30 dic. 2013

4. La estrella de cristal verde esmeralda.


4. La estrella de cristal verde esmeralda.

A partir de aquel día en el que cruzó la barrera entre la Tierra y Deresclya, empezó a comprender muchas cosas, aunque lo hacía poco a poco, porque la información  le llegaba en pequeñas dosis.
            Los tres aparecieron junto a un pozo de piedra. La niña miró a su alrededor, todo estaba lleno de niebla, no se veía absolutamente nada a una distancia de más de cinco metros.
            -¿Dónde estamos? –Se atrevió a preguntar.
            -En la Ciudad de las Tinieblas, en Deresclya.
            -¿Qué es eso? –Volvió a preguntar sin entender nada.
            -Tranquila, pronto lo entenderás todo, Angelo te lo explicará más adelante, ¿verdad que sí, Angelo?
            Angelo le miró, pero no dijo nada; seguía serio y sin querer hablar.
            La calzada era de piedra, había bosque a los dos lados, y el ambiente era demasiado húmedo y denso. Cuando llegaron a la zona donde comenzaban las casas, se dio cuenta de que la niebla debía ser propia del lugar, porque todas las fachadas estaban adornadas con farolillos que  daban algo de luz a la oscura ciudad.
            Anduvieron por callejones. El edificio al que se dirigían no estaba muy lejos. Entraron por la puerta de atrás. A pesar de ser de día, parecía de noche; pero dentro del edificio se veía bien, estaba iluminado.
            Angelo y la pequeña se quedaron en una esquina mientras Andrea se fue a hablar con una de las mujeres que corrían de un lado para otro dentro de la casa.
            Poco tiempo después, pudo ver cómo la mujer con la que hablaba asentía enérgicamente y Andrea volvía junto a ellos.
            -Veréis chicos, os he traído aquí porque hemos decidido que este es el mejor sitio para que superéis vuestros problemas, ya que ambos  tienen que ver con la sangre.
            La niña se agarró a la mano de Angelo y este movió la cabeza de un lado para otro, sin decir nada.
            -¿Tú también lloras al oler sangre? –Preguntó con un hilo de voz.
            Él movió la cabeza.
            -Ya te lo explicará más tarde ¿vale? Ahora seguid a esa mujer; os enseñará vuestros cuartos.
            Angelo fue el primero en seguirla sin ni siquiera despedirse de su hermano. La niña, en cambio, se abrazó a él antes de que se marchara.
            A medida que caminaban por el pasillo, cada vez se cruzaban con más personas que corrían de un lado para otro a toda prisa. Todas iban vestidas de blanco y, de pronto, esa sensación de malestar volvió a invadirla. En el traje de una mujer se podían apreciar varias salpicaduras de sangre, volvió a agarrarle la mano al joven y se pegó  más a él.
            Subieron por varias escaleras de piedra por las que seguía bajando y subiendo gente que parecía muy apurada, hasta que llegaron a un piso superior. Allí ya no había gente corriendo, solo de vez en cuando salía o entraba alguien de alguna habitación.
             Frente a una puerta, la mujer que los acompañaba se detuvo en seco y les indicó que dejaran allí su equipaje.
            -Tú dormirás aquí, niña; tú, en la habitación de más adelante, muchacho. Por el momento, tú podrás ayudar a llevar los instrumentos pesados de un piso a otro; a las enfermeras les cuesta mucho trabajo y tienen cosas mejores que hacer. –Dijo dirigiéndose a Angelo. –Y tú... quizá tú puedas hablar con los pacientes para distraerlos. Siempre se aburren y, cuando se aburren, no paran de quejarse. Ve abajo, pequeña, y pregunta a Masta cuál será tu trabajo, ella te dirá por dónde empezar. –Vio que la pequeña dudaba un poco y la animó –Va, venga, ¿a qué esperas?
            Salió disparada hacia las escaleras, las bajó rápidamente y cuando llegó a una trifurcación del pasillo intentó recordar por dónde habían ido antes. Sin estar del todo convencida, se fue hacia la izquierda y siguió caminando en busca de una persona que no fuese corriendo de un lado para otro.
            Los lugares por los que pasaba no le resultaban conocidos, y empezó a preocuparse. Llegó hasta un pasillo estrecho  en el que había menos luz de lo normal. Siguió caminando. Las sombras que provocaba el vuelo de su vestido le producían escalofríos; el ambiente le resultaba demasiado tétrico. Además, el olor a sangre le resultaba  insoportable y ya se le estaban saltando las lágrimas.
            Llegó hasta una puerta de metal que parecía abrirse hacia los dos lados, ya que no tenía pomo ni manilla para entrar y había que abrirla empujando. A pesar de que aquel olor que tanto la turbaba se hacía más intenso por momentos, caminó hacia la puerta dispuesta a averiguar qué había dentro, picada por la curiosidad.
Justo cuando estaba preparada para abrir la puerta, una voz femenina la alertó.
            -¡Eh! No entres ahí, pequeña, es el sector de los enfermos terminales. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Eres familiar de algún paciente?
