30 dic. 2013

4. La estrella de cristal verde esmeralda.


4. La estrella de cristal verde esmeralda.

A partir de aquel día en el que cruzó la barrera entre la Tierra y Deresclya, empezó a comprender muchas cosas, aunque lo hacía poco a poco, porque la información  le llegaba en pequeñas dosis.
            Los tres aparecieron junto a un pozo de piedra. La niña miró a su alrededor, todo estaba lleno de niebla, no se veía absolutamente nada a una distancia de más de cinco metros.
            -¿Dónde estamos? –Se atrevió a preguntar.
            -En la Ciudad de las Tinieblas, en Deresclya.
            -¿Qué es eso? –Volvió a preguntar sin entender nada.
            -Tranquila, pronto lo entenderás todo, Angelo te lo explicará más adelante, ¿verdad que sí, Angelo?
            Angelo le miró, pero no dijo nada; seguía serio y sin querer hablar.
            La calzada era de piedra, había bosque a los dos lados, y el ambiente era demasiado húmedo y denso. Cuando llegaron a la zona donde comenzaban las casas, se dio cuenta de que la niebla debía ser propia del lugar, porque todas las fachadas estaban adornadas con farolillos que  daban algo de luz a la oscura ciudad.
            Anduvieron por callejones. El edificio al que se dirigían no estaba muy lejos. Entraron por la puerta de atrás. A pesar de ser de día, parecía de noche; pero dentro del edificio se veía bien, estaba iluminado.
            Angelo y la pequeña se quedaron en una esquina mientras Andrea se fue a hablar con una de las mujeres que corrían de un lado para otro dentro de la casa.
            Poco tiempo después, pudo ver cómo la mujer con la que hablaba asentía enérgicamente y Andrea volvía junto a ellos.
            -Veréis chicos, os he traído aquí porque hemos decidido que este es el mejor sitio para que superéis vuestros problemas, ya que ambos  tienen que ver con la sangre.
            La niña se agarró a la mano de Angelo y este movió la cabeza de un lado para otro, sin decir nada.
            -¿Tú también lloras al oler sangre? –Preguntó con un hilo de voz.
            Él movió la cabeza.
            -Ya te lo explicará más tarde ¿vale? Ahora seguid a esa mujer; os enseñará vuestros cuartos.
            Angelo fue el primero en seguirla sin ni siquiera despedirse de su hermano. La niña, en cambio, se abrazó a él antes de que se marchara.
            A medida que caminaban por el pasillo, cada vez se cruzaban con más personas que corrían de un lado para otro a toda prisa. Todas iban vestidas de blanco y, de pronto, esa sensación de malestar volvió a invadirla. En el traje de una mujer se podían apreciar varias salpicaduras de sangre, volvió a agarrarle la mano al joven y se pegó  más a él.
            Subieron por varias escaleras de piedra por las que seguía bajando y subiendo gente que parecía muy apurada, hasta que llegaron a un piso superior. Allí ya no había gente corriendo, solo de vez en cuando salía o entraba alguien de alguna habitación.
             Frente a una puerta, la mujer que los acompañaba se detuvo en seco y les indicó que dejaran allí su equipaje.
            -Tú dormirás aquí, niña; tú, en la habitación de más adelante, muchacho. Por el momento, tú podrás ayudar a llevar los instrumentos pesados de un piso a otro; a las enfermeras les cuesta mucho trabajo y tienen cosas mejores que hacer. –Dijo dirigiéndose a Angelo. –Y tú... quizá tú puedas hablar con los pacientes para distraerlos. Siempre se aburren y, cuando se aburren, no paran de quejarse. Ve abajo, pequeña, y pregunta a Masta cuál será tu trabajo, ella te dirá por dónde empezar. –Vio que la pequeña dudaba un poco y la animó –Va, venga, ¿a qué esperas?
            Salió disparada hacia las escaleras, las bajó rápidamente y cuando llegó a una trifurcación del pasillo intentó recordar por dónde habían ido antes. Sin estar del todo convencida, se fue hacia la izquierda y siguió caminando en busca de una persona que no fuese corriendo de un lado para otro.
            Los lugares por los que pasaba no le resultaban conocidos, y empezó a preocuparse. Llegó hasta un pasillo estrecho  en el que había menos luz de lo normal. Siguió caminando. Las sombras que provocaba el vuelo de su vestido le producían escalofríos; el ambiente le resultaba demasiado tétrico. Además, el olor a sangre le resultaba  insoportable y ya se le estaban saltando las lágrimas.
            Llegó hasta una puerta de metal que parecía abrirse hacia los dos lados, ya que no tenía pomo ni manilla para entrar y había que abrirla empujando. A pesar de que aquel olor que tanto la turbaba se hacía más intenso por momentos, caminó hacia la puerta dispuesta a averiguar qué había dentro, picada por la curiosidad.
Justo cuando estaba preparada para abrir la puerta, una voz femenina la alertó.
            -¡Eh! No entres ahí, pequeña, es el sector de los enfermos terminales. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Eres familiar de algún paciente?
            Negó con la cabeza y se acercó a ella olvidándose de la puerta que, después de saber lo que ocultaba, ya no tenía interés por abrir.
