puedo deciros es que tiene que ver con el libro de Cristal, la guerrera esmeralda.
Los que estéis dispuestos a prestarme vuestra ayuda no necesitaréis más que un par de minutos, y el resultado será muy bonito. Así que os animo a que participéis.
Si queréis saber los detalles, no tenéis más que escribirme a esta dirección: @cristaldeliann y os explicaré en qué consiste todo. O, si me tenéis en twitter, escribirme por ahí; lo que más cómodo os resulte.

¡Un abrazo y espero que os animéis!





15 may. 2015

Imperfecta Armonía. Capítulo 3

Me había costado dormir. Escuchaba silbar al viento a través de la ventana, oía la televisión del salón e incluso el agua corriendo por las cañerías.
            Me moría de sueño, era una sensación horrible. Aun así, no fui capaz de pegar ojo hasta bien entrada la noche.
            Al día siguiente me levanté temprano. Como siempre, por la mañana mi reflejo en el espejo no mostraba mi mejor cara. Lo disimulé como pude, pero no existen los milagros. Me di una ducha y me vestí, escogiendo con cuidado una camiseta de manga larga y deseando que no hiciera mucho calor en clase. Al volver a mi cuarto para hacer la cama, encontré unas mantas tiradas en el suelo.
            Veía la noche anterior algo borrosa. Al parecer, dormir, aunque poco, me había hecho bien. Y aquel delirio del chico guapo era agua pasada. Me agaché para recoger las mantas, y me volví al escuchar un bostezo.
Solté un grito de pánico y asusté a un dormido Jack incluso más de lo que lo estaba yo.
-No te has ido. –Sollocé.
-Mmm... No. Parece que no.
-Esto es de locos.
Jack se encogió de hombros.
-Ayer parecías haber aceptado que iba a quedarme contigo.
-Me autoconvencía. Pensaba que desaparecerías.
-Siento decepcionarte. –Me miró de cerca y, por primera vez, me di cuenta de que tenía los ojos verdes; verdes, grandes y luminosos. Asentí para mis adentros: para ser una alucinación, mi cabeza le estaba dedicando toda clase de detalles.
Suspiré y reprimí las ganas de llorar. Aquello era demasiado. Me contuve, hice la cama respondiendo brevemente a las preguntas que Jack me hacía y bajé a desayunar. Mi tía se había marchado hacía un rato, y me alegré de que no estuviera en casa, porque no tenía apetito. Ojeé el frigorífico y acabé decidiendo marcharme con un bollo para el almuerzo.
Salí de casa desganada y recorrí el vecindario incorporándome a la calle principal. Jack me hacía observaciones, pero no esperaba que le respondiera. Sabía que, estando en la calle, no podía hacerlo.
Llegué en quince minutos. Sonó la sirena de clase, y crucé la puerta principal junto con varias decenas de chavales gritones y alterados. Entré en clase, dispuesta a enfrentarme al mismo infierno de todos los días. Y ahí estaban; nada más verme, Lucie y Keyla me miraron de arriba abajo con descaro.
Miré a mi lado. Jack no estaba. Seguí caminado.
Nos sentábamos de dos en dos. Ocupé mi asiento y, por el rabillo del ojo, vi que escribían algo en un papel, entre risas. Me hice la loca y miré la puerta. Sophie aún no había llegado. Era mi compañera y única amiga. Nos habíamos conocido hacía un año, se acababa de mudar y congeniamos sin que a ella le importase lo más mínimo lo que los demás opinasen de mí.
Me di cuenta de que Lucie y Keyla pasaban una nota a las de la mesa de atrás, y estas la abrían, me miraban y rompían a reír. Acto seguido la doblaron, la pasaron a la siguiente mesa, y dos chicos repitieron lo mismo.
Fingí que no me percataba del revuelo que estaba causando esa nota que, a todas luces, decía algo grotesco sobre mí.
Si Sophie no llegaba pronto, me moriría. Saqué el cuaderno y el libro de biología e hice como que anotaba algo; no podía quedarme quieta fingiendo no darme cuenta de lo que pasaba. Por lo menos, tenía que hacer algo.
Entonces la puerta de la clase se cerró, y el profesor caminó hasta su escritorio. Dejé caer la cabeza entre las manos y procuré que el cabello negro me ocultara el rostro. Me esperaban seis largas horas de clase sin Sophie. Y, además, la mañana no había empezado precisamente bien.
            En el descanso, saqué el móvil de la mochila y le escribí un mensaje. Diez minutos después, recibí su respuesta.
            “Tengo fiebre, esta mañana no iré a clase. ¿Todo va bien? Besos.”
