27 may. 2014

Para bloggeros

¡Hola a todos! ^^

Hace unos meses cuando empecé a ponerme en contacto con todos los bloggeros que me ayudaron a darle un empujoncito a mi obra, muchos me pidieron un ejemplar que no pude darles. Pero ahora que también está en Amazon, he pensado en regalar un ejemplar en pdf a todo aquel bloggero que esté interesado en leerlo.

Así que, si queréis un ejemplar de Cristal, la guerrera esmeralda, no dudéis en poneos en contacto conmigo.

Un beso ~

paula_himmelblaw@hotmail.es

https://twitter.com/Paula_G95

https://www.facebook.com/paula.gallego.904

30 abr. 2014

Cristal, la guerrera esmeralda en Amazon y Wattpad

¡Hola a todos!

Siento haber tardado tanto tiempo en escribir desde que subí el último capítulo. Pero tengo una noticia:

¡¡¡Mi libro está ya disponible en versión Kindle en Amazon!!!

Cuesta 2,68 (IVA incluído) y tiene 396 páginas.

Así que, si alguien estaba interesado en el libro y no ha tenido la oportunidad de comprarlo en papel, ahora ya puede hacerlo a un precio muy baratito.

Por eso, y como también estoy subiendo capítulos a Wattpad, he decidido dejar de subirlos por aquí, ya que ahora está mucho más accesible y creo que leerlo por Wattpad o descargarse el libro en Amazon es mucho más cómodo que leerlo mediante el blog.

A todos los que habéis leído algún que otro capitulillo ¡gracias! Espero que os animéis y sigáis a Cristal en Wattpad o que descarguéis la versión ebook.


Aquí os dejo los enlaces de Cristal, la guerrera esmeralda.