            -Me han dicho que busque a Masta.
            -Yo soy Masta, ¿qué quieres?
            -Me han dicho que te diga que... –Intentó hacer memoria. -...Que desde ahora me encargaré de hablar con los pacientes para entretenerlos.
            -¿Se puede saber quién te ha dicho eso y quién demonios eres tú?
            -Yo... pues me llamo...
            Impaciente, la mujer la agarró del brazo y se la llevó escaleras arriba, sin darle importancia a su nombre. Volvieron por los mismos lugares por los que ella había bajado y pasaron por otros tantos que ni siquiera había visto aún.
            Encontraron a Ángelo cargado con un montón de cajas junto con la mujer que los había recibido, y la que parecía ser Masta se paró a hablar con ella. Al final, dio la impresión de que la mujer que agarraba del brazo a la niña había entendido algo y se la llevó de allí, corriendo, como todos en aquel lugar.
            Volvieron a recorrer pasillos, a atravesar pasadizos y a subir escaleras. Llegaron hasta otra puerta del estilo de la que había estado a punto de cruzar y sintió un escalofrío al imaginar que aquella escondía lo mismo que la otra.
            -A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que esto es un hospital, ¿verdad?
            -¿Vais a curar en este hospital mi problema con la sangre?
            -¿Qué? ¿De qué hablas? Da igual, el caso es que ahí dentro están  los que tienen simples fracturas, huesos rotos ¿entiendes? Solo tienes que entrar dentro y darles temas de conversación, ¿de acuerdo? –Sin esperar a que respondiera, abrió la puerta y la empujó dentro.
            Se vio entre decenas de camillas y gente que parecían ser médicos y que llevaban bandejas de un lado para otro, pero más despacio que el resto de la gente de aquel lugar. Estuvo bastante tiempo de pie, sin hablar, sin moverse, sin hacer absolutamente nada.
            Le pareció increíble cómo, de un día para otro, las cosas podían cambiar tanto. Era la cuarta vez que le ocurría aquello en su vida.  Deseó que aquella fuera la penúltima, y que la última ocurriera cuando por fin todo fuese normal.
            Esperaba que Andrea volviese al día siguiente, arrepentido de haberla dejado en aquel horrible lugar y que les sacara a los dos de allí. Pero sabía que eso no iba a ocurrir. Por algún motivo que no entendía, en aquel lugar iba a poder dejar de llorar al oler sangre. Aunque no entendía cómo eso sería posible si allí, en un hospital extraño, olía continuamente a sangre...
            -¡Eh, tú! –Le llamó la atención el joven sentado sobre la primera camilla. -¿Estás perdida?
            -Creo que no. –Murmuró saliendo de su ensimismamiento.
            -¿Y qué haces aquí?
            -Tengo... tengo que hablar con los enfermos para entretenerles.
            -¿Te han castigado o qué? –Bromeó él.
            -Me parece que sí. –Contestó ella al borde de las lágrimas mientras daba media vuelta para salir por la puerta.
            Corrió sin saber a donde hasta que volvió a encontrarse con Masta. La regañó por escaquearse de su cometido, y volvió a llevarla a la misma sala donde los pacientes se recuperaban de sus fracturas. La obligó a sentarse en una silla al lado de una camilla en la que descansaba una joven que parecía tener la pierna rota.
            -¿Cómo te encuentras hoy? Mira, esta niña ha venido a hacerte compañía.
            La niña empezó a llorar y Masta pareció ponerse nerviosa, se disculpó con su paciente y la sacó de allí para que dejara de llamar la atención.
            La llevó hasta el cuarto donde ya había estado antes y la empujó hacia adentro. Le dijo que se tranquilizara y que no le hiciera perder más el tiempo; que se quedara allí  y que al día siguiente empezaría a habar con los enfermos.
            La habitación era pequeña y oscura. Tenía ventanas, pero por ellas no se distinguía más que niebla. Le recordó a la habitación que usaba en el orfanato de las monjas. Se sentó sobre la cama y observó a su alrededor. Las paredes eran de fría piedra gris, había un armario junto a la cama, y ni siquiera había lámparas, solo candelabros. Más tarde descubría que allí no había electricidad.
            Al cabo de un par de horas, oyó la voz de la mujer que los había recibido. Cuando escuchó que se marchaba, se levantó y se asomó por la puerta. Comprobó que no había nadie cerca y salió de su habitación para entrar después en la de Angelo.
            Estaba tumbado sobre la cama, mirando al techo, y ni siquiera se giró para mirarla.
            -Angelo, ¿por qué estamos aquí?
            -Tú porque eres una rara, y yo porque no me controlo.
            -¿Por qué soy una rara? ¿Y con qué no te controlas?
            -Eres una rara porque lloras al oler sangre y yo no me controlo cuando la huelo.
            La niña seguía sin comprender, y se sentó a su lado.
            -Sé que es raro ser tan sensible al olor de la sangre... ¿pero qué es lo que te pasa a ti cuando la hueles?
            El joven se incorporó y cruzó las piernas.