            No, nada iba bien. Me recosté en el asiento, mirando al frente. Me sentaba en primera fila y delante de mí estaba la pizarra. Entonces reparé en una figura junto a la puerta y advertí que se trataba de Jack. Cerré los ojos con fuerza, como si así al abrirlos fuera a desaparecer, y volví a mirarle. Él me sonreía con los brazos cruzados ante el pecho.
            Al parecer, debí de quedarme demasiado tiempo mirándole. O, a los ojos de los demás, mirando a la nada... pues oí a Lucie decir algo como “boba” e “ida” y al séquito que tenía a su alrededor reír su ocurrencia.
            El resto del día lo pasé sumida en un creciente desasosiego. Cada vez que el profesor buscaba en la lista para preguntar a alguien me sentía horriblemente tensa. Deseaba y rogaba con toda mi alma que no me preguntase nada. No importaba si conocía o no la respuesta. Dijera lo que dijese, fuera acertado o no, todos se reirían o me criticarían. Si acertaba, por engreída y, si fallaba, por tonta.
            A esas alturas, todo aquello no debería importarme. Pero todavía dolía. No siempre fue así. Durante un tiempo fui una alumna más. El año que cambié de centro porque tuve que mudarme con mi tía, empezaron las burlas, las risas y los insultos.
            Conseguí pasar desapercibida hasta la última clase. No quedaba más de media hora para que pudiese volver a casa y descansar. Pero el profesor me hizo una pregunta y me vi entre la espada y la pared. Hablar o callar. Sabía la respuesta.
            Me miró apremiante, aburrido. Yo le devolví la mirada y me mordí el labio inferior.
            -Esperamos una respuesta. –Me dijo, intentando parecer amable.
            Lucie soltó una risotada nada disimulada y el profesor la mandó callar.
            -No lo sé. –Dije simplemente, y todos empezaron a hablar por lo bajo.
            Agaché la cabeza hacia el libro, para que no siguiera insistiendo y preguntó a otro. Él tampoco había sido capaz de responder, pero todo quedó ahí. Los dos habíamos reaccionado de la misma manera. Pero él se iría tranquilo a casa, yo no.
            Durante el camino de vuelta Jack no habló, cosa que me sorprendió. Llegamos pronto y subí directamente a mi cuarto. Tiré la mochila sobre la cama y entré en el baño antes de que él subiera las escaleras.
            Me apoyé en la puerta y cerré los ojos con fuerza. Tenía ganas de llorar, de pegar puñetazos a la pared y de dormir. Dormir, desaparecer, y olvidarme de todo.
            Cogí aire y volví a mi habitación. Jack estaba de pie, mirando por la ventana. Se giró para observarme, pero yo no le miré. Busqué rápidamente la cuchilla en el cajón de los calcetines y me la metí debajo de la manga.
            Me pregunté a mí misma por qué le ocultaba aquello a mi imaginación. Pero no le di muchas vueltas. No quería que nadie lo supiera y punto; fuera real o no.
            Volví a meterme en el baño y eché el cerrojo. Me senté en el suelo y levanté la manga izquierda de mi camiseta. La herida del día anterior aún estaba allí, brillante donde todavía no había salido la postilla. Subí un poco más arriba, hasta la zona media del antebrazo e hice ahí el corte.
            La sangre brotó, se formaron pompas donde la incisión fue más profunda y sentí punzadas en los nervios. Un dolor agudo, y algo de escozor.
            Volví a coger aire cuando la hoja metálica se separó de mi piel y suspiré. Me tomé mi tiempo para eliminar cualquier rastro que delatara lo que había estado haciendo y regresé a mi cuarto.
            -¿Todos los días son así?
            -¿Qué? ¿A qué te refieres?
            -En el instituto.
            -No quiero hablar de eso. –Respondí, fría.
            -Yo tampoco, Mel. –Dijo él. –Pero no me das otro tema de conversación y soy bastante curioso. –Rió. –Es gracioso. Realmente no sé quién soy pero sí que sé cómo soy.
            -¿Y cómo eres? –Nada más formular la pregunta me arrepentí de haberlo hecho. Me giré en redondo y salí del cuarto para bajar al salón. Tuve la esperanza de que Jack no me siguiera, pero ahí estaba él, bajando las escaleras en pos de mí.
            -Soy amigable y me socializo con facilidad. Si fuera a un instituto probablemente sería todo lo contrario a ti.