4 abr. 2014

Pruebas de acceso

18. Pruebas de acceso

No tuvieron la oportunidad de levantarse para regresar. Ambos se habían quedado dormidos con la calidez del amanecer, y se despertaron sobresaltados por la voz de alguien.
Luca fue el primero en alzar la cabeza, bruscamente, para averiguar de quién se trataba. Frente a ellos se alzaba la figura de su hermano Angelo. Con los brazos cruzados ante el pecho y con su habitual sonrisa pícara.
-¿Angelo? –Pudo preguntar Cristal al tiempo que se daba la vuelta para mirarlo y se aclaraba la voz.
-Sabía que estabais aquí. Anthony no me quiso hacer caso, pero en cuanto se dé cuenta de que no estáis en el bosque, vendrá.
-¿Anthony? ¿Por qué dices que va a venir? –Se extrañó Luca.
-Porque ayer por la tarde os fuisteis al bosque a estudiar, y no habéis aparecido en toda la noche.
-¡Tú pasas días fuera de casa sin que tengamos noticias tuyas! –Le espetó su hermano poniéndose en pie.
-Pero yo no paso esas noches en un bosque, y con Cristal. –Le respondió él sin darle opción a replicar. –De todas formas, a mí me importa bien poco que quieras dormir en un bosque en pleno invierno, por muy raro que sea. Solo he venido porque me aburría y, como ya he dicho antes, Anthony estará al llegar.
Cristal se incorporó y se frotó los ojos, intentando despejar su mente.
            -Si volvéis a la villa rápido y no os lo cruzáis por el camino... –Empezó él dirigiéndose a la joven. –Podéis decir que habéis estado en la ciudad, que se os hizo tarde y que os quedasteis en un hotel... Se enfadará igualmente, pero creo que le molestaría menos y que no se preocuparía tanto por el peligro que conllevaba haber estado aquí.
-Buena idea, Angelo. –Afirmó ella pasando por su lado y revolviéndole el pelo.  -¡Luca, vamos, deprisa! –Apremió después al joven vampiro para que emprendiera el camino de regreso a la villa cuanto antes.
            Se apresuró a coger la mochila. El fuego se había apagado hacía ya tiempo, pero, por si acaso, se aseguró de ello. Al cruzarse con Angelo se le quedó mirando, intentando averiguar qué le pasaba por la mente. Pero él no apartó la mirada, seguía con la misma expresión jovial y alegre de siempre.
Quizá motivados por la posibilidad de apaciguar el enfado de Anthony, o tal vez por estar ya descansados, bajaron rápidamente del lago. Volvieron a cruzar arroyos y a rodear algunas formaciones rocosas. Cuando divisaron las blancas paredes de la villa, a lo lejos, se apresuraron para salir del bosque cuanto antes.
Al llegar, entraron por una de las puertas secundarias y se colaron en la casa procurando que nadie les viese.  Movida por la preocupación, antes de ir a su cuarto, Cristal comprobó si Andrea estaba en su habitación. No sabía qué excusa pondría por molestarlo tan temprano si lo encontraba dentro pero, por suerte, no había nadie en su cuarto; estaba vacío.
Respiró aliviada; entró en su habitación, se quitó la ropa y se dio una ducha caliente. Agradeció poder liberarse del frío por completo de una vez.
Les cayó una buena por haber desaparecido así durante una noche. Luca alegaba que Angelo era menor que él y que solía pasar más tiempo fuera de casa. Angelo reía y se regodeaba de él, y entonces empezaban a pelearse.
Alina intentaba apaciguarlos. Al uno le decía que no, que su hermano mayor tenía razón y que no debía volver a ausentarse durante tanto tiempo sin dar explicaciones. Y al otro que no podía desaparecer con Cristal de repente, que él podía ser mayor, pero que ella era aún muy joven.
Luego estaba el tema de Andrea.  Anthony explicaba lo mucho que le molestaría lo sucedido y opinaba lo que habría hecho él en esa situación. Luca salía siempre  mal parado, por ser tan imprudente.
            Cristal propuso, por el bien de todos, no comentarle nada de lo sucedido al protector, y Alina decía que debían contárselo, que él era el tutor de Cristal y que debía estar al corriente de todo lo que le pasaba.
            Por suerte, para cuando Andrea llegó varias semanas después, el asunto estaba casi olvidado, casi... El único problema era que Cristal seguía con fiebre y Luca parecía realmente un vampiro, con la cara pálida y los ojos enrojecidos debido al fuerte resfriado.
            Estaban sentados bajo el pórtico de la casa, en un banco y, de pronto, Andrea apareció, saliendo desde el interior de la vivienda. Había llegado.
            -¡¿En qué diablos estabas pensando?! –Le gritó, malhumorado, a Luca nada más verlo. -¡¿Y tú, por qué decidiste que pasar la noche en un bosque sería buena idea?! –Volvió a vociferar, mirando a Cristal.
-¿Un bosque? –Intentó engañarlo Luca. –Estuvimos en...
-¡En un bosque, en un bosque en pleno invierno! –Cristal se quedó bloqueada por unos segundos. ¿Cómo había podido saberlo? –Angelo es muy fácil de manipular, además, no me cuadraban algunos datos contradictorios sobre vuestra escapada a la ciudad. –Empezó él, como si fuera capaz de leerle la mente. -¿Qué es eso de que os vais a estudiar y aparecéis en la ciudad? No me sorprende que Anthony lo creyera, se altera fácilmente y es fácil de convencer, ¿Pero mi madre? Me es difícil creer que haya aceptado esa versión de lo ocurrido, sin más. ¡Por favor! –Gritó alzando los brazos. -¡Si parece una mentira confeccionada por Angelo!
            Cristal dejó escapar un leve amago de sonrisa pero, al ver la cara de su maestro, volvió a adoptar una expresión seria.
            Luca se levantó de un salto del banco y le cogió de las manos a Cristal con una expresión muy teatral.
            -Lo siento, Cristal. Lo he intentado, pero no hay nada que hacer. Tranquila, a ti no se atreverá a pegarte. –Tras decir aquello salió corriendo del pórtico derrapando en una esquina y ella se dedicó a mirar a Andrea.
            -¿Tú también quieres escapar por un pasillo sin salida? –Dijo dirigiéndose a Cristal, con voz neutra.
            En esos momentos Luca apareció en la esquina por la que se había marchado y caminó hacia el otro lado, pasando al lado de ellos como si la cosa no fuera con él. Andrea le fulminó con la mirada, pero él siguió andando tranquilo, como si nada.
 Cuando se hubo marchado, Andrea suspiró y se pasó la mano derecha por la cara, exasperado. Se sentó al lado de la joven; parecía algo más calmado.
- ¿Por qué diablos pasasteis la noche en un bosque?
Cristal cogió aire y se dispuso a narrarle todo lo que había pasado. Andrea parecía volverse comprensivo a ratos, pero la mayor parte del tiempo se dedicaba a mover la cabeza de un lado a otro.
Cuando Cristal lo convenció para que dejara de darle vueltas al asunto, empezaron con el entrenamiento. Andrea no se había dado cuenta de que tenía fiebre, y no puso pegas en practicar un rato.
La felicitó por su notable mejora con la espada desde que  habían empezado a entrenar, años atrás. Y, movida por el orgullo que sentía cuando su maestro le decía ese tipo de cosas, le aseguró que también sería capaz de completar la prueba de cruzar el bosque con los ojos vendados y sin sufrir ningún rasguño.
            Quizá por terquedad, pero lo consiguió a la primera, ante el asombro del protector, y ante el suyo propio. Todo estaba listo para las pruebas, Andrea ya había enviado una carta diciendo que su pupila había decidido inscribirse en ellas y, además de perfeccionar lo que ya había aprendido, no tenía mucho más que hacer.
Al cabo de una semana se había recuperado por completo y los últimos días previos a la prueba Cristal fue aconsejada para que hiciera menos duros los entrenamientos, y así lo hizo. Cuando tan solo quedaban un par de días para que partiera, dejó el entrenamiento por completo y se dedicó, únicamente, a descansar.
Por fin llegó el día de partir. Las pruebas de ingreso se celebrarían en las Cavernas del Viento, un lugar al sur de la Ciudad de las Tinieblas. Alina bajó en coche a la capital a Andrea, a Cristal y a Lia, que quiso acompañarle, para apoyarla. Una vez allí, hicieron lo que siempre se hacía para cruzar a la otra realidad, pusieron una mano sobre el agua y pronunciaron el nombre de ``Deresclya´´.
Llegar hasta las Cavernas del Viento no fue difícil. Habían contratado un carruaje que les llevaría hasta allí, y el trayecto no fue excesivamente largo. Llegaron de madrugada, y se quedaron a pasar la noche en una posada.
            Llegó el gran día, el día de las pruebas. Cristal no estaba del todo descansada, porque no había logrado dormir bien por los nervios, pero estaba dispuesta a dar lo mejor de ella.
            Llegaron hasta un edificio de piedra que se encontraba en medio de la ciudad, y entraron en él. Allí, un hombre vestido con un atuendo parecido al de los mayordomos de la Tierra, les recibió. El suelo era negro brillante y los muros parecían fríos y demasiado vacíos.
            Después, les acompañó a todos hasta una sala de espera, donde se quedaron los dos acompañantes de Cristal. Ella fue conducida hasta una habitación sin ventanas en la que muchos vampiros aguardaban ansiosos a que comenzaran las pruebas. Se sentó en una esquina, en uno de los bancos que parecían estar esculpidos en la misma pared de la estancia, y esperó. El hombre que se iba a encargar de guiarlos durante la jornada no tardó en aparecer.
-Los que estáis presentes queréis llegar a formar parte de las Sombras del Plenilunio, algún día. Aquí, damos una oportunidad a todo aquel que es digno de ella. Así que demostrad que sois dignos de esa oportunidad, y aprovechadla.
            Fue un discurso mucho más corto de lo que se esperaba Cristal, pero le pareció lo suficientemente alentador como para llegar a superar las pruebas. Caminaron a través de anchos y elegantes pasillos, de estrechos y oscuros corredores, y bajaron por unas escaleras en espiral hasta que llegaron a un patio abierto, rodeado por muros de piedra.
-La primera prueba no es difícil. En este patio hay seis grutas subterráneas. Algunas están conectadas entre ellas, y todas tienen varios caminos y galerías que no llevan a ninguna parte. Tendréis que escoger una de las seis puertas que dan paso a una de las grutas para llegar al final a la salida, donde esperaré a los que consigan pasar a la siguiente prueba. Pero, eso no es todo. A medida que avancéis, las paredes se irán cerrando tras vosotros. De manera que, si os equivocáis de camino, no podréis retroceder. Suerte a todos. –Les dijo su guía, recorriendo con la mirada a los aspirantes a alumnos de la escuela de las Sombras del Plenilunio. Se fijó en un joven en concreto, y llamó a otro vampiro para que le entregara un papel para escribir.
            -Tú ¿Cómo te llamas?
            -Genwit Delaire.
-Muy bien, Delaire. Tú serás el primero. Escoge una puerta, estaremos esperando al otro lado. Adelante.
Así, uno por uno, dijeron sus nombres para que aquel vampiro los anotara y entraron en una de las seis puertas que podían escoger para descender por las escaleras de piedra que estas contenían en su interior.