            -Me pasa que encuentro ese olor tan agradable que no tengo más remedio que caer en la tentación de morder a alguien.
            -¿Y por qué muerdes a la gente?
            -Porque la sangre me da hambre.
            -¿Te bebes la sangre de la gente? –Preguntó entre asustada y sorprendida.
            -¿No sabes lo que es un vampiro? –Esperó a que negara con la cabeza. –Pues ahora ya lo sabes. Somos gente que bebe sangre y  que se ha convertido en vampiro porque la han mordido,  o que ha nacido vampiro; estos últimos son nobles, descendientes de los primeros vampiros. Cuantos más antepasados vampiros tengas, más noble será tu sangre ¿lo entiendes? Toda mi familia son vampiros de nacimiento.
            La niña no salía de su asombro, tragó saliva y movió la cabeza para darle a entender que sí.
            -Mira.
            Se inclinó hacía ella y abrió la boca para que pudiera ver sus colmillos, algo más grandes de lo normal. La niña se inclinó también y alzó la mano, temblorosa, para tocar sus colmillos. Ángelo aguardó paciente a que terminara y después volvió a recostarse contra el respaldo de su cama.
            -Esto debe de ser un hospital de Deresclya. Creo que nos han traído aquí para que nos acostumbremos al olor de la sangre...para que yo aprenda a no morder a nadie cuando la huela y tú para aprender a no llorar.
            La niña se echó un poco hacia atrás y bajó su cabecita para echarse a llorar. Los días en la villa familiar le habían parecido estupendos y no quería que las cosas cambiaran.
            -Tonta. No llores. Andrea volverá pronto, y si hemos aprendido a no llorar y a controlarnos, nos llevara de vuelta a casa.
            Desde aquel día, se aferró a aquella esperanza; y cada día, al levantarse, miraba a través de la ventana buscando su figura entre la bruma. Soñaba que volvía a por ellos, que los sacaba de allí, que le preguntaba <<¿Vendrías conmigo?>> Igual que ya había hecho hacía un tiempo. Y que se volvía a convertir en el príncipe vestido de negro que la había rescatado una vez.
            Después de un par de días, Masta volvió a buscarla y la llevó a la misma sala de gente con los huesos rotos a la que la había llevado el primer día. La condujo a través de los pacientes y le pidió que se sentara al lado de la camilla de una mujer joven que tenía el brazo roto por varios sitios.
            Allí todo el mundo era muy joven. No había ni un solo paciente, ni un solo médico que fuera anciano. Había alguna que otra persona que había pasado hacía mucho la adolescencia, pero no había nadie que llegara a los cincuenta. Se quedó un rato pensando en eso sin darse cuenta de que la mujer de la camilla la observaba.
            -¿Qué es lo que te llama tanto la atención? –Le preguntó la mujer
            -Aquí todo el mundo es muy joven.
            La mujer rió ante su inocencia.
            -¿Alguna vez has conocido a alguien que no lo sea?
            -Sí. –Respondió recordando a las monjas y al eclesiástico.
            -Vaya, tienes suerte, yo todavía no he conocido a nadie que aparente más de cincuenta años. No los conociste en Deresclya ¿verdad?
            -No, ¿Por qué? ¿Aquí no hay nadie mayor? –Se interesó ella.
            -No... bueno, sí que hay gente muy mayor. Yo misma tengo setecientos años. –La niña abrió los ojos como platos al escuchar eso, pero trató de no mostrarse sorprendida. –El caso es que los nobles no pasamos de la juventud casi nunca, y hay muy poca gente a la que han convertido siendo adulta y que haya decidido vivir aquí. ¿No te lo han explicado tus padres?
            -¿Todos...sois vampiros? –Preguntó la niña, eludiendo la pregunta.
            La mujer volvió a reír, divertida.
            -Claro que sí, por aquí hay muy pocos turistas... Supongo que tú también serás vampiro ¿no? Sino... ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?
            -No sé si lo soy, no sé qué hago aquí. Pero me llamo Cristal.
            La joven rió por tercera vez, esa última todavía con más ganas y con carcajadas más sonoras.
            -¿Qué clase de nombre es ese?
            -Mi nombre es Cristal. Mi abuela me llamaba Estrella de Cristal.
-¿Y se puede saber por qué?
- Decía que podía llegar a ser tan fría como las estrellas congeladas que no son más que masas de hielo, pero que también podía ser tan cálida como las estrellas que brillan por ser masas incandescentes de fuego. Me llamaba Cristal porque decía que para los demás podía ser difícil ver a través de mí ya que, como ocurre con el cristal, la gente se centra en ver lo que reflejo y no en lo que hay más allá. Pero me recordaba que, en realidad, soy transparente y solo hay que saber mirar. Por eso, a veces, me decía que era su Estrella de Cristal.
            -Qué curioso, pero tus padres... ¿Cómo te llaman ellos?
            -Ellos me llamaban Cristal, mi abuela se lo pidió y a ellos les gustó.
            -¿Y tus padres siempre te llaman así?
            -Ya no, están muertos. –Respondió la niña sin responder a su pregunta y sin apartar de ella sus ojos verde esmeralda.