            Pasé por alto ese comentario tan hiriente y me dije a mí misma que solo era mi subconsciente, castigándome. Abrí el frigorífico y no encontré gran cosa. Dejé que saliera el frío durante unos instantes más y después cerré la puerta, para decidirme sobre qué comer.
            -También soy observador y tengo labia. Soy algo perezoso, pero por lo general me obligo a mantenerme activo. –Levantó uno de los brazos, mostrándome cómo la camiseta se ceñía al bíceps. -Se nota, ¿verdad?
            Sacudí la cabeza.
            -¿Todo eso son cosas que supones o que recuerdas?
            -Son cosas que de alguna manera recuerdo. Pero no sé de qué.
            -Puede que estés muerto y que debas ir hacia la luz o algo así. –Solté, volviendo a abrir la puerta del frigorífico y sacando unos macarrones del día anterior.
            -No. –Movió la mano. –No me siento muerto. Lo cierto es que no me preocupa demasiado lo que hago aquí. –Se acercó a mí y vigiló de cerca lo que hacía. Me vio coger un plato, echar algo de pasta y sentarme con él delante de la televisión.
            Jack se dejó caer en el otro extremo del sofá y estiró las piernas hacia mí.
            -Si eres parte de mi imaginación, me perteneces. –Dije.
            Jack alzó las manos, en fingido gesto defensivo y con ojillos de recién levantado.
            -Puedo decidir sobre ti, porque eres mío.
            -¡Eh, eh! –Movió las manos hacia delante y hacia atrás.
            -Puedo hacer contigo lo que quiera.
            La expresión de su cara cambió. Se incorporó y se acarició el mentón con los dedos, sugestivo.
            -Ahora te escucho. Creo que tengo una idea sobre lo que quieres hacer conmigo –Alzó las cejas, divertido.
            Ignoré ese comentario.
            -En realidad, soy como tú. La única diferencia es que nadie puede verme. A excepción de ti, claro. No sé por qué.
            -Pero eres parte de mi imaginación.
            -No lo creo. Pienso y actúo por mí mismo.
            -Entonces esto puede ser más aburrido de lo que esperaba. –Me dejé caer en el sofá, arrugando la frente.
            -¿Por qué no salimos y me enseñas los alrededores?
            Le obsequié con un no rotundo. Nunca salía sola, si podía evitarlo. Y no iba a hacerlo para enseñarle el barrio a un ser “etéreo”. La última vez que había salido sola, además, había sido para descambiar aquella dichosa blusa, y había perdido mi pulsera azul.
            Suspiré, miré al frente y me topé con una de las novelas que estaba releyendo. La cogí de la mesita y la abrí por la página marcada.
            Como Jack seguía aburrido, me quitó el libro de entre las manos. Fui a gritarle pero entonces me di cuenta de algo: nuestros dedos se habían rozado al intentar arrebatármelo, y yo lo había sentido.
            -¿Tú también lo has notado?
            Asentí, boquiabierta.
            No había sido un contacto normal, como cuando tocas a una persona o a un objeto. Había sido algo... menos físico. Un cosquilleo que iba más allá de la superficie de la piel, pero que recorría todas las fibras de tu cuerpo.
            Jack alargó la mano y me pasó el pulgar por la muñeca. Y ahí estaba, ese contacto irreal pero palpable. Y, de alguna manera, cálido.
            El resto de la tarde fue mucho menos aburrida de lo que me esperaba. Jack se había plantado en medio de la calle, esperando a que pasara alguien. Mientras, yo le veía desde la ventana.
            Por fin, apareció una mujer acompañada de una niña. Jack se detuvo en medio de la acera, por donde ellas pasarían en unos segundos. Me miró, y yo le devolví la mirada a él.
            La señora iba caminando con la pequeña, riñéndole por llevar los cordones sueltos. Jack dio un par de pasos a la izquierda, buscando chocarse con ella. Y tres, dos, uno... La mujer se dio de bruces contra él, dando un par de pasos atrás inmediatamente y sacudiendo la cabeza.
            Mientras la mujer buscaba con la mirada qué le había hecho tropezar, la niña se tiró al suelo para atarse los cordones de los diminutos zapatitos. Entonces Jack se puso en cuclillas a su lado. Le acarició la cabecita rubia, pero la niña no se inmutó. Le pasó la mano por la frente, con el mismo cuidado que me había rozado a mí la muñeca, pero no surtió el mismo efecto; la niña frunció el ceño levemente, pero no pareció sentir el roce.