            Negó con la cabeza y se acercó a ella olvidándose de la puerta que, después de saber lo que ocultaba, ya no tenía interés por abrir.
            -Me han dicho que busque a Masta.
            -Yo soy Masta, ¿qué quieres?
            -Me han dicho que te diga que... –Intentó hacer memoria. -...Que desde ahora me encargaré de hablar con los pacientes para entretenerlos.
            -¿Se puede saber quién te ha dicho eso y quién demonios eres tú?
            -Yo... pues me llamo...
            Impaciente, la mujer la agarró del brazo y se la llevó escaleras arriba, sin darle importancia a su nombre. Volvieron por los mismos lugares por los que ella había bajado y pasaron por otros tantos que ni siquiera había visto aún.
            Encontraron a Ángelo cargado con un montón de cajas junto con la mujer que los había recibido, y la que parecía ser Masta se paró a hablar con ella. Al final, dio la impresión de que la mujer que agarraba del brazo a la niña había entendido algo y se la llevó de allí, corriendo, como todos en aquel lugar.
            Volvieron a recorrer pasillos, a atravesar pasadizos y a subir escaleras. Llegaron hasta otra puerta del estilo de la que había estado a punto de cruzar y sintió un escalofrío al imaginar que aquella escondía lo mismo que la otra.
            -A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que esto es un hospital, ¿verdad?
            -¿Vais a curar en este hospital mi problema con la sangre?
            -¿Qué? ¿De qué hablas? Da igual, el caso es que ahí dentro están  los que tienen simples fracturas, huesos rotos ¿entiendes? Solo tienes que entrar dentro y darles temas de conversación, ¿de acuerdo? –Sin esperar a que respondiera, abrió la puerta y la empujó dentro.
            Se vio entre decenas de camillas y gente que parecían ser médicos y que llevaban bandejas de un lado para otro, pero más despacio que el resto de la gente de aquel lugar. Estuvo bastante tiempo de pie, sin hablar, sin moverse, sin hacer absolutamente nada.
            Le pareció increíble cómo, de un día para otro, las cosas podían cambiar tanto. Era la cuarta vez que le ocurría aquello en su vida.  Deseó que aquella fuera la penúltima, y que la última ocurriera cuando por fin todo fuese normal.
            Esperaba que Andrea volviese al día siguiente, arrepentido de haberla dejado en aquel horrible lugar y que les sacara a los dos de allí. Pero sabía que eso no iba a ocurrir. Por algún motivo que no entendía, en aquel lugar iba a poder dejar de llorar al oler sangre. Aunque no entendía cómo eso sería posible si allí, en un hospital extraño, olía continuamente a sangre...
            -¡Eh, tú! –Le llamó la atención el joven sentado sobre la primera camilla. -¿Estás perdida?
            -Creo que no. –Murmuró saliendo de su ensimismamiento.
            -¿Y qué haces aquí?
            -Tengo... tengo que hablar con los enfermos para entretenerles.
            -¿Te han castigado o qué? –Bromeó él.
            -Me parece que sí. –Contestó ella al borde de las lágrimas mientras daba media vuelta para salir por la puerta.
            Corrió sin saber a donde hasta que volvió a encontrarse con Masta. La regañó por escaquearse de su cometido, y volvió a llevarla a la misma sala donde los pacientes se recuperaban de sus fracturas. La obligó a sentarse en una silla al lado de una camilla en la que descansaba una joven que parecía tener la pierna rota.
            -¿Cómo te encuentras hoy? Mira, esta niña ha venido a hacerte compañía.
            La niña empezó a llorar y Masta pareció ponerse nerviosa, se disculpó con su paciente y la sacó de allí para que dejara de llamar la atención.
            La llevó hasta el cuarto donde ya había estado antes y la empujó hacia adentro. Le dijo que se tranquilizara y que no le hiciera perder más el tiempo; que se quedara allí  y que al día siguiente empezaría a habar con los enfermos.
            La habitación era pequeña y oscura. Tenía ventanas, pero por ellas no se distinguía más que niebla. Le recordó a la habitación que usaba en el orfanato de las monjas. Se sentó sobre la cama y observó a su alrededor. Las paredes eran de fría piedra gris, había un armario junto a la cama, y ni siquiera había lámparas, solo candelabros. Más tarde descubría que allí no había electricidad.
            Al cabo de un par de horas, oyó la voz de la mujer que los había recibido. Cuando escuchó que se marchaba, se levantó y se asomó por la puerta. Comprobó que no había nadie cerca y salió de su habitación para entrar después en la de Angelo.
            Estaba tumbado sobre la cama, mirando al techo, y ni siquiera se giró para mirarla.
            -Angelo, ¿por qué estamos aquí?
            -Tú porque eres una rara, y yo porque no me controlo.
            -¿Por qué soy una rara? ¿Y con qué no te controlas?
            -Eres una rara porque lloras al oler sangre y yo no me controlo cuando la huelo.
            La niña seguía sin comprender, y se sentó a su lado.
            -Sé que es raro ser tan sensible al olor de la sangre... ¿pero qué es lo que te pasa a ti cuando la hueles?
            El joven se incorporó y cruzó las piernas.