Una de las veces, una chica se alarmó al poco tiempo de entrar y empezó a gritar. Dos vampiros acudieron a socorrerla y, aunque ni Cristal ni el resto de los que aguardaban su turno vieron por dónde, entraron y la sacaron rápidamente de las galerías. Por su puesto, las pruebas terminaron en ese instante para la joven, y tuvo que irse por donde había venido.
-Tú, ¿Cómo te llamas?
-Cristal de Liánn, o Cristal Palazzi, no sé cómo estoy apuntada en...
            -Otro Palazzi ¿Eh? –La interrumpió él. –Vale, es la siguiente.
Se imaginó que aquello lo diría por Andrea, podría ser que lo conociera.  Pero estaba demasiado nerviosa como para preocuparse por ello en esos momentos.
Respiró hondo y caminó hasta estar frente a las puertas. El resto de jóvenes ya había decidido qué puerta escoger. Cristal les había escuchado murmurándolo, pero ella ni siquiera lo sabía entonces. Cerró los ojos y, simplemente, se dejó llevar. Eligió la segunda puerta empezando desde la izquierda. La abrió, con decisión, y bajó las primeras escaleras con pasos firmes y seguros.
            Una vez se hubo cerrado la puerta tras ella y, hasta que sus ojos se acostumbraron, estuvo en la más absoluta oscuridad. De pronto, escuchó un ruido a su espalda y, al girarse, comprobó que era cierto aquello de que las paredes se cerraban a medida que avanzabas.
La puerta que acababa de cruzar desapareció entre la oscura y fría piedra. Cristal volvió a respirar hondo, intentó mantener la calma, y siguió andando hacia adelante. Al cabo de un rato, llegó a un cruce de caminos. Ante ella se abrían dos galerías como la que iba a dejar atrás de un momento a otro. Se giró sobre sus talones y observó la pared de piedra que la seguía, impasible.
            Se dejó guiar por su instinto, y eligió el camino de la derecha. Se internó por él, y escuchó el sonido de la roca cerrándose tras sus pasos.
Aquella no fue la única decisión que tuvo que tomar. A lo largo del recorrido se encontró con cinco bifurcaciones más, y empezó a temer que no estuviera escogiendo los caminos adecuados.
Poco a poco, su temor se fue incrementando porque los caminos cada vez se hacían menos accesibles y más estrechos y apenas podía caminar por ellos. Acabó desesperada, sucia y magullada. Tuvo que arrastrarse por el suelo. No sabía cuánto tiempo llevaba dentro de las galerías, pero sospechaba que era demasiado para haber escogido los caminos correctos.
            Cuando creía que nunca llegaría al final, el túnel por el que se arrastraba empezó a ensancharse y, de pronto, pudo ver el final del pasadizo. Se arrastró hasta allí y se puso de pie, mientras el angosto túnel se cerraba tras ella.
            Cuando vio dónde estaba le temblaron las piernas. Se encontraba atrapada entre cuatro paredes de piedra. Miró hacia arriba. Se podía ver una luz que llegaba desde unos treinta metros de altura. Se dejó caer al suelo de rodillas y no pudo evitar romper a llorar de frustración y de rabia.
            -No hay salida. –Sollozó.
            No tenía miedo, porque tenía la certeza de que, en cuanto pidiera auxilio, acudirían en su busca. Pero  pensar que aquellos meses de entrenamiento intensivo no le habían servido de nada... que no pasaría de la primera prueba... que no podría llegar a ayudar a otros vampiros como hacía Andrea, que le decepcionaría, que no sería un orgullo para él... No, definitivamente, no podía abandonar.
             Reflexionó durante unos minutos acerca de lo que perdía si no lograba salir de allí por su propio pie. Y, al cabo de unos instantes, se levantó decidida a escapar de los túneles.
            Palpó la fría pared que se alzaba ante ella buscando un saliente. Al encontrarlo, se aferró a él y alzó la pierna buscando algo en que apoyarse. Se impulsó con fuerza y levantó la otra pierna. Volvió a buscar otro saliente y se agarró a él.  Apenas había ascendido un metro cuando sintió que el suelo se alzaba al mismo tiempo que ella. Sonrió, satisfecha. No sabía que el suelo también se cerraría tras sus pasos.
Decidida y dispuesta a llegar hasta el final, siguió escalando la pared. En una ocasión, el risco al que quería agarrarse estaba demasiado lejos, así que saltó, pero la mano resbaló por encima de la piedra y las piernas le fallaron. Cayó al suelo de espaldas. Por suerte, no estaba muy lejos de ella y no se hizo demasiado daño. Volvió a ponerse de pie y escaló la pared, incansable.
Llegó hasta arriba. Por una apertura en el techo entraba la luz del patio. No era muy ancha pero, con un poco de esfuerzo, lograría escurrirse por ella. Estiró un brazo y se impulsó con las piernas para lograr llegar a sus bordes.
Con un grito, mezcla de sufrimiento, esfuerzo y victoria, hizo fuerza para elevarse hacia arriba. Cuando consiguió sacar el torso fuera solo tuvo que hacer un pequeño esfuerzo más y, al cabo de un rato, ya estaba tirada sobre la hierba, llorando y riendo a partes iguales.
Escuchó la felicitación del vampiro guía por haber pasado la prueba, y miró a su alrededor. Claramente faltaba gente, eran muchos menos que antes. Los que no estaban habrían fracasado o abandonado.
Se pusieron en marcha de nuevo, volvieron a entrar dentro del edificio y caminaron hasta entrar en una sala de techo alto.
            En medio había una plataforma de piedra de forma rectangular y en uno de los palcos de la estancia, el que estaba  frente a la plataforma, había sentados tres vampiros. Serios todos ellos y de apariencia física algo más mayores que ella.
            -La siguiente prueba consiste en la lucha. –El guía se agachó y recogió dos varas de madera parecidas a las que  solía usar Cristal para entrenar. Volvió a recorrer con la mirada a todos los jóvenes que lo escuchaban. –No se trata de vencer a tu contrincante. ¿Veis a los vampiros del palco? Son los directores de la escuela de las Sombras del Plenilunio. Ellos evaluarán todos vuestros movimientos, vuestra forma de luchar, vuestra fuerza de voluntad... Así que, suerte a todos de nuevo. Empezaremos por orden alfabético.
            Fueron adquiriendo las barras de madera y luchando, de dos en dos, entre ellos. Cristal tuvo que concentrarse. Después de haber creído que fracasaría en la primera prueba y de haberla superado con éxito, estaba rebosante de energía, se creía capaz de cualquier cosa,  pero su mente se centraba en todo menos en la prueba.
Se fijó en una chica y un chico que combatían en aquellos momentos. Él era mucho más imponente que ella  pero apenas se movía cuando atacaba a su rival. Y ella se deslizaba ante él con ágiles y vivos movimientos. Parecía que la joven llevaba el control del combate pero no conseguía desarmarlo, porque él se defendía con fuerza. Además, estaba a la defensiva y, si su oponente no se daba cuenta, podría acabar pillándola por sorpresa y ganándola.
            Fue exactamente como Cristal había previsto. De pronto, él alzó su arma y desarmó a la joven con un brusco movimiento. Un vampiro que parecía hacer de juez dio por finalizada la pelea, y entonces los dos rivales salieron del cuadrado de piedra dejando las armas a un lado.
Cuando llegó su turno, caminó con la cabeza alta y dispuesta a superar también la segunda prueba. Le tocó luchar contra una joven algo mayor que ella, en apariencia. Era más alta y delgada, y su forma de agarrar el arma indicaba que tenía bastante fuerza. Sin embargo, Cristal no se sintió intimidada.
La joven atacó desde arriba, aferrando el palo con las dos manos y Cristal alzó su arma para parar el golpe. Recordó todo lo que había aprendido con Andrea aquellos años y sobre todo aquellos últimos meses; y se esforzó  por dar lo mejor de ella.
Se sentía observada, no solo por las decenas de vampiros que se agrupaban alrededor de la plataforma, sino también  por los representantes de la escuela, que evaluaban a los combatientes. Eso la hacía ponerse aún más nerviosa de lo que estaba.
Al no ser la primera vez que utilizaba ese tipo de arma para pelear, podía usar varios movimientos que ya conocía. Y realizaba las fintas y los amagos con soltura ante su rival.
            Las dos barras chocaron. A Cristal le temblaron los brazos. Su oponente se percató de ello y no perdió la oportunidad. La empujó y la hizo retroceder. Hizo un amago de avanzar hacia la derecha, que confundió a Cristal, y se colocó detrás de ella por la izquierda. Su oponente le arreó un golpe en las costillas; pero, antes de que volviera a golpearle, Cristal logró girarse sobre sí misma y le alcanzó el hombro con su arma.
Un poco más relajada, por haberla alcanzado ya, intentó propinarle un golpe en el estómago con la punta de la vara, pero no llegó a  rozarla. Su contraria desvió el golpe y golpeó su arma con semejante fuerza que a Cristal se le resbaló de entre las manos.
Observó, desalentada, cómo su arma volaba por los aires y se quedaba desprotegida. Antes de que el juez diera por finalizada la pelea, se apresuró a dar una patada en las rodillas a su rival. Ella le atacó con la barra y Cristal tuvo que saltar hacia atrás para esquivarla. Pero tropezó y cayó al suelo, de espaldas.
Su contrincante aprovechó la situación y avanzó hasta ella para alzar el arma e intentar alcanzarla. Cristal dio una vuelta sobre el suelo y la punta del arma rebotó a su lado. Rápidamente, Cristal volvió a darle otra patada, mucho más fuerte que la anterior, y la hizo tambalearse hasta que casi perdió el equilibrio.
Eligió ese momento para ponerse en pie, dispuesta a continuar plantándole cara con las manos vacías. Esperó, mientras ella asestaba un golpe alto. Decidió arriesgarse e interpuso la palma de su mano entre el arma y su propia cara.
El impacto le dolió bastante pero, nada más sentir el contacto del arma en su mano, la garró con fuerza y tiró de ella haciendo que su enemiga también se acercara. Volvió a darle otra patada y aprovechó para arrebatarle la barra.
Cambiados los papeles, no le costó demasiado lograr que, con un par de golpes certeros, el vampiro juez diera por finalizado el combate.
Cuando terminó estaba cansada. Pero, aún así, se agachó para tender la mano a su adversaria y ayudarle a levantarse. Volvieron a su sitio. Pero, de pronto, uno de los vampiros del palco se levantó, carraspeando.
-Que vuelva a luchar contra el siguiente de la lista. –Dijo con voz ronca y fría.
Cristal y la chica contra la que acababa de combatir se miraron mutuamente, sin entender a qué se debía esa repentina exigencia, y se preguntaron a cuál de las dos se refería.
-Liánn, la que debe pelear es la señorita de Liánn.
Cristal no se sorprendió al comprobar que sabían su apellido. Miró al guía y este le hizo un gesto con la mano para que volviese a subir a la plataforma. Ella obedeció sin rechistar, subió y se agachó para recoger de nuevo su arma.