            Si alguien se fijara, podría haber observado que aquella tarde no corría el viento, pero que una de las coletas de la niña parecía mecerse al son de este. Yo, en cambio, veía como una de sus coletas era agitada por un frustrado Jack, que me miraba con ojillos consternados.

Imperfecta Armonía. Capítulo 2


Caí derrotada sobre la cama. Tenía dos opciones: me lo callaba, o lo contaba. Ambas incluían cosas buenas y cosas no tan buenas que me preocupan más. Si hablaba, era probable que me medicasen aún más, que doblasen las sesiones del psicólogo y, probablemente, que descubriesen lo que hacía con mi cuerpo... Y, con un poco de mala suerte, quizá me internasen en algún centro. Pero si no lo decía... Bueno, lo único que estaba en juego era mi propia salud mental.
            Jack cotilleaba, curioso, cada rincón de la habitación mientras yo iba acostumbrándome a mi locura con la cara enterrada entre las manos. Estaba en shock.
 Después de un rato, en el que ninguno habló, me decidí a romper el hielo.
            -Jack. –Pronuncié, con prudencia. -¿Qué haces aquí?
            -Dímelo tú. –Dijo mientras jugueteaba con el marco de una foto.
            -Oh. Así que... ¿Quién eres en realidad? ¿Un espíritu o un ángel que quiere que descubra por mi cuenta por qué necesito su ayuda?
            -No. –Negó con la cabeza. –Cuando te he dicho que me lo dijeras tú, era exactamente porque creía que tú lo sabrías mejor que yo. No tengo ni idea de qué hago aquí. Solo sé que me has traído tú.
            -Ajá... –Murmuré con cansancio, sintiéndome ridícula por seguirle la corriente a un producto de mi imaginación, de mi mente. -¿Y quién eres exactamente?
            -Soy Jack.
            -¿Jack qué más?
            -Solo Jack.
            Me dejé caer en el colchón. Madre mía, ¡estaba hablando con alguien que no existía! Tras unos segundos de absoluta desesperación, me incorporé y crucé el pasillo que separaba mi cuarto del baño.
            Lo acabas de hacer. No, no lo hagas. Lo acabas de hacer. Lo acabas de hacer. Lo acabas de hacer... –Me repetí, una y otra vez, delante del espejo. Pero no tenía fuerza de voluntad. Busqué una cuchilla de depilar, pues no quería que mi nuevo amigo Jack viese cómo sacaba mi cuchilla especial del cajón de los calcetines, y la hice vacilar sobre la piel de mi brazo.
            Lo acabas de hacer. Otra vez no... –Gritó alguien desde algún rincón de mi interior. Pero nadie le escuchó, porque los gritos de mi alma afligida amortiguaron el sonido. Y en mi cabeza solo podía pensar en la gloriosa sensación que vendría después de hacerlo. Derramé un hilillo de sangre. No mucha, la suficiente para sentirme más serena.
            Limpié todo concienzudamente y volví a mi cuarto, donde me esperaba mi nuevo trastorno. Pasé a su lado sin prestarle atención y me pregunté qué debía hacer. Tenía que distraerme hasta la hora de la cena. Pero solo pensar en ver los programas que retransmitían a esas horas en la tele... me ponía enferma.
            Tampoco quería salir. En esos instantes, no me apetecería ver a nadie. Y, aunque quisiera, ¿con quién podría quedar? Seamos sinceros, solo tenía una amiga y casi siempre estaba ocupada. Pero ese no era el mayor de mis problemas en aquel momento.
            El mayor de mis problemas medía más de uno ochenta, era moreno y tenía una sonrisa de infarto. Ojalá pudiera decir que solo era la típica chica colada por el bombón de clase. Ojalá. Pero no era así.
            Cogí un libro y bajé al salón. Por algún motivo, me daba reparo quedarme a solas con él. Me tiré en el sofá y escuché a Beatrice mover cacharros en la cocina. Eso me relajó.
            Sin embargo, al cabo de unos minutos, oí cómo Jack bajaba las escaleras y se acercaba a mí.
            -¿Tú quién eres? –Me dijo, como si fuera él el sorprendido.
            No le contesté, volví a distraerme con la lectura y procuré no prestarle atención.
            -Dime al menos cómo te llamas. Yo te he dicho mi nombre.
            Hice como que no le escuchaba.
            -¡Eh, vamos! -Me chilló.
            -¡No grites, trato de leer! -Le espeté, malhumorada.
            -¿Dices algo, Mel? -Oí la voz de mi tía desde la cocina.
            -No... Nada. -Le dije, consciente de que acababa de gritarle a mi propia imaginación.
            Volví a mi habitación atropelladamente y me encerré dentro.
            -No me hables en público. -Le pedí a Jack.