28 dic. 2013

3. La felicidad que se nos escapa tan fácilmente.


3. La felicidad que se nos escapa tan fácilmente.

Llegaron hasta la calle sin problemas y cuando la niña, emocionada, vio la luna por primera vez en casi doce meses, se frotó los ojos y la contempló maravillada.
            No se soltó de la mano del desconocido en todo el viaje. De vez en cuando, miraba hacia arriba para fijarse en sus rasgos. Él se daba cuenta y le sonreía.
            Era bastante más alto que ella. Su mirada tranquila, y sus profundos ojos marrones transmitían confianza;  su forma de caminar denotaba seguridad en sí mismo.
            Un taxi les estaba esperando. Andrea le abrió la puerta, ella vaciló.
            -Está bien, iré atrás contigo. Pasa, pequeña.
            No habló en todo el camino, y cuando por fin se detuvieron frente a una verja de hierro forjado con formas e iniciales perfectas abrió la boca, sorprendida.
            A la entrada principal se iba por un paseo de gravilla. Estaba oscuro. Sin embargo, sus ojos habían visto bien desde siempre en la oscuridad. La mansión estaba rodeada de un jardín y un césped bien cuidados y detrás, muy lejos, se podían distinguir los árboles del comienzo del bosque.
            Entraron en la casa. La niña se distraía en cada rincón. Aquello era tan inmenso... Así que la cogió en brazos para ahorrar tiempo, y la llevó a través de los pasillos de mármol y de las escaleras blancas hasta su habitación.
            Encendió la luz, ella entrecerró los ojos.
            -¿Te gusta? –Le preguntó sonriente. –La ha preparado mi hermana. Yo no sé nada sobre gustos de niñas, y si la hubiese decorado yo te habría parecido una aberración y ahora estarías llorado.
            Al lado de una cama enorme había un ventanal con cortinas blancas. En frente, un baúl adornado con peluches y muñecas, y al lado la puerta que más tarde descubriría que llevaba al baño.
            Un cuadro de colores suaves colgaba sobre la cama y al lado de esta había una mesita de noche de mimbre. Cerca, un gran armario con flores estampadas hacía la habitación aún más coqueta.
            Era el cuarto más bonito que había visto en su vida, y tuvo que mirar a Andrea, interrogante, para asegurase de que estaba entendiendo bien.
            -Sí, es para ti. Elegiste venir conmigo, así que ahora vivirás aquí; esta será tu habitación. Mañana te presentaré a la familia, y te enseñaré el jardín ¿de acuerdo? Por hoy descansa, mañana tendremos que hablar de muchas cosas. Buenas noches. El desconocido no esperó a que la niña reaccionara y la dejó sola.
Al día siguiente, se despertó deslumbrada por la luz. Seguía con el mismo camisón viejo con el que dormía en el orfanato, con el que había llegado hasta allí.
            Se desperezó y abrió la puerta despacio. No había nadie en el pasillo. El suelo de mármol le enfriaba los pies desnudos. Decidió buscar a Andrea y caminó a través del pasillo, admirando los cuadros que colgaban de la pared.
            Llegó al final del pasillo. Un gran mirador se extendía ante ella, y detrás había un balcón. A ambos lados había escaleras que ascendían, así que decidió subir por una de ellas. Cuando estaba a punto de llegar arriba, escuchó el ruido de unas ventanas cerrándose.
            Se giró hacia atrás y vio a un joven que entraba a la casa desde el balcón. Su pelo castaño parecía casi rubio al sol, y andaba con la misma elegancia de Andrea. Estaba embobada, mirándolo, intentando distinguir sus rasgos, cuando la voz de una joven la alertó desde el pie de las escaleras.
            Era una mujer de la misma edad que el amigo de su abuela. Parecía una persona alegre, y tenía una bonita sonrisa. Llevaba el pelo muy corto, y eso le daba un aire informal. Era Lia, la hermana de Andrea, la que había decorado su habitación.
            Después de un largo baño, Lia abrió el armario de su habitación y le dijo que aquella ropa era para ella; le puso un vestido que no tenía nada que ver con las túnicas con las que la hacían vestirse en el orfanato.
            La joven le dijo que se sentara frente al tocador y estuvo un buen rato cepillándole el pelo, con delicadeza. La niña no se movió, tenía el pelo enredado y lleno de nudos, así que agradeció lo suave que se lo estaba dejando.
            Empezó a recogerle el pelo, le hizo una coleta, y las ondas castañas de su pelo resbalaron por su espalda.
            -No, me parece que estás mejor con el pelo suelto, ¿no crees?
            Aquel mediodía conoció a casi toda la familia de los Palazzi Di Rosso. Al padre de Andrea y Lia, Anthony; y a la madre, Alina. Conoció a Angelo, el hermano pequeño, que tendría unos doce años, Y supo que había otro hermano llamado Luca, pero no llegó a verlo.
            Alina era la segunda mujer más guapa que había conocido nunca. La primera era su abuela.
            Los días allí fueron los mejores que había vivido en mucho tiempo. Lia le trataba como a una hermana pequeña. Le compraba muñecas, aunque a ella no le gustaban demasiado. Le peinaba todas las mañanas y le arropaba por las noches. Pero, al que más quería, sin duda, era a Andrea. A veces, se ausentaba durante semanas por trabajo; pero, cuando estaba allí, le enseñaba  a defenderse, a pelear. Al resto de la familia no le parecía apropiado que entrenase así a una niña tan pequeña, pero él había insistido, y ella aprendía de buena gana.
            Algunos días se hacía heridas porque se caía o porque no paraba a tiempo los golpes de su profesor y, cuando eso ocurría, se echaba a llorar; pero no porque le doliera, sino porque no le gustaba la sangre.