Su siguiente contrincante y ella se prepararon para pelear. Por su tamaño, Cristal pensó que sería igual de torpe que el muchacho al que antes había observado, pero se equivocó; era fuerte, pero también ágil. Con él lo tuvo mucho más difícil para vencer, estaba cansada, y él la agotó aún más.
Se cansó enseguida. Era evidente que tenía más técnica y experiencia que ella, y esa ventaja estaba jugando a su favor. Pero Andrea le había enseñado bien y no se dejaría vencer tan fácilmente. Aunque por el momento lograse subsistir, no sabía cuánto más sería capaz de aguantar.
En un golpe de suerte logró hacerlo retroceder hasta el borde de la plataforma y, sacando fuerzas de donde no las había, volvió a empujarlo hasta hacerlo tropezar.
-Otra vez. –Volvió a repetir otro de los vampiros del palco.
Cristal gimió, agotada, pero enseguida volvió a serenarse y dirigió una rápida mirada a los tres vampiros que la observaban desde lo alto. Tratando tal vez de encontrar respuesta a por qué era justamente ella la que tenía que luchar por tercera vez. Sin embargo, los rostros de los vampiros seguían mostrándose inexpresivos.
De nuevo, volvió a tocarle contra otra joven y, aunque cansada, logró salir vencedora. A pesar de sus tres victorias consecutivas, los vampiros del palco no se dieron por satisfechos y exigieron una cuarta pelea.
Volvió a ganar. En el quinto combate no duró mucho. Si hubiera sido su primer contrincante lo habría derrotado, pero al tratarse del quinto, este no tardó demasiado en desarmarle. Desde el primer golpe supo que iba a perder pero, a pesar de eso, se esforzó todo lo que pudo.
Iba a ponerse de pie de nuevo, dolida, cuanto escuchó la fría voz de uno de los observadores vampiros del palco.
-Basta.
Tuvo la impresión de que si el joven que había luchado contra ella no le hubiese tendido la mano, se habría quedado allí sin poder levantarse. Volvió a su sitio junto con los demás y se apoyó contra la pared, tomando aliento mientras los últimos aspirantes realizaban la prueba.
Fue la única que tuvo que pelear varias veces, ninguno de los asistentes lo hizo más de una vez. No sabía si eso sería bueno o si, por el contrario, era una mala señal.
-Antes de pasar a la siguiente prueba. –Empezó el guía. –Leeré los nombres de los finalistas. –Cogió varios papeles y comenzó a leer. Cristal se aferró a la esperanza de que su nombre estuviera entre los escogidos. -...Cristal de Liánn... –Dijo por fin. Y entonces, pudo respirar tranquila.
-¿Por qué le ha hecho combatir tantas veces? –Preguntó una de las vampiros del  palco al observador que  había hecho repetir las pruebas a Cristal.
-Es interesante ver combatir a una de Liánn. –Le respondió él.
-Cierto, y aún más interesante si esa de Liánn ha sido instruida por un Palazzi. –Coincidió  el vampiro que quedaba.
Llegaron hasta una estancia oscura y poco iluminada. Allí, el guía empezó a explicarles en qué consistía la tercera prueba.
-La última prueba no se puede ganar o perder. Delante de vosotros tenéis un estanque. –Señaló un lago artificial cuadriculado en el suelo. Estaba en una caverna tétrica y fría, iluminada tan solo por las tenues luces de unas pobres velas que se consumían lentamente. –En él se refleja vuestro futuro, vuestra propia personalidad, un fragmento muy importante de vosotros mismos, vuestros destinos... La prueba consiste en asomaros y descubrir lo que reflejáis. Los representantes de la escuela volverán a evaluaros, observaran las formas que se forman en el agua y decidirán si sois dinos de estudiar en su escuela o no.  El resultado de esta prueba no está en vuestras manos, solo podéis desear ser dignos de superarla. –Como ya había hecho dos veces antes, miró a todos de uno en uno, sacó los papeles del listado de aspirantes y pronunció el nombre del primero. –En el agua veréis cosas importantes, vuestra vida, vuestros miedos... todo. Pero la última imagen es la más importante, es una señal, una premonición... o, tal vez, un posible futuro.
El primer vampiro se acercó al agua. Su imagen apareció en la superficie pero al poco tiempo se difuminó y fue el reflejo de un niño pequeño corriendo con más niños el que se pudo ver. Después, surgieron imágenes rápidas y en movimiento del crecimiento del niño. De pronto, la imagen se paralizó en una serpiente de considerables proporciones que parecía nadar en el estanque. Cuando esta alzó su cabeza y simuló atacar, el vampiro retrocedió un poco, pero enseguida se dio cuenta de que era una ilusión óptica.
Así, los que faltaban fueron acercándose al espejo natural. Primero mostraba sus vidas, parándose en una escena que marcó para bien o para mal a la persona que hacía la prueba. Luego, gente importante para ellos, momentos especiales, miedos como el de la serpiente, sueños que ni si quiera algunos recordaban haber tenido...
Cristal pudo comprobar que la mayoría de los vampiros que estaban allí eran de familias de pura sangre vampírica. Todos ellos parecían haber nacido siglos atrás, y tuvo la sensación de que era la más joven de los que se encontraban allí.
Era cierto que se desvelaban hasta los secretos más oscuros, no en vano aquello era el espejo de alma. Por eso algunos de los asistentes a la prueba decidieron abandonar antes de que les llegara su turno.
La última escena que se podía contemplar era la más emocionante. Era algo irreal que quizá ocurriría, que tenía muchas probabilidades de que se hiciera realidad... Pero a pesar de eso parecía la imagen más sólida, con más forma, y más real al fin y al cabo, de todo el repertorio. Algunos se vieron siguiendo con el negocio familiar, otros cuidando de sus familias... Otros veían cosas que solo ellos llegaban a entender.
Cuando volvió a escuchar su nombre, se levantó algo más insegura que antes. No le hacía demasiada ilusión que toda esa gente pudiera ver su vida, sus sentimientos, sus secretos... Pero estaba dispuesta a pagar ese precio si aquello implicaba tener una mínima posibilidad de pasar la última prueba. Se inclinó sobre el estanque sin pensarlo mucho y se arrodilló para poder estar más cerca del agua y verlo así todo mejor.
La primera imagen fue algo confusa y extraña. Era ella misma, de pequeña. Tenía menos de cinco años y era un recuerdo que, hasta entonces, no creía conservar.  Estaba con su madre... apenas recordaba sus rasgos, pero supo desde el principio que era ella. Se acercó más para observarlo todo con detenimiento, pero la imagen comenzó a volverse borrosa. La nostalgia se adueñó de pronto de ella como un parásito. Hacía mucho que no sentía aquello y se sorprendió a sí misma, triste.
Más tarde, apareció la imagen de la primera vez que había visto a Andrea a través de una ventana con barrotes, imágenes amistosas entre ella y Angelo... Incluso el primer día que había estado en la villa y había visto a Luca. Recordaba ese día, pero no se imaginaba que la apariencia del vampiro la hubiese impresionado tanto.
Hasta entonces todo eran recuerdos bonitos, cosas reconfortantes... pero pronto empezaron las cosas desagradables. El espejo hizo una parada tan larga como la cicatriz que se había quedado en su alma el día en el que habían asesinado a sus padres.
No recordaba nada de aquello pero, según  iban apareciendo las imágenes, los recuerdos se hacían claros y nítidos en su mente, como si siempre hubiesen estado allí. Iba en un coche con sus padres. Ella iba detrás, su madre conducía. Entonces, otro vehículo se acercó peligrosamente, y su madre dio un volantazo que hizo que se salieran de la carretera.
Las imágenes eran oscuras, bañadas por una luz rojiza bastante desagradable y estaban borrosas. Del coche que los había sacado fuera habían salido varias personas, habían forcejeado con sus padres y entonces ella se desmayaba. Se acercó más al espejo intentando ver mejor lo que ocurría  pero pronto se difuminaron y se confundieron con el agua.
Aquel parecía ser uno de sus miedos. Al cabo de un rato, también apareció la imagen de una mujer de indudable belleza, de larga melena castaña con reflejos dorados, tez morena, y unos increíbles labios gruesos y rojizos. Era su abuela. A ella también la echaba de menos, y la nostalgia volvió a adueñarse de ella.
Se acercaba el momento final, la predicción de su futuro. No creía que nada fuera capaz de impactarle más que los recuerdos perdidos del asesinato de sus padres.
La predicción comenzó. Una mano se materializó en la superficie del agua, alguien le tendía la mano y ella la cogía, sonriente. De pronto, todo cambiaba; el escenario se volvía oscuro. Se convertía en un oscuro bosque adornado por las sombras esbeltas de los árboles y alumbrado por el leve tintineo de alguna estrella que se intentaba hacer ver entre las tinieblas. Luego, aparecían unos ojos verdes, sus ojos, y se alejaban para descubrir su figura vestida con un uniforme negro, el uniforme de las Sombras del Plenilunio. Aunque no le dio tiempo de poder averiguar a qué rango correspondía, su expresión se llenó de satisfacción, y mostró una sonrisa orgullosa.
De nuevo todo se quedó a oscuras y, de pronto, se vio el vuelo de una capa gris reflejada en el agua. La capa gris del uniforme de los asesinos, los Cazadores de Sombras. Cristal pudo escuchar los murmullos entre sorprendidos y rabiosos de la gente. Se preguntó si un encuentro con uno de esos asesinos sería decisivo en su destino.
Luego Cristal reapareció en la imagen, con las manos ante el pecho, como si retuviera algo entre ellas. Sus dedos dejaron escapar lo que parecía ser una gota de sangre, y la gota hizo el efecto de tocar la superficie del agua y romper la ilusión. Todo el estanque comenzó entonces a volverse del color de la sangre pero era tan real que Cristal podía olerla. Reprimió una arcada. ¿Qué podía significar aquello? Nada bueno seguro, porque los vampiros volvían a murmurar cosas, alarmados.
Sin poder contenerse, hundió la palma de la mano  en el estanque de sangre y, al sacarla y ver que era sangre real, soltó una exclamación de horror. Se echó hacia atrás, y el espejo del alma dejó de retrasmitir su destino, adquiriendo el reflejo del techo de la gruta. Sin embargo, su mano aún albergaba algunas gotas de sangre...
El vampiro guía les informó, al finalizar, que se les comunicaría si eran admitidos en la escuela o no mediante una carta. Cristal se desilusionó bastante; quería conocer los nombres de los elegidos cuanto antes y quería escuchar el suyo entre ellos.
Cruzó la puerta por la que horas antes habían entrado y buscó a sus acompañantes con la mirada. La esperaban sentados en un banco pegado a la pared. Andrea con la mirada perdida, seguramente sumergido en sus reflexiones, y Lia medio dormida y apoyada en su hombro.
-¿Y bien? –Preguntó Andrea, levantándose, sin darse cuenta de que su hermana estaba apoyada en él.
-He llegado hasta la última prueba, si consigo superarla me lo dirán por carta. –Respondió ella sonriente.