            -Me pasa que encuentro ese olor tan agradable que no tengo más remedio que caer en la tentación de morder a alguien.
            -¿Y por qué muerdes a la gente?
            -Porque la sangre me da hambre.
            -¿Te bebes la sangre de la gente? –Preguntó entre asustada y sorprendida.
            -¿No sabes lo que es un vampiro? –Esperó a que negara con la cabeza. –Pues ahora ya lo sabes. Somos gente que bebe sangre y  que se ha convertido en vampiro porque la han mordido,  o que ha nacido vampiro; estos últimos son nobles, descendientes de los primeros vampiros. Cuantos más antepasados vampiros tengas, más noble será tu sangre ¿lo entiendes? Toda mi familia son vampiros de nacimiento.
            La niña no salía de su asombro, tragó saliva y movió la cabeza para darle a entender que sí.
            -Mira.
            Se inclinó hacía ella y abrió la boca para que pudiera ver sus colmillos, algo más grandes de lo normal. La niña se inclinó también y alzó la mano, temblorosa, para tocar sus colmillos. Ángelo aguardó paciente a que terminara y después volvió a recostarse contra el respaldo de su cama.
            -Esto debe de ser un hospital de Deresclya. Creo que nos han traído aquí para que nos acostumbremos al olor de la sangre...para que yo aprenda a no morder a nadie cuando la huela y tú para aprender a no llorar.
            La niña se echó un poco hacia atrás y bajó su cabecita para echarse a llorar. Los días en la villa familiar le habían parecido estupendos y no quería que las cosas cambiaran.
            -Tonta. No llores. Andrea volverá pronto, y si hemos aprendido a no llorar y a controlarnos, nos llevara de vuelta a casa.
            Desde aquel día, se aferró a aquella esperanza; y cada día, al levantarse, miraba a través de la ventana buscando su figura entre la bruma. Soñaba que volvía a por ellos, que los sacaba de allí, que le preguntaba <<¿Vendrías conmigo?>> Igual que ya había hecho hacía un tiempo. Y que se volvía a convertir en el príncipe vestido de negro que la había rescatado una vez.
            Después de un par de días, Masta volvió a buscarla y la llevó a la misma sala de gente con los huesos rotos a la que la había llevado el primer día. La condujo a través de los pacientes y le pidió que se sentara al lado de la camilla de una mujer joven que tenía el brazo roto por varios sitios.
            Allí todo el mundo era muy joven. No había ni un solo paciente, ni un solo médico que fuera anciano. Había alguna que otra persona que había pasado hacía mucho la adolescencia, pero no había nadie que llegara a los cincuenta. Se quedó un rato pensando en eso sin darse cuenta de que la mujer de la camilla la observaba.
            -¿Qué es lo que te llama tanto la atención? –Le preguntó la mujer
            -Aquí todo el mundo es muy joven.
            La mujer rió ante su inocencia.
            -¿Alguna vez has conocido a alguien que no lo sea?
            -Sí. –Respondió recordando a las monjas y al eclesiástico.
            -Vaya, tienes suerte, yo todavía no he conocido a nadie que aparente más de cincuenta años. No los conociste en Deresclya ¿verdad?
            -No, ¿Por qué? ¿Aquí no hay nadie mayor? –Se interesó ella.
            -No... bueno, sí que hay gente muy mayor. Yo misma tengo setecientos años. –La niña abrió los ojos como platos al escuchar eso, pero trató de no mostrarse sorprendida. –El caso es que los nobles no pasamos de la juventud casi nunca, y hay muy poca gente a la que han convertido siendo adulta y que haya decidido vivir aquí. ¿No te lo han explicado tus padres?
            -¿Todos...sois vampiros? –Preguntó la niña, eludiendo la pregunta.
            La mujer volvió a reír, divertida.
            -Claro que sí, por aquí hay muy pocos turistas... Supongo que tú también serás vampiro ¿no? Sino... ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?
            -No sé si lo soy, no sé qué hago aquí. Pero me llamo Cristal.
            La joven rió por tercera vez, esa última todavía con más ganas y con carcajadas más sonoras.
            -¿Qué clase de nombre es ese?
            -Mi nombre es Cristal. Mi abuela me llamaba Estrella de Cristal.
-¿Y se puede saber por qué?
- Decía que podía llegar a ser tan fría como las estrellas congeladas que no son más que masas de hielo, pero que también podía ser tan cálida como las estrellas que brillan por ser masas incandescentes de fuego. Me llamaba Cristal porque decía que para los demás podía ser difícil ver a través de mí ya que, como ocurre con el cristal, la gente se centra en ver lo que reflejo y no en lo que hay más allá. Pero me recordaba que, en realidad, soy transparente y solo hay que saber mirar. Por eso, a veces, me decía que era su Estrella de Cristal.
            -Qué curioso, pero tus padres... ¿Cómo te llaman ellos?
            -Ellos me llamaban Cristal, mi abuela se lo pidió y a ellos les gustó.
            -¿Y tus padres siempre te llaman así?
            -Ya no, están muertos. –Respondió la niña sin responder a su pregunta y sin apartar de ella sus ojos verde esmeralda.

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