            Anthony y Alina le enseñaban ortografía, caligrafía, a sumar y  restar, a localizar ciudades en los mapas, y le hacían leer. Andrea pensaba que a la pequeña no le haría gracia aprender esas cosas; pero era al contrario, acudía a las clases con entusiasmo.
            La abuela Di Rosso la llevaba al jardín de vez en cuando, le enseñaba los nombres de las flores y jugaba con ella como si fuera su propia nieta. Al igual que su verdadera abuela, era muy joven, tan solo aparentaba algunos años más que Andrea. Y eso, a la larga, empezó a llamarle la atención. ¿Por qué todo el mundo en aquella casa era tan joven?
            En alguna ocasión coincidía  por los pasillos con Luca, el chico al que había visto el primer día entrando por el balcón. Parecía  la versión masculina de su madre.
            Era muy parecido a su hermano Angelo, casi idéntico. Pero él tenía el pelo más claro, y los ojos más azules. Y tenía la misma perfecta sonrisa de Alina.
            Si Angelo siempre estaba nervioso, él siempre estaba tranquilo. Si Angelo estaba continuamente bromeando, él sabía cuándo parar. Eran parecidos, pero diferentes al mismo tiempo.
            Angelo siempre estaba metiéndose con ella, y más de una vez le había hecho reír; pero Luca ni siquiera le prestaba atención.
            Un día, toda aquella felicidad se esfumó. La vida normal que tanto le gustaba dejó de pertenecerle.
 Era muy tarde, llevaba mucho tiempo dormida, pero su sensibilidad a los olores de sangre la alertó y se despertó. Salió al pasillo. A pesar de sus nueve años recién cumplidos, la sangre todavía la hacía llorar; era algo extraño, pero no podía evitarlo. En ese momento, Angelo volvía a su habitación y aprovechó para llamarlo.
            -Angelo, huele a sangre.
            -¿De verdad? Yo no siento nada... –A medida que se iba acercando fruncía cada vez más el ceño. –Pues es verdad. –Rectificó.
            Entonces Luca salió de su habitación y, a pesar de que la niña iba a llamarle, Ángelo le tapó la boca y la apoyó contra la pared para que no dijera nada.
            -No hagas ruido ¿vale? –Esperó a que Luca hubiese desaparecido y continuó. –Quédate aquí, enseguida vuelvo.
            Caminó hasta la habitación de la que acababa de salir su hermano y se deslizó hacia dentro. Al cabo de unos minutos, el olor a sangre se hizo más intenso. Aquel aroma le produjo una extraña sensación, pero apretó los dientes y lo aguantó. De pronto se intensificó y gritó cayendo al suelo de rodillas.
            Andrea subió desde el piso de abajo. Luca volvió en dirección a su habitación. Lia salió de su cuarto y Anthony y Alina subieron también. Al ver a la pequeña en el suelo, Andrea corrió junto a ella. Tenía la cara empapada de llorar, y parecía como si un dolor insufrible la estuviese atormentando.
            -¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? –Gritaba. Anthony ya se había percatado del olor a sangre y avanzaba hacia la habitación donde se encontraba Angelo.
            El resto lo recordaba muy borroso. Andrea la había cogido en brazos, y ocultas por su hombro no pudo ver las escenas que ocurrían delante suyo.
            Anthony y Alina parecían muy enfadados, Angelo no decía nada, no se le oía, y Luca se excusaba, pero sus padres seguían furiosos. Lia se acercó a Andrea y ella la cogió en brazos para volver a llevarla a su cuarto.
            Todo cambió desde aquel día. Durante años estuvo deseando no haberse despertado aquella noche y haber pasado por alto el olor a sangre.
Al día siguiente, la hicieron despertarse muy temprano. Andrea estuvo mucho tiempo hablando con ella. Le dijo que Luca había hecho algo que no debía hacer, y que Angelo algo aún peor. Que a este tendrían que enviarlo lejos para ayudarle a que dejara de hacer ese tipo de cosas y que ella iba a acompañarle para que desapareciera esa desagradable sensación que experimentaba al oler sangre.
            Al principio, había llorado ante la idea. No quería irse de allí, ni dejar aquella casa. Andrea se había ablandado y había ido a hablar con Anthony para encontrar otra solución. Pero, finalmente, decidieron que mandarla lejos, con Angelo, sería lo mejor.
            Lia la consoló, le dijo que irían a verla muy a menudo, y que cuando los dos estuviesen curados, cuando hubiesen desaparecido sus problemas, podrían volver a la casa familiar. Le ayudó a hacer las maletas. No dejó de llorar en todo el día, solo cuando Andrea salió de viaje con ellos dejó de hacerlo.
            Cogieron el coche y bajaron a la ciudad. En otras circunstancias la niña habría hecho mil preguntas sobre las cosas que veía, pero ni siquiera se asomaba por la ventanilla. Se pegó a Angelo, que estaba igual de serio que ella, y se agarró a su pantalón.
            Aparcó el coche y caminaron hasta llegar a una plaza con una fuente.
            -Esta es la fuente de los 99 chorros, cada uno conmemora a uno de los pueblos fundadores de la ciudad. Se dice que L´Aquila es la ciudad del 99, porque tiene 99 plazas, 99 iglesias, 99 fuentes... Y  la catedral toca 99 veces las campanas cada tarde.
            Ninguno de los dos respondió a Andrea, así que siguió caminando hacia adelante. Se acercó mucho a la fuente, se inclinó y metió la mano en el agua.
            -Angelo, tú ya conoces este lugar al que vamos, pero para ti es nuevo, pequeña. Se llama Deresclya. Es una de las seis realidades, ocupa tiempo y espacio con las otras seis. Pero eso ya te lo explicaré más adelante, ahora es demasiado pronto para que lo entiendas. Venid,  tocar el agua y decid: Deresclya.
            Algo recelosos, los dos se acercaron. Angelo fue el primero; de pronto, desapareció ante sus ojos y la niña retrocedió, asustada. Pero Andrea le agarró de la mano y fue él mismo quién pronunció aquella palabra que hizo que los dos desaparecieran en el aire.