Después de eso, volvieron a la posada donde se hospedaban y Cristal estuvo un buen rato dándoles todo tipo de detalles sobre la prueba. Aunque Andrea pareció molesto por el hecho de que la hubieran hecho repetir la segunda prueba, seguramente porque ya se imaginaba cuál había sido el motivo, no comentó nada al respecto. Después, dejaron a Cristal sola para que pudiera descansar.

27 mar. 2014

Luca, mi don y mi condena caminan juntas de la mano

17. Luca,  Mi don y mi condena caminan juntas de la mano

Fue por aquellos días cuando Cristal descubrió el pasado de Luca.  Un día en el que él le llevó a un lago, cerca de la casa. Se abrigaron con ropa de invierno y se adentraron en el bosque. Las ramas de los árboles estaban nevadas, igual que los lados del camino. Subieron por sendas de piedras que parecían ser antiguos glaciares, y cruzaron de un lado a otro del bosque, saltando un par de arroyos.
            Al llegar, Luca dejó la bolsa que llevaba al lado de una piedra y caminó hasta acercarse a la orilla del lago. Era bastante pequeño, pero bonito. Los bordes estaban algo más altos que el lago y le daban un aspecto de foso.
            Los árboles cubiertos de nieve lo rodeaban, filtrando rayos de sol y proyectándolos hacia las cristalinas aguas. Los pájaros piaban y, de vez en cuando, alguna libélula  sobrevolaba la superficie del lago.
            Cristal se acercó hasta la orilla y se agachó para tocar el agua.
            -Imposible. –Murmuró, alzando la cabeza hacia el vampiro. –No está fría.
-Lo sé. Es asombroso, ¿verdad? –Le respondió, pasándose las manos por el cabello. -Hacía mucho que no venía aquí, pero es uno de mis lugares preferidos.
-Me gusta, me gusta mucho. Además, el agua está templada. Es un sitio precioso.
Luca volvió atrás en busca de la mochila y sacó un libro de su interior.
-Me alegro de que te guste, pero no olvides para qué hemos venido aquí.
Cristal asintió, después de suspirar, y se tumbó apoyándose en los codos para acomodarse. Luca abrió el libro por la mitad y empezó a leerlo. No le importaba de qué tratara lo que estaba leyendo. Fuera lo que fuese, prestaba atención. Le gustaba tanto su voz, que sería capaz de estar escuchándole, durante horas, sin interrumpirle.
Cuando terminó de leer, le hizo preguntas sobre el tema, y ella las respondió con rapidez.  Entonces, Luca se levantó en busca de otro libro sobre otra materia diferente, y se dispuso a leerlo cuando Cristal puso una mano sobre el volumen.
            -¿Por qué no me cuentas algo sobre tus días de nadador?
            -Porque eso fue hace mucho, y ahora nada de eso importa. –Respondió él algo más seco de lo que pretendía.
-Vamos. –Le animó ella dándole un suave codazo en el hombro. –Cuéntamelo, no es malo recordar. –Luca pareció dudarlo durante unos segundos. –Por favor, tengo mucha curiosidad.
            Insistiéndole durante un rato más consiguió, al fin, que le contara cómo había sido su vida de deportista.
Todo había empezado hacía ya varios años. Luca era un chico jovial y alegre que se había apuntado a un entrenamiento de natación los fines de semana para romper la monotonía diaria. Simplemente le había pedido permiso a sus padres para apuntarse a alguna actividad, y la opción de la natación era la que más le había gustado.
Su hermano Andrea le acercó a la ciudad, al polideportivo. Allí una encargada que se encontraba dentro de una cabina le pidió los datos. Tenía cara de estar aburrida, y le hacía las preguntas del formulario de mala gana. Le hicieron una ficha de socio con un nombre falso que el propio Andrea inventó y, a partir de ese día, pudo ir todos los fines de semana a entrenar.
Esperaba con impaciencia los sábados para poder bajar a la ciudad a nadar, porque aquellas clases eran lo único que le sacaban de la rutina.
Su entrenador se sorprendió de que un joven principiante en el mundo de la natación y que no había practicado nunca antes un deporte, tuviera semejante resistencia. Mientras que sus compañeros acababan exhaustos al final de la clase, él salía del agua de un salto y le preguntaba al entrenador si ya se había acabado la clase.
            Un tiempo después, los fines de semana nadando se le quedaron cortos y decidió bajar a la ciudad el resto de la semana. A veces, coincidía con otros grupos a los que entrenaba su profesor, y entonces aprovechaba para seguir los ejercicios que este ordenaba, pero desde otra calle de la piscina.
Su entrenador se daba cuenta de esto y, aunque algo sorprendido de que pudiera seguir el ritmo de otros grupos de mayor experiencia que la de él, le propuso un traslado. Al cabo de unas semanas ya estaba en un nivel más alto que el suyo.
            Tampoco le costaba demasiado seguir aquellas clases. Se cansaba bastante más que en las de los fines de semana, pero aún así seguía necesitando más. Por eso se apuntó a todas las clases que pudo. Algunos días incluso se quedaba a comer en la ciudad porque tenía algún que otro entrenamiento por la mañana y más por la tarde.
            Su entrenador cada vez se sorprendía más del ritmo que era capaz de llevar su pupilo. Y no ponía impedimentos a que acudiera a todas sus clases.
            Durante aquella época, solía estar agotado al llegar a casa. Y, aunque sus padres no veían con buenos ojos que se machacara de esa manera, no hubo forma de que redujese el número de sus entrenamientos.
Al cabo de unos meses, cuando Luca había ascendido de nivel unas cuantas veces, sus padres le comentaron al entrenador sus reparos sobre que acudiera a tantos entrenamientos. Y, finalmente, llegaron a un acuerdo. Él se comprometía a dar clases particulares de natación a Luca, seis días a la semana. De tal manera que su hijo estuviera satisfecho con un entrenamiento hecho a su medida pero sin tener que pasarse todo el día en la ciudad.
            Aunque el entrenador elegía a los nadadores que participarían en las competiciones de entre los grupos que contaban con varios años de experiencia,  aquel año decidió llevar a Luca a la competición.
            Como había predicho, Luca estuvo más que a la altura del campeonato y, poco después, ya ganaba sus primeros títulos contra jóvenes mayores que él y con muchos más años de preparación y experiencia.
            La natación no era demasiado importante en la época en la que él competía, pero su nombre era conocido en los clubes deportivos de todo el mundo. En su segundo año de entrenamiento llegó a las pruebas nacionales, y quedó cuarto. Después de eso, equipos profesionales de natación solicitaron su presencia. Algunos de los que lo reclamaban, incluso le ofrecían becas para mudarse al extranjero y poder entrenarse con ellos.
            Luca rechazó todas las ofertas. Había entablado una estrecha relación con su entrenador personal. Y sabía que solo él lo conocía de tal manera que podía explotar su potencial al máximo. Durante un par de meses al año, ambos viajaban para que pudiese entrenar con el equipo nacional. Y aquel año, el tercero, logró quedar segundo en los campeonatos nacionales.
El quinto año, por fin, consiguió quedar primero. Y, desde entonces, no hubo nadie capaz de desbancarle en su categoría.
            Los primeros años, su fisonomía cambio un tanto. Estaba más musculado y su apariencia era más atlética. Pero después, durante bastante tiempo, su imagen no cambio ni un ápice, y eso no le pasó inadvertido a su entrenador.
            La relación entre ambos era tan estrecha que fue el primer y el último humano al que le confesó voluntariamente que era un ser eterno, que era un vampiro. Gracias a su complicidad, pudo evitar que la gente se hiciera preguntas sobre él durante mucho tiempo. El equipo nacional, como solo lo veía una vez al año, no notaba demasiado si había cambiado o no. Cuando llegaban las fechas de presentarse a una competición importante, a la que acudiría la prensa, procuraba cambiar un tanto su imagen, variando su ropa, o su peinado. Y en el agua solo procuraba que sus gafas y el gorro le taparan la mayor zona de la cara posible.
            Su nombre ficticio, Matt Schiari, fue adquiriendo más prestigio. Participó en campeonatos y en carreras de toda la nación, ganó innumerables medallas y muchas veces fue portada de los periódicos.
            Llegó una época en la que viajó a través de todo el mundo ganando premios internacionales. Su entrenador decía que tenía un don, que había nacido para nadar. Cruzó canales, buceó en grandes lagos y surcó océanos. Cuando estaba en la cumbre de su carrera y debía de tener unos veinticinco años, no aparentaba ser más que un muchacho de dieciséis o diecisiete años, quizá dieciocho por su cuerpo de atleta.
            Nunca habría imaginado, al apuntarse a aquel curso los fines de semana, que llegaría tan lejos, solo quería pasar el tiempo, tener una afición. Pero la natación se había convertido en su vida. Entrenaba todos los días durante horas, excepto los domingos, viajaba continuamente de un lado para otro participando en carreras y batiendo records. Y, de pronto, llegó el día que más temía, el día en el que se había tenido que plantear dejar el deporte.
            La prensa se empezó a preguntar por qué no se sabía nada de él, por qué no lo veían más que en el agua, por qué no se sabía nada de su vida. Los periodistas decidieron investigar, y estuvieron a punto de averiguar la verdad, casi llegaron a su verdadero nombre, a su verdadero origen.
            Puso en peligro a su familia, incluso a toda su raza. Por eso, el día que los periódicos anunciaron que el nombre del prestigioso nadador era falso, fue su último día como deportista de élite.
            Tuvo que borrarse a sí mismo del mapa. Fingió su propia desaparición, y se convirtió en una leyenda. Tuvo que irse sin poder decirle nada a su propio entrenador, a su mejor amigo, porque sabía que la policía lo acusaría de crear una identidad falsa, y no quería que pudiesen interrogar al buen hombre y averiguar dónde se había ido él.
            Muchos dijeron que el nadador desapareció porque tenía miedo de que se supiera quién era en realidad. Pero otros apuntaban que, cuando empezó a nadar,  apenas era un crío, y que un crío no podía tener nada que ocultar.
Algunos periodistas se aventuraron a escribir que había salido a nadar al mar abierto en medio de una tempestad y que estaba muerto. Hubo incluso quién dijo que no era humano, sino un visitante de otro planeta, y que por eso siempre tenía un aspecto tan jovial y esa habilidad, casi sobrehumana, en el agua.
Algunos fanáticos religiosos se aventuraron a decir que era un ser enviado por el diablo y que  por eso había desaparecido, de repente, sin dejar rastro. Esta misma gente también opinó que, en lugar de un demonio, podía ser un ángel caído del cielo. Y a raíz de eso, inventaron leyendas sobre el ángel que cayó al mar, y que después de años nadando llegó a tierra, exhausto y confundido. Decían que su única gracia era nadar, ya que lo había hecho durante años para salvar su vida, y que decidió aprovecharla para hacerse notar entre los humanos y llamar la atención de su creador. Y que por ese motivo, cuando consiguió ser tan famoso, él se lo llevó de vuelta.
Eran decenas de teorías, decenas de historias en las que, o bien lo acusaban de ente maligno, o de ser celestial. Daba lo mismo, todas las historias eran falsas, y Luca, que seguiría durante años con la misma imagen que por aquel entonces, no podría volver a nadar profesionalmente. No solo porque la gente lo reconocería por antiguas fotografías, sino porque los tiempos habían cambiado, y ya no podría mantenerse en el anonimato. El mundo lo conocería a él, y conocería a su familia, y entonces todo se acabaría, y tendrían que mudarse todos a Deresclya y desaparecer de la Tierra.
Sus días como deportista habían acabado, para siempre. Había empezado su carrera y la había terminado en un tiempo de diez años. Quizá para otra persona fuera un tiempo más que suficiente para demostrar al mundo lo que era capaz de hacer. Pero él tenía mucho más que dar, muchos más récords que batir.
Como había desaparecido en la cumbre de su carrera, se había convertido en una leyenda. <<Los grandes profesionales>> Decía. <<Nacen, crecen, practican y se hacen estrellas. Llegan a lo más alto,  después envejecen, otros más jóvenes los remplazan, y poco a poco se van retirando, sin llamar la atención. Yo, en cambio, me retiré en la cumbre, desaparecí, y eso es algo que da mucho más que hablar. Llamé la atención, y si hubiera sido un buen nadador, uno del montón, a pesar de haber batido records y haber ganado premios internacionales, al cabo de unos años me habrían olvidado. Pero en los tablones de varios clubes en los que nadé, aún tienen mis fotos junto con mis  trofeos. Las fotos que decían que había desaparecido, las conservan a modo de homenaje. Hasta que no desaparezcan todas esas fotos, hasta que la gente no me termine de olvidar, hasta que los registros de los periódicos en los que aparecí no sean destruidos, seguiré siendo recordado, y seguiré atado a esa identidad falsa que me recuerda lo que fui y lo que podría haber llegado a ser>>