            -Entonces préstame un poco de atención cuando estemos a solas. -Alzó una ceja. Sacudí la cabeza. No podía creer lo que estaba pasando.
            -Escúchame. –Le dije, señalándolo con el dedo. -No pienso hablarte, ni mirarte, ni prestarte atención. Estás en mi cabeza, y cuando deje de pensar en ti, te irás.
            Entonces tomé una decisión. Haría como si todo fuera normal. Jack podía ser un efecto secundario de los antidepresivos. Seguramente, si dejaba de pensar en él, se acabaría yendo. Desaparecería sin más, igual que apareció...
            -Bueno. –Me dijo él. –Supongamos que soy producto de tu imaginación. ¿Entonces qué tiene de malo que me hables? Es decir, de momento no supongo nada malo para ti; así que, ¿por qué no me das algo de conversación? –Me guiñó un ojo y me llevé las manos a la cabeza, entre desesperada y abatida.
            La cena fue horrible. Intenté no prestar atención a Jack. Pero estaba ahí, interviniendo una y otra vez. Yo trataba de hablar con Beatrice, pero él me lo impedía. No dejaba de escuchar el eco constante de su voz, molestándome.
            Mi tía notó que me pasaba algo, tal vez porque no era capaz de decir más de dos frases seguidas o porque resoplaba cada dos segundos. Pero le dije que estaba agobiada por unos deberes que tenía que acabar para el día siguiente, y me dejo marchar a mi cuarto ofreciéndose a recoger ella la mesa.
            -Está bien. –Le dije a Jack cuando nos quedamos a solas. –Te hablaré. –Forcé una sonrisa. –Al fin y al cabo, tenerte puede ser divertido. Nunca estaré sola.
            -Nos vamos entendiendo, Mel. Te llamas Mel, ¿verdad?
            -Sí.
            -¿Mel de Melissa? ¿Melinda, tal vez?
            -Mel de Mel. –Zanjé. Me dirigí al armario y saqué la mochila del instituto. Miré el horario en la agenda y empecé a meter libros en ella.
            -Vaya, vaya. –Sacó un libro que acababa de meter. -¿Así que mañana nos vamos al instituto?
            Me giré hacia él, esperanzada.
-¿Te importaría quedarte en casa? Te prometo que al llegar te daré conversación. –Me mordí los labios, deseando que funcionara.
-Lo siento, pero estoy ligado a ti.
            -¿Qué quieres decir con eso de “ligado”?
            -Que me siento atraído por ti en todo momento. –Soltó una risotada, clara y algo grave. –Me refiero a que algo me empuja a mantenerme cerca de ti.
            -Lástima. –Cogí un libro y me quedé unos instantes parada frente a la cama. Pensé en leer hasta que me entrara el sueño. Pero llevaba mucho tiempo sin dormir bien, y lo cierto era que me sentía agotada.
            Tal vez, si consiguiera dormir bien Jack desaparecía de mi mente. Dejé el libro en su sitio y encendí la luz de la mesita de noche antes de apagar la lámpara del techo. Me asomé por la puerta de mi cuarto y le grité a Beatrice, que veía la tele en el salón, que me iba a acostar.
            Dejé que las sábanas me engulleran y apagué la luz.
            -Eh, ¿vas a dormir?
            -Voy a intentarlo.
            -¿Y yo qué? –Jack me miraba, expectante.
            -Puedes dormir también. –Le propuse.
            -¿Dónde?
            -¡Oh, vamos! –Casi grité, encendiendo de nuevo la luz. Jack estaba junto a la ventana. Con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y expresión divertida. -¿No puedes dormir de pie?
            -¿Tú sí? –Se hizo el sorprendido y alzó mucho una ceja.
            -Yo no soy producto de la imaginación de alguien.
            -Ouch. –Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar dolido. –Pero todavía no puedes afirmar eso, no estás segura de que sea producto de tu mente.
            -¿Puedes demostrarme lo contrario?
            -Ni siquiera yo sé por qué estoy aquí.
            -Entonces no hay más que hablar. Eres una alucinación. ¡Desaparece!
            Sacudió la cabeza, ignorando mi comentario.
            -¿Y bien? ¿Dónde duermo?
            -Mañana ya pensaré en algo. De momento, puedes dormir en el suelo. –Volví a acostarme. –Tienes algunas mantas en el armario. Búscalas.
            Jack se dirigió al lugar que le había indicado, algo resignado; pero obediente. Y encontró las mantas de las que hablaba. Tumbó varias en el suelo, a modo de colchón, y apretujó una para usarla de almohada. Se echó la restante por encima y suspiró.
            -Es muy temprano. No creo que pueda dormir.
            -Inténtalo.
            -Hasta mañana, Mel.
            -Hasta mañana.