¿Qué os ha parecido? Dejad vuestro comentario ^^

25 dic. 2013

GANADOR Y ANUNCIO ESPECIAL ^^ Regalo Navideño para todos

Hola a todos y feliz Navidad !
Como prometí, hoy doy a conocer el ganador del concurso que organicé. Primero, dar las gracias a todos los que os habéis interesado y habéis invertido tiempo en esto :)

He de decir que todas las respuestas han sido geniales y que algunas me han gustado mucho. Por eso ha sido muy difícil elegir. Pero, al final, aquí está la ganadora : Felicidades Margy ! ^^



Para todos los demás tengo una pequeña sorpresita ^^

La verdad es que la novela de Cristal, la guerrera esmeralda, ya ha vendido casi todos los libros de su primera edición y yo estoy más que satisfecha. Muchas bloggeras, que en su día me ayudaron a promocionar la obra, querían leerse el libro. Y, además, bastante gente se ha mostrado interesada. Por eso, y como el objetivo es que la gente conozca mi novela, he decidido publicarla aquí mismo, en el blog, para que todo el mundo pueda leerla.

Hay una nueva sección en el blog, a la que he llamado "Capítulos". Allí subiré una o dos veces por semana un par de capítulos de la novela, hasta que termine de subirla entera. Hoy mismo he subido el prólogo y el primer capítulo.

Me encararía escuchar la opinión de quienes queráis leerlo y espero que todos disfrutéis leyéndolo tanto como yo lo hice escribiendo.

Un besito a todos  y feliz Navidad!