<<Si no llego a descubrir mi talento, nunca habría sufrido mi retiro. Pero si no hubiera sufrido mi retiro, nunca habría descubierto mi talento. Mi don y mi condena caminan juntas de la mano>> Le dijo por último.
Cristal podía notar la amargura que desprendían sus palabras, y se esforzaba por estar quieta, por contener la respiración para no hacer el más mínimo ruido que pudiese distraerlo. Entonces lo observó, pero lo vio diferente, de otra manera. Ya no era el hermano del joven que la había adoptado, no era un simple muchacho de su misma raza. Era mucho más que eso, un joven que había vivido mucho más que la mayoría de ancianos de todo el mundo. Alguien que había experimentado tener la felicidad, la gloria y la fama entre las manos y que había tenido que observar desde un rincón cómo se le escapaba entre los dedos de un día para otro.
Comprendió por qué Luca no quería hablar de ello. Sentir que no podías realizar tu sueño por ser como eras, por haber nacido en una familia concreta, en un mundo diferente... Por estar atado a tus condiciones, a unas condiciones que tú no habías elegido, debía de ser frustrante.
Cristal le retiró un mechón de pelo de la frente. Sabiéndolo, era cierto que su cuerpo parecía atlético, era eso lo que le diferenciaba de su hermano Angelo. Él era más alto y su figura estaba más estilizada. También  sus hombros eran más anchos. Sin duda, había sido un gran deportista.
Luca se perdió en sus ojos verdes, Cristal le sostuvo la mirada, que parecía perdida. La joven parecía sentir lástima por él y, al darse cuenta, el vampiro apartó bruscamente la mirada y se aclaró la voz.
-Ya nos hemos distraído bastante, ahora sigamos con la clase.
-Yo quiero saber más. –Replicó ella.
-No hay nada más que saber. –Sus pupilas azules se clavaron en las suyas. Había sonado algo más serio de lo que pretendía, pero a Cristal no pareció molestarle. Simplemente sonrió. -¿Qué quieres saber? –Suspiró él derrotado por su mirada suplicante.
-¿Ya no nadas?
-No, no nado. –Respondió Luca como si fuera obvio.
-¿Por qué? –Insistió ella.
-Porque mis días como nadador acabaron hace años. –Respondió con un tono de voz amargo, pero que a Cristal seguía maravillándole, aún así, por su suavidad.
-No me refiero a nadar profesionalmente, sino como afición. Eso sí que puedes hacerlo.
-¿Para qué? –Resopló él. –No serviría  nada más que para recordarme lo mucho que me gustaría dedicarme a eso.
Cristal movió la cabeza de un lado a otro, en señal de desaprobación.
-Pensaba que no eras así. –Le reprochó entre divertida y pensativa. –Te creía más valiente, pero tienes miedo de vivir esclavo de tus propias limitaciones. Puedes nadar, no puedes competir, ¿y qué? Pienso que eso no es una limitación, no te impide que nades, que es lo que verdaderamente te gusta, solo te impide hacerlo profesionalmente. –Se puso de pie sin dejar de mirarlo y después levantó la cabeza hacia las copas de los árboles.
Se volvió a agachar mientras que Luca la contemplaba, intentando asimilar sus palabras. En el fondo tenía razón, y él lo sabía. Pero nunca se había parado a pensarlo y ahora que lo hacía se sentía estúpido. Cristal comenzó a desatarse los cordones de las botas, y después se las quitó. Hizo lo mismo con los calcetines, con la chaqueta y con los pantalones, hasta que se quedó con una camiseta ancha y larga.
Luca seguía mirándola, atónito, pero ella parecía haberle dejado de prestar atención. La joven se estiró la camisa procurando taparse todo lo que podía y volvió a reparar en el vampiro.
-Si te gusta nadar, entonces, hazlo. – Le dijo cuando ya estaba en el borde del lago y se disponía a saltar.
Sin creérselo, Luca se levantó de un salto y observó cómo Cristal se zambullía en el agua de cabeza. Ella salió a la superficie con una sonrisa en sus labios rosados, y se frotó los ojos para deshacerse del agua que se había quedado en sus pestañas.
-Está templada. –Susurró solamente.
Luca trataba de ordenar sus ideas, pero estaba demasiado extrañado por el comportamiento de su amiga y no pudo hacer nada más que quitarse él también las botas mientras la seguía mirando, pasmado.
Se dio cuenta de que probablemente su expresión fuera graciosa, porque ella se reía desde el agua. Y él, sin decir nada, se desvestía, absorto en sus pensamientos. Cuando terminó, dejó su ropa atrás y caminó hasta el lugar desde el que momentos antes Cristal se había arrojado al agua. Sin detenerse siquiera, terminó su andadura con un salto perfecto, elegante. No había pretendido hacerlo así, pero  no conocía otra manera de saltar. Era algo natural en él.
Una vez en el agua, sus ideas parecieron aclararse de pronto, o más bien se desvanecieron, porque no le importó nada más en aquellos momentos. Soltó una carcajada contagiado por la felicidad que emanaba Cristal y disfrutó de la sensación de volver a estar, por fin, en un lugar lo suficientemente amplio como para nadar a sus anchas.
Dio un par de vueltas en círculos sin mover apenas los brazos, y se sumergió en el agua para volver a salir a unos centímetros de Cristal. Se dio cuenta de que sus ojos parecían mucho más verdes y más hermosos desde cerca y se quedó un rato mirándola, sin dejar de sonreír.
Cuando su expresión se había vuelto algo más seria, pero siendo aún alegre, Cristal rompió el silencio separándose un poco de él y dirigiéndole una mirada traviesa y divertida.
-Te echo una carrera. –Le gritó colocándose en una fingida posición de salida. Al ver que Luca la imitaba aceptando así el reto, empezó a nadar lo más rápido que pudo.
Luca comenzó también la carrera, pero muy pronto se olvidó de Cristal, de que competía contra ella. Se dejó llevar por las leves ondulaciones del agua, que lo envolvían, y que él agitaba y rompía yendo cada vez más deprisa. Para cuando quiso darse cuenta, ya estaba en la otra orilla del lago, y Cristal llegaba al cabo de un rato a su lado, fatigada.
-Lo de la carrera no lo decía en serio ¿sabes? –Jadeó ella. –Deberías tener un poco de consideración por tu parte con la gente normal que no tenemos superpoderes en el agua ni nada parecido.
Luca le sonrió, se puso muy cerca de ella y bajó la vista. Parecía tener intención de decir algo, pero no se decidía a hablar. Se acercó tanto que sus frentes se juntaron, y mientras Cristal trataba de adivinar qué pasaba por su cabeza, él seguía haciendo amagos de decir algo. Arrepintiéndose tal vez de lo que iba a decir, cambió de idea y giró la cabeza, de pronto, hacia un lado. Se separó de ella bruscamente y volvió a sonreírle.
-¿La revancha? –Le preguntó.
-Está bien. –Respondió Cristal, volviendo a preparase sin ni siquiera haber tenido tiempo de coger aliento. –Pero relájate, es un poco humillante verte a veinte metros de distancia.
Volvieron a nadar hacia el otro lado y estuvieron yendo y viniendo durante toda la tarde. Cuando el viento empezó a parecerles un tanto frío, se dieron cuenta de que pronto anochecería, y se dispusieron a salir del agua.
Cristal intentó salir apoyándose en el borde y Luca, al ver que tenía dificultades, salió antes que ella y la ayudó. Un soplo de aire helado le  hizo cruzar, instintivamente, los brazos ante el pecho, procurando resguardarse del frío.
-Creo que no ha sido muy buena idea lo de tirarse al lago sin tener toallas. –Comentó Luca empezando a tiritar.
-Cuando has saltado detrás de mí no te ha parecido tan mala idea. –Contraatacó ella chasqueando los dientes. -¿Y ahora qué?
-Tenemos que procurar secarnos un poco al sol, vestirnos y volver antes de que anochezca del todo.
-El sol ya se ha ido, y no debe de quedar mucho tiempo para el anochecer. –Apuntó ella.
-Razón de más para que nos demos prisa. –La miró durante unos segundos y reaccionó, al fin. –Ten. –Le dijo tendiéndole su camiseta. –Póntela y quítate eso. –Añadió señalando su camiseta chorreante.
-¿Y tú? –Murmuró ella preocupada.
-Tengo otro jersey. Vamos, date prisa o acabarás pillando un resfriado.
Cristal no puso más objeciones. Se dio la vuelta, tiritando, se quitó su camisa mojada y se puso la de Luca. Después se agachó para recoger su chaqueta y se cubrió con ella. Se puso los pantalones a duras penas, ya que se le quedaban pegados a la piel mojada, y se ató las botas como pudo.
Luca ya estaba vestido con su jersey para cuando terminó de ponerse la ropa y se giró hacia él. Observaba con aire crítico el horizonte. El sol ya había caído y apenas se veía con claridad.
-Tendremos que volver sin luz y no me parece buena idea recorrer un bosque en plena noche.
-Además la villa está a una hora de camino...
-Más. –La corrigió él. –Bajar por los sitios por los que hemos subido hasta aquí nos llevará más tiempo y, además, estamos cansados.
-Y no sé tú...-Siguió Cristal. –Pero yo tengo los calcetines empapados y las botas me rozan los tobillos.
-Sí, a mí me pasa lo mismo. –Asintió él con aire crítico. –Entonces nos quedaremos aquí. –Casi susurró un rato después.
-¿A pasar la noche? ¡¿Estás loco?! –Le gritó Cristal.
-Creo que lo pasaremos peor si intentamos volver de noche en nuestras condiciones. Estamos empapados y cansados.
-En eso tienes razón; aquí, en vez de despeñarnos por un risco, moriremos por congelación. Es una muerte mucho menos desagradable. –Comentó sarcásticamente.
-Encenderé un fuego, nos secaremos nosotros y nuestra ropa, y procuraremos dormir abrigados, tapándonos con la ropa seca que tengamos. Aquí, en esta época del año, el clima no es tan hostil, solo que estamos mojados y sentimos el frío diez veces más, pronto se nos pasará. Además, esta parte del bosque está bastante resguardada del viento por los árboles, y no habrá muchas corrientes de aire frío.
-No tendría que haber saltado al agua. –Murmuró solamente Cristal.
Luca caminó hasta la mochila y sacó un jersey de su interior.
-Póntelo, estás helada. –Le susurró echándoselo por encima de los hombros. Ella lo aceptó de buena gana y se cubrió con él todo lo que pudo. –Voy a buscar ramas para encender la leña, espérame aquí.
Cuanto más pensaba en el frío que hacía, más frío tenía ella, y con más fuerza le castañeaban los dientes. Pasó un rato hasta que por fin Luca volvió y encendió el fuego. A pesar del calor de las llamas, seguía teniendo la ropa interior mojada, y deducía que tardaría un buen rato en secarse. Luca se frotaba las manos periódicamente, pero no hacía tantos aspavientos como ella.
Cuando quedaron alumbrados únicamente por el resplandor del fuego, Cristal empezó a adormecerse, pero el frío intenso no le dejaba  conciliar el sueño.
-Hasta que no hayas entrado del todo en calor no serás capaz de dormir. –Le comentó Luca observando cómo cerraba y abría los ojos una y otra vez mientras que trataba de hundir más la cabeza en el jersey.
-Pues me temo que esta noche no dormiré.
-Espera. –Dijo el joven levantándose y caminando hacía ella. Se sentó a su lado y la abrazó. -¿Mejor así?
Por toda respuesta, Cristal se acomodó contra él y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el tenue calor que desprendía una de sus mejillas. A pesar de que el frío fue disminuyendo, no terminó de irse del todo, y ninguno de los dos pudo dormir aquella noche.
De vez en cuando, la joven sentía que entraba en un estado de semiinconsciencia en el que entrelazaba hechos reales con disparates producto de su mente. Pero nunca llegaba a sumergirse del todo en el sueño, y acababa abriendo los ojos, comprobando que Luca seguía despierto, y hablando unos minutos con él.
Poco a poco, la luna cruzó el cielo desde un extremo al otro y el manto de estrellas desapareció deslumbrado por la luz del sol del amanecer. Para cuando esto ocurrió, ella seguía adormecida, pero sin estar descansando del todo y Luca le habló susurrando y con voz ronca al principio.
-Ha salido el sol, será mejor que nos vayamos.
-No creo que pueda llegar muy lejos así. –Protestó ella frotándose los ojos.
-¡Vamos! Fuiste capaz de matar a dos verdugos después de varios días sin dormir, no me digas que por una noche no vas a ser capaz de recorrer un camino de una hora. –La animó él, optimista.
-Era diferente, no tenía sueño porque lo que pasaba a mi alrededor no me dejaba tenerlo... Estaba continuamente en tensión. Ahora, sin embargo, llevo varias horas aquí sentada intentando dormir, sin moverme. –Esperó a que dijese algo, pero no le contestó. –Además, ya no tengo tanto frío como antes. Dame un par de horas para dormir, y estaré preparada para volver.