            Cerré los ojos. ¿Realmente acababa de darle las buenas noches a un ser imaginario? ¡Madre mía!

Imperfecta Armonía. Capítulo 1

Grité. Pero nadie escuchaba. Aunque estaba sola en casa y nadie me oiría, mi alma gritaba por dentro, sin atreverse a levantar la voz.
            Sabía qué era aquello. Sabía que si mi interior desataba todo lo que había guardado esos meses, estaría algo más en paz y no tendría ni que plantearme lo que me disponía a hacer en esos instantes.
            Pero esa era la única forma que tenía de desahogarme. Y por eso me encerré en el baño, me senté en el suelo de mármol y vacilé con la cuchilla sobre mi piel unos segundos para, después, cortarme.
            Y ahí estaba. La sangre, la liberación. Ya me sentía mejor.
            No era ingenua. Había leído sobre ello. Sobre los “cutters”; gente que se autolesiona, que generalmente se corta, buscando una forma de expresar lo que no puede decir con palabras. Sé por qué lo hacía. Sé que el subidón que experimentaba justo antes de cortarme, y la descarga de tensión después, el alivio, eran lo que me llevaban a hacerlo una y otra vez. Era mi droga, mi adicción. Y era completamente consciente de ello.
            Pero no tenía intención de parar.
            No era una suicida, ni una persona que quisiera llamar la atención. Si la gente lo supiera, habría dicho que estoy enferma. La mayoría no lo entendería, es “insano”. Pero, para mí, en cambio, era la única forma de mantenerme mentalmente “sana”. Si no pudiera cortarme, me habría derrumbado hace mucho tiempo.
            Me levanté despacio, y limpié la sangre y la cuchilla. Me la metí al bolsillo, bajé las mangas de mi camiseta y volví a mi cuarto, para esconderla en el cajón de los calcetines.
            Mi tía Beatrice no suele fisgar. De hecho, no creo que entre nunca en mi habitación. Pasa mucho tiempo fuera de casa, y yo me encargo de hacer mi propia colada y de mantener ordenado mi cuarto; no soporto el desorden.
            Me acerqué al tocador. Y una chica paliducha de dieciséis años me devolvió la mirada desde unos ojos azules y cansados. Frente al espejo había un cepillo y a su lado un botecito con pastillas.
            Es triste que a mi edad estuviera tomando antidepresivos. Pero me consolaba la idea de que podría ser peor. Si mi tía o mi psicólogo se enterasen en algún momento de que me cortaba... Bueno, me imagino que los antidepresivos habrían sido el menor de mis males.
            Guardé la cuchilla que llevaba en el bolsillo, cogí una de las pastillitas, y me aseguré de que eran las cuatro de la tarde. Cerré los ojos y la tragué sin pensar. Después me arrepentí de no tener cerca un vaso de agua, pero ya era tarde. Aun así, con un desagradable regusto en la garganta, bajé al piso de abajo a por uno.
            Miré mi muñeca desnuda. Allí, hacía tan solo una hora, había estado mi querida pulsera azul; la que me regaló mi madre por mi noveno cumpleaños. Y su pérdida, en parte, era una de las cosas por las que estaba triste aquel día.
            Mi tía Beatrice me había regalado una blusa de una de aquellas tiendecitas autónomas del centro, esas demasiado pobres como para asentarse en la Gran Avenida, pero que se encuentran a tan solo unas calles de distancia de esta.