2. El príncipe que vestía de negro


2. El príncipe que vestía de negro


Al crecer, perdería casi todos los recuerdos que conservaba hasta los cinco años, pero lo que siempre recordaría, a fuerza de verlo en sus pesadillas, sería el día en que su vida dejó de ser normal. Todo el mundo habló de un accidente de tráfico, pero ella siempre había intuido que se trataba de algo más.
            Después de quedar huérfana vivió con su abuela paterna, una mujer muy guapa que salía muy poco <<la gente no entiende que una mujer de mi edad pueda tener nietos, cuando haya gente delante llámame tía ¿de acuerdo?>>-Le decía a menudo-. Su madre no había tenido mucha relación con sus parientes, y la niña no conocía demasiado a aquella parte de la familia.
            Un año después, la buena señora que se había hecho cargo de ella murió mientras dormía, y ella volvió a quedarse sola con tan solo seis años.
            Al principio, sufrió de mutismo selectivo con los niños de su edad; pero, al cabo de unos meses, el trastorno desapareció y pudo empezar a comunicarse con sus compañeras de orfanato.
            Sus verdaderos problemas empezaron una tarde de verano. Estaba en el patio, jugando, y mordió a una niña. Las monjas que se ocupaban de administrar el hospicio la regañaron mucho, y cuando vieron que brotaba sangre de la herida de la niña la azotaron, por violenta.
            Al día siguiente, cuando curaron a la niña, descubrieron que la herida había desaparecido; y, desde entonces,  empezaron a marginarla. Las monjas se cuidaban de hablar mal delante de ella, pero el resto de los niños la llamaban ``la maldita´´ o ``la endemoniada´´.
            Un par de meses después descubrió un olor a sangre que venía del jardín. Avisó a las monjas pensando que si había pasado algo malo y era ella la que lo decía le verían con otros ojos. Pero, en lugar de eso, el temor hacia ella  creció. Una compañera suya había saltado un muro en una parte del jardín a la que solo el jardinero tenía acceso. Al hacerlo, se había partido el cuello y estaba muerta. Las monjas se escandalizaron y encerraron a la niña que había avisado de la tragedia en una habitación aislada con una sola ventana, pequeña, cerca del techo.
            Nunca habría adivinado que lo que había producido aquel olor a sangre fuese un cadáver. Tenía especial sensibilidad hacía los olores de sangre, pero lo de la niña muerta había sido una sorpresa para ella.
            A partir de aquel día las monjas se turnaron para educarla. Era una niña aplicada, aprendió rápido a leer y escribir. Pero en los temas religiosos se aburría fácilmente y más de una vez había reconocido ante las monjas que no se creía las cosas que le contaban.
            Cuando discutía mucho acerca de lo que intentaban enseñarle y se negaba a memorizarlo, las  monjas se enfadaban y la castigaban sin cenar.
            De vez en cuando, un eclesiástico acudía para hacerle preguntas. Le hablaba del demonio, de purificar su alma... Al principio se había reído al oír estas cosas, pero había aprendido a mantenerse callada para no alargar las sesiones teniendo que escuchar que esa risa no era suya, que si el demonio por aquí, que si Lucifer por allá...
            A los siete años y medio, cuando ya llevaba casi un año sin relacionarse con niños, reclusa en aquella pequeña habitación fría  y oscura, le conoció a él.
            Una noche, aburrida y hambrienta, castigada de nuevo sin cenar, movió la cama y se subió a ella para abrir la ventana que daba al patio trasero del edificio. Desde ella vio a un joven de unos veinte años, con mirada seria y tranquila, expresión jovial y cabello moreno revuelto pero bien cuidado. Tenía una dulce sonrisa, una sonrisa que misteriosamente la reconfortaba. Nunca antes había visto a aquel hombre, y no parecía que fuese un empleado del centro. Sin embargo, tenía algo familiar y, aunque fuera un completo desconocido, le vio como a un salvador, como al príncipe que acudía a rescatarla de su encierro, a pesar de que él vestía de negro.
            Al día siguiente, le contó a una monja cómo un hombre de negro, de ojos marrones y dulce sonrisa le había preguntado: <<¿Vendrías conmigo?>> Y había desaparecido. Enseguida apareció el eclesiástico hablando de salvar su alma y de renunciar al mal; de no aceptar la mano de ese hombre al que ahora llamaba Señor  de lo Oscuro.
            Aquella noche, el hombre volvió a aparecer. La llamó y ella, sin miedo, colocó una silla encima del colchón, apiló encima de ella unos libros de tapa negra a los que por fin encontró utilidad y se sentó encima, muy cerca  de la ventana.
            -¿Les has hablado de mí a tus maestros?
            -Sí. –Contestó ella con claridad.
            -Bien, ¿y qué te han dicho? –Preguntó él, interesado.
            -Que eres el demonio. –Resumió la pequeña de ocho horas de sermones, sin pausas para la comida.
            -¿Y no te da miedo hablar con el demonio? –La interrogó él.
            -Tú no eres el demonio, porque el demonio no existe ¿verdad?
            El desconocido sonrió, mostrando en su rostro una especie de satisfacción.
            -Yo nunca le he visto, y que yo sepa no soy yo. –Respondió amablemente.
            -¿Quién eres? –Preguntó la niña sin rodeos.
            -Me llamo Andrea, soy un antiguo amigo de tu abuela, y me alegra comprobar que has heredado su carácter.
            -¿De mi abuela? –La niña hizo unos aparatosos cálculos mentales y frunció el ceño. -¿No eres tú muy joven?
            -Tu abuela también parecía joven ¿verdad?
            -Es cierto. En realidad, solo parecía algo más mayor que tú.
            -Y, sin embargo, era mayor. Bien, eres lista, ya lo entenderás. Pero, antes de todo, ¿estás a gusto aquí?
            La pequeña negó con la cabeza.
            -En ese caso volveré mañana, tenemos mucho de que hablar. ¿Te parece bien?
            -Andrea. –Le llamó ella. –No te vayas, me aburro, no puedo dormir.
            -¿Crees que si te cuento un cuento te dormirías?
            La niña recordó los cuentos que le contaba su abuela por las noches. Desde su muerte, no había vuelto a escuchar uno; y asintió con la cabeza enérgicamente. No sabía por qué aquel desconocido, amigo de su abuela al parecer, quería contarle un cuento, pero la idea no le desagradaba.
            Por la mañana, las monjas descubrieron a la niña encima de los libros y de la silla, dormida, y esa tarde tocó una charla sobre rituales satánicos y acciones que la apartarían del camino del señor.
            Aquella noche le dieron de cenar como nunca antes había cenado estando interna en aquella habitación. Le llevaron un plato de estofado caliente, varias rebanadas de pan  y un vaso de zumo. Aunque no comía desde hacía por lo menos tres días, encontró aquello extraño y no se fió. Desmenuzó el pan y lo echó por la ventana para que comiesen los pájaros, y tiró el estofado y el zumo por la taza del wáter.
            -Buenas noches. –La saludó el joven de negro.
            -Buenas noches. ¿Por qué vienes aquí por las noches?
            -¿Te molesta?
            La niña agitó la cabeza, que había echado hacia atrás para mirarle. Volvió a colocar las sillas y los libros encima de la cama y se acomodó.
            -No me parece bien cómo te tratan aquí, y teniéndole el cariño que le tenía a tu abuela, me parecía justo preocuparme por ti.
            Le hizo preguntas durante toda la noche, hasta que se quedó dormida. Por la mañana escuchaba a las monjas gritar <<¡Ah señor! Esta niña está endemoniada, ¡el somnífero ni le ha hecho efecto!>> Y la pequeña se reía para sus adentros.
            Desayunó todo lo que pudo, guardó un par de trozos de pan bajo el colchón de la cama y volvió a tirar la cena por la taza del wáter.
            A punto estaba de anochecer cuando la llevaron a otra habitación, más pequeña, con un catre como único mueble y sin ventanas. Las paredes eran de un blanco enfermizo y pálido que no le transmitía sensaciones agradables, y aquella noche no pudo ver a Andrea.
            Satisfechos al comprobar que la niña se encontraba en un estado normal, al día siguiente trasladaron su ropa allí y ya no volvió a ver más la ventana por la que había hablado con el amigo de su abuela.
            En las siguientes tres noches no le volvió a ver, y  la cuarta se despertó en medio de la madrugada y le vio frente a la puerta. Se llevó los dedos a los labios para que no hiciera ruido, y la niña se incorporó despacio, tranquila.
            -¿Quieres venir conmigo?
            -Las monjas no te han dejado entrar ¿verdad?
            -No, he tenido que colarme dentro. Pero si lo prefieres, puedes quedarte. – Añadió con la voz apacible y serena que le caracterizaba. –Respetaré tu opinión.
            Sin respuesta alguna, la pequeña caminó descalza hasta él y le agarró de la mano. Hacía mucho que no tenía contacto humano, nadie se atrevía a tocarla. Y disfrutó de la firmeza y del cariño que un simple gesto como ese podía transmitirle.