-Como quieras. –Aceptó Luca, observando cómo se separaba de él para tumbarse en el suelo. Poco después decidió imitarla y se recostó a su lado para tratar de conciliar el sueño durante unas horas.

21 mar. 2014

Preparatorios

16. Preparatorios


            Después de varios días de viaje, al llegar a la villa, se encontraron con que Andrea ya había vuelto. Dos días después de haberse marchado ellos, había regresado porque su misión se había cancelado.
            Debió de verlos llegar, porque nada más entrar por la puerta bajó las escaleras hacia el vestíbulo para recibirlos.  Ladeó la cabeza y cruzó los brazos ante el pecho.
            -Buenos días. – Les dijo sin alterar su tono de voz.
            -Hola. –Contestaron los dos al mismo tiempo. Cristal esperó a que alguno de los dos hablara  pero Andrea no parecía dispuesto. Y Luca fingía estar entretenido con las maletas para no tener que dar la cara por ella. –Has vuelto muy pronto ¿no?
            -Una falsa alarma, me volví a mitad de camino. –Respondió, acercándose a ellos. -¿Y vosotros, os lo habéis pasado bien?
            -Sí. Me he hecho socia de una empresa que fabrica carruajes, y voy a regalarte uno que debe de ser una ganga. –Bromeó ella pero, al ver la cara que ponía el protector, rectificó. -¡Era broma! Tranquilo, no ha pasado nada. No volveremos a vernos, y no volveré a asistir a ningún acto que organice la corte. –Antes de que Andrea pudiese decir nada pasó por su lado y desapareció escaleras arriba.
            Después de aquello, Andrea les pidió explicaciones, y  volvió a dar a Cristal una larga charla  sobre los siete pasos.
            Otra de las cosas que le cambió la vida sucedió aquel invierno, uno de aquellos días en los que el protector volvía de una de sus misiones. Cristal llevaba ya un tiempo preguntándose cómo había empezado a trabajar para las Sombras del Plenilunio, y decidió preguntárselo.
            -Hice las pruebas, las superé, me eligieron y me asignaron categoría.
            -¿Qué pruebas? ¿Cómo te asignaron categoría? –Siguió preguntándole ella, interesada.
            -Verás, cada año se celebra un reclutamiento. Nadie sabe mediante qué condiciones o a través de qué pruebas eligen a los reclutas, porque en cada convocatoria las cambian. Después de eso, forman a los elegidos con un entrenamiento muy duro. Pero que no es ni la mitad de duro que el de la siguiente fase.
            <<Según las habilidades de cada uno, le asignan una categoría. Si son inteligentes, precavidos, astutos y hábiles les instruyen para que formen parte del consejo. Si son rápidos, sigilosos, fuertes y calculadores, los instruyen para que sean protectores, como yo. –Dejó de hablar, y a Cristal no se le pasó por alto que se olvidaba de una categoría.
            -¿Y qué pasa con  los Guerreros Esmeralda?
            - Los elegidos para ser instruidos en esa categoría tienen que ser los mejores, una mezcla de las dos categorías de las que te he hablado. Tienen que ser inteligentes, precavidos, astutos, hábiles, sigilosos, fuertes, y calculadores. Es prácticamente imposible ser elegido para ser Guerrero Esmeralda, y mucho más conseguir pasar la prueba final. Al año, se gradúan muy pocas Sombras del Plenilunio, porque la prueba de ingreso en la escuela es muy difícil de superar. –Esperó a que Cristal asintiera, sorprendida, y prosiguió. –Por eso, después de ese proceso, solo quedan los mejores. Y nuestras filas son aptas para hacer frente a los Cazadores de Sombras. –Terminó de explicar él, orgulloso.
            Como hacía siempre, cada vez que volvía de sus misiones,  acudía a su encuentro para que le contase todo lo que había ocurrido. Pero cada vez bebía con más avidez de sus palabras, haciendo preguntas y, en muchas ocasiones, repitiendo cosas que le habían gustado para poder memorizarlas.
            Su admiración por él y por todas las Sombras del Plenilunio crecía por momentos. Además, cada día hacía sus entrenamientos más intensos. Cuando algo no le salía o no era capaz de aprender un nuevo movimiento que Andrea le enseñaba, se enfadaba y se dedicaba a repasarlo hasta que lo dominaba. Si no lo conseguía, muchas veces lloraba de rabia. Y, cuando conseguía aprenderlo, se lo enseñaba a Andrea, orgullosa de sus progresos.
            Transcurrió un año. Tan solo quedaban unos meses para la llegada del decimosexto invierno de la vida de Cristal. Había aprendido el verdadero significado de la palabra ``aburrimiento´´. A parte de su entrenamiento no tenía nada más que hacer y, a veces, se planteaba para qué se entrenaba.
            Volvió a percibir el olor de la sangre de Luca en varias ocasiones. Generalmente, era un leve aroma apenas perceptible. Una herida en los labios, un corte con una hoja en los dedos... Pero, un par de veces, volvió a sangrar de tal manera que para Cristal fue inevitable sentir su olor a través de todos sus sentidos y plantearse de nuevo las dudas de siempre. No entendía por qué el olor de esa sangre era diferente a la de los demás. Pero, pasado un tiempo, se olvidaba de ello.
            Su relación con él no había cambiado demasiado. A veces quedaban para pasear por el jardín, incluso para entrenar. Se llevaban cada vez mejor, pasaban mucho tiempo juntos,  y tenían más confianza el uno con el otro.
            En cambio, cada vez hablaba menos con Angelo. Siempre estaba de aquí para allá, no pasaba mucho tiempo en la villa, y no solían verse muy a menudo.
            En cierto modo le envidiaba, si salía quería decir que tenía con quién hacerlo. Ella no podía salir de la villa si no iba acompañada por uno de sus habitantes. Al fin y al cabo, no tenía nadie más con quien quedar.
            Aquel año aprendió muchas cosas sobre los vampiros. Se dio cuenta de que había muchos tópicos sobre ellos, y de que la mayoría eran falsos. También descubrió que los vampiros podían comunicarse entre ellos, hablaran la lengua que hablaran.
            También comprobó que el azúcar era un sustituto de la sangre. A Luca y Angelo solía verles mordiendo algún caramelo de vez en cuando o chupando una piruleta, sobre todo a Angelo. Y entendió por qué en el hospital comía tantos dulces. A Andrea, en cambio, no parecía afectarle demasiado la sed. Desconocía si entre viaje y viaje mordía a alguien o si tenía pareja a la que morder, pero nunca le había visto tomando aquel sustituto para calmar su sed.
            Ella tampoco solía comer muchos dulces por ese motivo. Le gustaban, pero no especialmente; y nunca tenía sed. Angelo había tratado de explicarle en un par de ocasiones lo que se sentía cuando deseabas la sangre. Entonces, se había dado cuenta de que nunca había experimentado nada parecido. Lo contaba todo de una forma tan dramática... que intentaba compararlo con las veces que ella pasaba mucha sed durante los entrenamientos, pero se daba cuenta de que no había ni punto de comparación.
            Otra cosa que también le llamaba la atención era que los vampiros con los que convivía no parecían envejecer nunca. Y ella, en cambio, crecía como lo haría cualquier humano. Andrea le explicó que cada vampiro se desarrollaba de una forma diferente. Y que, mientras alguien podía pasarse un siglo estancado en el mismo año, otro podía estar solo dos. Pero le aseguró que, terminada la adolescencia, el proceso se  ralentizaría e incluso se detendría, como les pasaba al resto de los de su especie.
            Pasó un buen año, aburrido, pero bueno al fin y al cabo. Por fin, encontró en la villa un lugar estable donde vivir. No la sentía suya, y no se sentía totalmente parte de la familia. Pero, al menos, sabía que no tendría que volver a irse de allí.
            Intentó averiguar más cosas de su pasado, sobre su abuela, y sobre la relación que mantenía con Andrea. Pero cuando preguntaba a Andrea, este hacía oídos sordos. Daba por hecho que no le apetecía hablar del tema.
            Un día, Andrea llegó herido a la villa. Era una herida de espada, y a Cristal le hirvió la sangre de ira al entender que quien se la había causado había podido ser un verdugo. A partir de ese momento, empezó a obsesionarse con los Cazadores de Sombras, aún más. Y, recordando la conversación que mantuvo con Andrea sobre su adiestramiento, tuvo una gran idea.
            En cuanto se curó fue a contársela, ilusionada. Antes no lo había hecho porque no quería alterarlo en su estado y había decidido esperar.
            -Andrea ¿qué tal estás?
            -Hola Cristal, mucho mejor. ¿Cómo estás tú?
            -Yo estoy bien, pero quería preguntarte algo. –Esperó a que él le ofreciera asiento a su lado y siguió. -¿Podrías prepararme para las pruebas de la escuela de las Sombras del Plenilunio?
            -Imposible, apenas quedan tres meses. –Respondió él,  incorporándose en el sofá donde estaba sentado.
            -Eso no importa. Llevo años entrenándome contigo, ahora solo tendrías que enseñarme lo específico para esas pruebas. Será fácil, ya tengo una base, solo tengo que perfeccionar...
            -Tienes más que una base. –La cortó él. –Pero no sé si es una buena idea. Eres muy joven, tan solo tienes dieciséis años.
            -¿Cuántos tenías tú cuando te graduaste?
            -Algunos cientos más que tú...
            -Mejor dicho, ¿cuántos aparentabas? –Siguió insistiendo ella. Y, como no respondió, supo que había acertado. –Por favor, ¿para qué me sirve el entrenamiento diario que hago?
            Andrea pareció meditar unos instantes la petición de su pupila. Y, al cabo de un tiempo, asintió.
            -Está bien, entrenaremos para las pruebas de diciembre. Pero tendremos que empezar ya.
            -¿Ya? ¿Ahora? –Se extrañó Cristal.
            -Sí, tenemos que empezar ahora mismo, no tenemos apenas tiempo. Ve y ponte ropa cómoda para entrenar.
            -Así estoy bien, estoy cómoda.
            Andrea se levantó y fueron juntos al jardín, al mismo lugar donde solían entrenar. Él le lanzó una de las espadas de madera y empezaron a luchar.
            Cristal se defendía de sus golpes como podía, agarrando de vez en cuando su arma con las dos manos, para aguantar la tremenda fuerza de sus embestidas. Entonces, Andrea le gritaba <<¡¿Qué clase de estilo es ese?!>> Y ella tenía que soltar una mano para mantener la figura que él le había enseñado.
            Sus movimientos, como siempre, eran elegantes y rápidos, muy rápidos. Si perdía la concentración, él le gritaba para que volviera a centrase. Y ella ponía de nuevo  todos sus sentidos en el combate.
            Cuando Andrea parecía cansarse de combatir, aplicaba un poco más de fuerza a los mandobles de su espada de madera.  El arma de Cristal acababa volando por los aires, y ella quedaba completamente desarmada. Después de que eso ocurriera en varias ocasiones, acabó derrumbada y se dejó caer sobre la hierba. Entonces, Andrea dio por finalizado el entrenamiento.
            Nunca había combatido tanto y tan en serio con él. Y, aunque estuviera agotada, cuando volvió a su cuarto para darse una ducha, no le importó, porque estaba feliz por saber que lo que hacía serviría para algo. Para entrar en la escuela de las Sombras del Plenilunio.
            Al día siguiente, amaneció con un gran dolor en el brazo derecho. Pero tampoco le importó. Se levantó sonriente y acudió al encuentro de Andrea, entusiasmada.
            Él la esperaba, como siempre, con una espada de ensayo en cada mano. Con esa pose que revelaba que estaba seguro de sí mismo, y con la expresión serena. Ese día, el protector peleaba con más fuerza que la víspera. Pero eso solo consiguió que Cristal sintiera una motivación extra que la empujaba a dar lo mejor de ella.
            Después de varios días practicando sin descanso, Anthony la pilló por banda en uno de los pasillos de la casa, y Cristal recordó entonces que hacía más de tres días que no acudía a sus clases.
            -Buenas tardes, Cristal. Hacía mucho que no nos veíamos. –Le comentó cruzando los brazos ante el pecho.
            -¡Anthony! Lo siento, verás, es que estos días he estado muy ocupada con Andrea porque...