            No me quedaba bien, y tenía que ir a descambiarla. Tendría que haber ido con mi tía, porque odio ir de compras sola. De hecho, odio cualquier actividad que implique salir sola de casa. Pero el caso es que la tienda cerraba pronto y era el último día para descambiar la prenda. Mi tía estaba trabajando y tenía que acercarme yo sola. Y además de la vergüenza que pasé diciéndole al dependiente que la mayoría de la ropa que me enseñaba no me gustaba, había perdido mi pulsera azul.
            No es que fuera algo irremplazable. Hacía mucho que no me la ponía, pero últimamente me gustaba llevarla conmigo. Ahora ya no podría hacerlo.
            Dentro de la tienda había estado jugueteando con ella, y seguramente la había perdido en un descuido.
            Suspiré, resignada, y enfilé las escaleras. Cuando subí, me quedé paralizada en la puerta de mi cuarto. Dejé caer el vaso y se hizo añicos sobre el suelo de madera.
            Delante de mí, y al otro lado de la habitación, había un chico mirando distraído por la ventana. Con unos dedos delgados y alargados retiraba cuidadosamente la cortina, con la vista fija en la calle otoñal.
            Era alto y moreno. Llevaba unos vaqueros ajustados, y una camiseta negra con la que se le marcaban los bíceps.
            Me quedé sin respiración, y me recordé a mí misma que lo impactante no era su físico, sino que se hubiese colado en casa. Sacudí la cabeza para reponerme y entonces caí en la cuenta de que podría ser peligroso. Pero me daba miedo moverme, mi tía aún tardaría en llegar. Además, si intentaba salir corriendo puede que me alcanzara; a lo mejor resultaba ser rápido. Bueno, más rápido que yo seguro.
            Me decanté por el plan B.
            -¿Quién diablos eres tú y qué haces aquí?
            -Eso me preguntaba yo. –Su voz era suave, pero grave.
            -¿Quién eres?
            -Me llamo Jack.
            -Muy bien, Jack... ¿Y qué se supone que haces en mi casa?
            -Ya te he dicho que no lo sé.
            Entonces oí que se abría la puerta del piso de abajo. Escuché el típico repiqueteo del llavero de mi tía y me relajé un tanto. Ella sabría qué hacer. No parecía un tipo peligroso, pero aun así podría ser alguien desequilibrado. Volví a darle un repaso; no parecía un loco.
            -¡Beatrice! –Grité sin apartar la mirada del extraño que había irrumpido en mi cuarto. Esperé. -¡Beatrice, date prisa!
            -Ya voy, ya voy.
            Sus tacones resonaron en el entarimado de madera. Por fin, tras unos interminables segundos en los que imaginé cómo el guapo y pacífico Jack se convertía en Jack el destripador y nos mataba a las dos, Beatrice llegó a mi lado.
            La miré a ella y, después, al frente. Ella siguió mi mirada. Bien. No parecía asustada. ¿Tal vez lo conocía? ¿Estaría haciendo el ridículo?
            -¡¿Pero qué has hecho?! –Exclamó. -¿Te encuentras bien? –Miró al vaso hecho pedazos en el suelo y luego me miró a mí.
            -Beatrice... –Susurré, alzando la mano hacia el desconocido. Pero ella se me adelantó, y caminó hacia él con paso seguro y firme.
            -¿Por qué tienes esto a oscuras? ¡Por eso se te ha caído el vaso, porque no veías nada! –Dijo, mientras se dirigía a la ventana, hacia donde estaba Jack y... y pasó por delante de él. Por su lado, sin inmutarse siquiera. Incluso pude ver cómo rozaba su brazo sin que se dignara a levantar la cabeza hacia él; como si no lo hubiera visto.
            Ahogué un grito y me quedé con la boca abierta. Mi tía volvió a mi lado y me dijo que iría a por una escoba. Yo asentí, sin apartar la mirada del desconocido que se encogía de hombros como si la cosa no fuera con él.