Aquí os dejo el segundo capítulo de Cristal. ¿Qué os  ha parecido?  Espero que os haya dejado con ganas de más ^^ Un beso a todos. Espero vuestros comentarios !

1. Génesis

1.Génesis

Me llamo Cristal. Hace tiempo que renuncié a otorgarme títulos, a mencionar mis apellidos o a incluirme en uno de los bandos de la guerra. He sido tantas cosas que ya no sabría decir cuál de ellas me define mejor. Muchos me llaman ``la asesina de escarcha´´ porque dicen que soy tan fría que cuando mato a alguien dejo una capa de escarcha sobre la escena del crimen. Claro que eso son tonterías. Algunos me llaman así con miedo y respeto;  otros, con orgullo.
            Ahora mismo soy todo y no soy nada. Porque, en realidad, dejé de ser ``alguien´´ hace casi un siglo. Una parte de mí, que ya murió, vivió con humanos y se consideró una de ellos durante mucho tiempo. Fue criatura de la noche, hija, compañera y amante, aprendiz y veterana, Guerrera Esmeralda, y lo que la mayoría me considera ahora... Cazadora de Sombras.
            Sin embargo, no me agrada que me otorguen ese cargo. No porque sienta cierta simpatía hacia mi raza, porque os aseguro que no la siento, sino porque no quiero formar parte de nada.
            En cuanto a mis apellidos...sí, los recuerdo a la perfección. Al principio, desconocía que no fueran humanos; más tarde descubrí que eran de mi raza. Además, aunque naciese así, he sido tantas otras cosas... y, en realidad, no me gusta que se me considere ninguna de ellas.
            Soy una de las criaturas más poderosas que las seis realidades han conocido jamás. Soy una bestia que podría haber sido la criatura más maravillosa del conjunto de realidades, pero que no tuvo más remedio que resignarse a ser lo que era.

            No por eso estoy dolida, ni disgustada; pero tampoco orgullosa, ni satisfecha. Simplemente me resigno a ser lo que soy; y a vivir, si es que a esto se le puede llamar vida... Al principio, acaricié varias veces la idea de suicidarme; pero, por una razón que ahora no alcanzo a comprender, no era capaz. Y ahora que sí lo soy, no veo necesidad de hacerlo, porque no soy infeliz, aunque habría que decir que tampoco soy feliz, porque no puedo experimentar esas emociones como lo hacía antes.
            Respecto a los bandos de la guerra, no me  inclino por ninguno, aunque sea el arma más mortífera de mi emperatriz y trabaje para ella. Porque no lo hago por lealtad, sino por una promesa inquebrantable, una promesa de la que no puedo escapar porque, al pactarla, pasé a ser propiedad de la emperatriz y ella tiene el poder de controlarme como le plazca.
            Antes de continuar con mi historia, me gustaría que conocierais un dato importante a tener en cuenta: La historia, mi historia, trata sobre dos personas diferentes. La joven que fui, y la que soy. Y no penséis que es una forma de hablar, porque os equivocaríais. Ya entenderéis por qué esa adolescente y yo somos dos personas diferentes.
            Físicamente somos iguales, aunque nos llevemos un siglo de diferencia. Yo solo aparento un par de años más, como mucho, y quizás sea algo más alta y delgada  por el cambio de vida. Incluso mi mirada ha cambiado. El color verde esmeralda de mis ojos es más intenso que nunca y, a veces, tengo la impresión de que a la gente le da miedo.
            Otra de las diferencias es mi alma, de la que carezco. Y mi corazón, que se enfrió como el resto de mi ser, desde la piel hasta los huesos, pasando por la sangre.
            Aunque ella muriese, recuerdo todo acerca de su vida, porque una vez fue la mía. Y ahora veo todo desde otro punto de vista, ya que soy lo que soy, pura energía asesina capturada en el cuerpo de una hermosa adolescente con el poder del mentalismo.
He llegado a conocer las sensaciones de todas las personas que aparecen en mis recuerdos. Bueno, de todas, o de casi todas y, gracias a eso, podré ofrecer una versión omnisciente de lo que pasó con todo tipo de detalles.
            Así pues, centrémonos en lo que es de verdad importante. Empezaré a contar la historia de la que una vez fui, desde el principio, desde que empezaron sus recuerdos.