            -Sí. –La hizo callar él con un gesto de la mano. –Me lo ha contado, quieres presentarte a las pruebas de diciembre. No tengo nada en contra, pero no puedes dejar de estudiar, vamos muy atrasados con el curso. Deberías centrarte más, las pruebas puedes hacerlas otro año, cuando hayas terminado tus estudios.
            -¿Terminar los estudios? –Preguntó Cristal, abriendo mucho los ojos y estirando los brazos. –Anthony, ¡por favor! Eres tú quién decide cuándo termino mis estudios, no me estoy preparando para ningún tipo de examen, solo para los que me haces tú y no creo que eso...
            -Si lo que piensas es que no te servirán de nada, te equivocas. Ahora mismo tienes mucho más nivel que la mayoría de los jóvenes de tu edad.
            -¿Cómo lo sabes?
            -Porque fui profesor. Es más, aunque estoy retirado,  estoy pensando en volver a la enseñanza. –Observó con satisfacción la cara de sorpresa de Cristal y continuó. –Hay muchas cosas que aún te quedan por aprender... Bien, el caso es que no puedes dejar las clases de lado, tienes que sacar tiempo de donde sea.
            -Por las tardes podría estudiar, pero no sería a una hora fija, nunca sé cuando empiezan y cuando terminan mis entrenamientos. –Contestó Cristal, cediendo.
            -Yo, por las tardes, no puedo. Además,  no podría estar toda una tarde esperando para darte una clase. Tengo una vida ¿sabes? –Le dijo sonriente. -¿Por qué no le pides a Luca que te ayude durante una temporada? Le diré lo que estamos dando en cada asignatura y él te  dará las clases por mí. Por las tardes se le ve muy aburrido y, además, le vendrá bien repasar sus conocimientos.
            -¿A Luca? No...No creo que sea buena idea. No le veo con ganas de querer enseñarme nada.
            -Voy a buscarlo. –Dijo, ignorando por completo su comentario y dándose la  vuelta con un gesto a modo de despedida.
            Esa noche alguien tocó la puerta de su cuarto. Se acababa de acostar, y aún estaba despierta. El dolor de los brazos no le permitía encontrar una postura que le ayudara a descansar.
            Se incorporó, encendió la luz e invitó a pasar a quién quiera que fuera.
            -Ya me iba a ir, pensaba que estabas dormida. –Murmuró Luca, cerrando la puerta tras él y apoyándose en esta con aire despreocupado. –Me ha preguntado Anthony si podría darte clases... quería hablar contigo de eso. –Fue directo al grano al darse cuenta de que ella estaba metida en la cama y con intención de dormir, si es que no la había despertado. –Pero puedo esperar a mañana.
            -No, no. No estaba dormida, no te preocupes. Y respecto a lo de darme clases... no tienes por qué hacerlo. Anthony propuso que podías enseñarme tú, yo le dije que no ibas a tener ganas... y, en resumen, no me escuchó. Así que mañana hablaré con él y cambiaré el horario de mi entrenamiento o qué se yo...
            -No me molesta darte clases. –Murmuró él.
            -¿Ah no?
            -No, la verdad es que últimamente no tengo muchas metas ni objetivos en mi vida. Me vendrá bien ser constante en algo. –Contestó Luca con sinceridad.
            -Está bien, ¿mañana empezamos, pues?
            Él asintió y, tras escuchar las ``gracias´´ que le dirigió Cristal, volvió a dejarla sola en su cuarto para que pudiera descansar.
            Las siguientes semanas fueron lo contrario al aburrimiento para ella. No tenía ni un minuto para descansar. Por la mañana, se levantaba tarde porque estaba agotada. Comía y, por la tarde, entrenaba con Andrea. Después de cenar, o al anochecer, estudiaba con Luca. Y, como se acostaba tarde y muy cansada, al día siguiente volvía a levantarse tarde.
            Cuando Andrea se fue de viaje un mes antes de las pruebas, Cristal se alarmó. Hacía ejercicios con él que no podía practicar con nadie más, por ejemplo el del instinto.
            Un día la sorprendió diciéndole que no iba a practicar más esgrima. Se puso detrás de ella y le vendó los ojos.
            -Para trabajar la mente y el instinto vas a tener que seguir mi voz. Así, además, desarrollarás el oído, el tacto y el olfato. Para entrar en las Sombras del Plenilunio es imprescindible tener instinto. Por eso, es fundamental que antes de diciembre hayas aprendido a realizar este ejercicio sin hacerte ningún rasguño.
            -¿Solo seguirte? Parece fácil. –Comentó Cristal.
            -Me sorprende tu confianza en ti misma. Mejor será que la tengas, porque lo cierto es que no será una prueba fácil. Tendrás que seguirme a través del bosque. Yo gritaré ¡aquí! Y no disminuiré mi ritmo en ningún momento, pero cada vez hablaré con menos frecuencia. ¿Está claro?
            -Por lo que has dicho ahora, parece más difícil. –Murmuró Cristal, preparándose.
            El ejercicio empezó, y Cristal caminó a ciegas guiándose por la voz del protector. Alzó las manos para tantear a su alrededor y evitar  chocarse con cualquier posible obstáculo. Procuraba caminar sin levantar demasiado los pies del suelo, para no tropezar. Eso la hacía ir mucho más lenta, y por eso llegó un momento en el que temió perderlo. Tuvo que detenerse más de una vez. Pero, cuando escuchaba el crujido de alguna rama, se dirigía hacia allí. También se detenía cuando sus manos rozaban la rugosa corteza de los árboles. Cuando eso ocurría,  palpaba el obstáculo y lo rodeaba, tanteando el suelo, casi arrastrando los pies.
            Siguió caminando en medio de la oscuridad que le proporcionaba el pañuelo y reprimió un gemido cuando sintió que se arañaba el brazo izquierdo con una especie de rama espinosa. Se había enganchado la piel y, cuanto más tiraba, más se le desgarraba. No quería insistir, pero comprendió que no podía liberarse de la rama con la otra mano, porque para ello tendría que tocarla, y entonces se engancharía con esa mano también. Escuchó la voz de Andrea más lejos de lo que le hubiese gustado, y dio un tirón con el brazo izquierdo para despegarse de la rama.
            No supo decir cuánto tiempo estuvieron así, él gritando cada poco tiempo y ella tropezándose con todo lo que se le ponía por delante. Cada vez le costaba más caminar, porque Andrea hablaba con menos frecuencia. Y se ponía nerviosa al pensar que podría no seguirlo bien y no ser capaz de cumplir su objetivo final. Pronto se olvidó de guiarse por el resto de sus sentidos y dejó de importarle ir arañándose con todo lo que había a su alrededor. Cuando se caía, ni siquiera se lamentaba por ello. Aunque se hacía daño, dejó de preocuparse. Solo se limitaba a levantarse y a detenerse unos instantes para tratar de escuchar algún ruido que le indicara la dirección hacia la que se dirigía Andrea.
            Después de una angustiosa media hora, oyó a Andrea  muy cerca de ella.
            -Basta ya, puedes quitarte la venda.
            Cristal agradeció poder deshacerse del pañuelo. Estaba en medio del pinar. Se miró las manos. Las tenía sucias y llenas de pequeñas heridas. Tenía varios rasguños en los brazos, y las rodillas ensangrentadas.
            -Lo he conseguido. –Murmuró, con una sonrisa en los labios.
            -¡No, para nada! ¿Tú te has visto bien? –Le gritó Andrea, estresado. –Se trataba de guiarte por tus sentidos, para que tu instinto te ayudara, y llegases sin el más mínimo rasguño. Pero vas hecha una pena. El objetivo no era llegar, se trata de cómo llegas. ¿Entiendes?
            Cristal iba a decir que lo había comprendido, pero él sacudió la cabeza, frustrado.
            -Es tu primera vez, comprendo que no lo hayas hecho bien. La próxima será mejor. Ahora sácame del pinar, haciendo exactamente lo que te he hecho yo. Me guiaré por tu voz y te enseñaré cómo hacerlo.
            Fue increíble. A pesar de ir con los ojos tapados, seguía moviéndose con la misma elegancia de siempre. No se chocó ni tropezó con nada, en ningún momento, ni una sola vez. Cristal le miraba con adoración, fascinada.
            Siguió practicando aquel ejercicio durante varios días con él. Y, aunque lo había mejorado, no se acercaba, ni de lejos, a lo que podía hacer Andrea.
            Cuando se marchó, le aconsejó que se entrenara pero que no se fatigara demasiado. Y le prometió que volvería en un par de semanas para que pudiesen entrenar juntos algo más, antes de la prueba.
            El mismo día que practicó el ejercicio con el protector, acudió a estudiar por la noche con Luca. Ni siquiera fue a ducharse antes. Habían terminado bastante tarde, cuando ya era de noche. Entró en su cuarto para coger un par de libros con los que estaban trabajando, y caminó en busca de su amigo.
            Lo encontró sentado en su escritorio. Se levantó cuando la vio entrar para que se sentara junto a él, pero Cristal pasó a su lado sin ni siquiera mirarle. Dejó caer los libros sobre el sofá y se tiró a la cama, exhausta. Tenía suficiente confianza con Luca como para saber que aquello no le importaría.
            -¿Qué te ha pasado? –Le preguntó, caminando hacia ella.
            -El entrenamiento... –Murmuró entre quejidos.
            Luca le echó con cuidado las piernas hacía un lado y se acomodó junto a ella.
            -Daremos la clase aquí, pues. -Cogió uno de los libros del sofá y lo abrió más o menos por la mitad. Empezó a hablar, le leyó uno de los apartados del tema de arriba a abajo, sin trabarse ni una sola vez, dándole entonación, y sin alterar su suave tono de voz.
            Cristal cerró los ojos porque le costaba mantenerlos abiertos. Y Luca no se dio cuenta de ello, ya que estaba concentrado en lo que leía. Su voz sonaba tan dulce y melodiosa que no tardó en dejarse envolver por sus palabras y quedarse medio dormida, entrelazando lo que le narraba Luca con imágenes sin sentido.
            -Eh, Cristal. –Le murmuró, bajando aún más su tono de voz. – Eh, ¿te has quedado dormida? Vamos, antes de dormir deberías limpiarte todo eso. –Le dijo, señalándole las rodillas.
            -Me da igual... déjame dormir. –Gimió, agotada.
            -Si no te limpias eso. –Dijo señalando la sangre reseca y la suciedad de sus rodillas de nuevo. –Se te infectará.
            -Tienes razón. –Acabó sonriéndole ella mientras se incorporaba. –Será mejor que antes de nuestra clase me limpie un poco. Además –Añadió burlona. -No quiero despertar en ti la necesidad de ser tú quién se encargue de limpiar mi sangre.
            -Esa necesidad despertó hace ya tiempo, desde que decidiste entrar ensangrentada en esta habitación.
            -¿En serio? ¿Encuentras este olor agradable? A mí me parece vomitivo.
            -Una vampiro a la que no le gusta el olor a sangre. ¡Es antinatural! –Le dijo él sorprendido, aunque hacía tiempo que sabía que eso le ocurría a su amiga.
            -En realidad... –Empezó Cristal mirando hacia otro lado. –No todas los olores de sangre me resultan desagradables... –Siguió indecisa. –El tuyo me gusta.
            Luca frunció el ceño mientras reía. Al parecer, le había hecho gracia, pero Cristal lo decía muy en serio, y acabó dándose cuenta.
            -Ya puestos a confesarnos, -Se atrevió a decir Luca. –El olor de tu sangre me resulta mucho más intenso que el de los demás.
            Cristal no supo qué decir. Todavía seguía medio dormida y seguramente al día siguiente vería aquello como un sueño confuso.
            -Eso quiere decir que yo no soy del todo rara... y que tú lo eres más de lo te pensabas. –Dijo, por fin, levantándose y dirigiéndose a la puerta. –Es muy tarde, y no creo que tengas ganas de esperar a que me duche y me cure las heridas...
            -No me importa esperar, pero no quiero ver cómo después te quedas dormida mientras te leo un apartado del libro.
            Cristal se echó a reír, y se despidió de él dándole a entender que no iba a volver aquella noche. Llegó a su cuarto, se duchó, se limpió las heridas y se durmió recordando la voz del vampiro.

Era curioso, no recordaba ninguna de sus palabras, pero sí recordaba a la perfección su voz, una voz dulce, melosa, envolvente...