            Instintivamente, miré hacia el bote de pastillas del tocador. Y entonces caí en la cuenta de que me había vuelto rematadamente loca. Era oficial. La señorita Mel estaba peor que una cabra.

13 may. 2015

¡Ya a la venta! :D

¡Por fin! Ya está disponible en su versión kindle mi nueva novela: Imperfecta Armonía. Podéis conseguirla aquí.

Así que tengo el placer de presentaros esta preciosa portada diseñada por Alexia Jorques:


No sé a vosotros, pero a mí me tiene enamorada ^^

He abierto una nueva página en el blog para colgar los datos de la novela. Aun así, aquí os dejo la sinopsis:


Mel no ha tenido una vida fácil.

Los fantasmas de su doloroso pasado y un angustioso día a día hacen que se encierre más y más en sí misma.

Sin embargo, todo cambia cuando un joven, al que por alguna razón solo ella puede ver, irrumpe en su vida. Acostumbrada a la soledad y al silencio, Mel debe aprender a convivir con alguien que es totalmente opuesto a ella. Alegre y descarado, Jack complicará su costumbre de reservar sus sentimientos. Juntos, deberán averiguar cuál es el misterioso vínculo que los une en un relato donde el dolor y el amor caminan de la mano.

Seguiré subiendo cosas sobre la novela. Estoy muy emocionada con esta publicación y espero de corazón que a los que la leáis os guste.

¡Un abrazo! ^^


12 may. 2015

Tercera imagen de Imperfecta Armonía

¡Hola de nuevo!

Ha habido un pequeño cambio de planes y hoy os traigo también la tercera imagen antes de desvelar la portada. Enseguida os enseñaré la portada entera ^^


Segunda imagen de Imperfecta Armonía

¡Hola! ^^

Aquí os traigo la segunda imagen de la portada de Imperfecta Armonía.


11 may. 2015

Imperfecta Armonía

¡Hola! ^^ ¿Cómo estáis?

Esta semana se publicará mi nueva novela Imperfecta Armonía y para enseñaros la fantástica portada que ha creado Alexia Jorques desde ahora y durante tres días voy a subir imágenes que desvelan un poco más de esa portada.

Así que aquí os dejo la primera:


¿Os sugiere algo?

Estoy deseando que llegue el día de la publicación, y poder enseñaros la portada entera y la sinopsis.

¡Hasta pronto y un abrazo!

27 may. 2014

Para bloggeros

¡Hola a todos! ^^

Hace unos meses cuando empecé a ponerme en contacto con todos los bloggeros que me ayudaron a darle un empujoncito a mi obra, muchos me pidieron un ejemplar que no pude darles. Pero ahora que también está en Amazon, he pensado en regalar un ejemplar en pdf a todo aquel bloggero que esté interesado en leerlo.

Así que, si queréis un ejemplar de Cristal, la guerrera esmeralda, no dudéis en poneos en contacto conmigo.

Un beso ~

paula_himmelblaw@hotmail.es

https://twitter.com/Paula_G95

https://www.facebook.com/paula.gallego.904

30 abr. 2014

Cristal, la guerrera esmeralda en Amazon y Wattpad

¡Hola a todos!

Siento haber tardado tanto tiempo en escribir desde que subí el último capítulo. Pero tengo una noticia:

¡¡¡Mi libro está ya disponible en versión Kindle en Amazon!!!

Cuesta 2,68 (IVA incluído) y tiene 396 páginas.

Así que, si alguien estaba interesado en el libro y no ha tenido la oportunidad de comprarlo en papel, ahora ya puede hacerlo a un precio muy baratito.

Por eso, y como también estoy subiendo capítulos a Wattpad, he decidido dejar de subirlos por aquí, ya que ahora está mucho más accesible y creo que leerlo por Wattpad o descargarse el libro en Amazon es mucho más cómodo que leerlo mediante el blog.

A todos los que habéis leído algún que otro capitulillo ¡gracias! Espero que os animéis y sigáis a Cristal en Wattpad o que descarguéis la versión ebook.


Aquí os dejo los enlaces de Cristal, la guerrera esmeralda.