24 ene. 2014

9. De vuelta


9. De vuelta

            Despertó en una habitación que no veía desde hacía cinco años. Se incorporó lentamente. Hacía mucho que no veía aquellas cuatro paredes, pero las reconoció al instante. Estaba en la villa familiar.
            Se puso de pie. Llevaba puesto un camisón que no sabía de dónde había salido. Ya no estaba sucia, ni manchada de barro. Se subió el borde del camisón y se miró la herida del muslo. La tenía vendada, pero con unas vendas mucho más limpias que las que llevaba la última vez.
            Se atrevió a mirarse en el espejo y sonrió. No estaba tan mal como pensaba. Tenía bastantes ojeras, pero no tenía muy mal aspecto.
            Se desperezó y salió de su cuarto. Al salir se tropezó con alguien, por poco perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer hacia atrás. Alzó la cabeza y observó con quién se había tropezado.
            Entre mechones de pelo castaño pudo ver dos ojos azules que la miraban. Era al que menos conocía de toda la casa, con el que menos había estado, pero lo reconoció al instante. Era Luca, el hermano de Andrea, Angelo y Lia.
            -Lo siento. ¿Estás bien?
            -Tranquilo, estoy bien.
            -¡Eh! –Exclamó girando la cabeza y acercándose más a ella. –Tú eres la que quería volar una gárgola con dinamita. ¿No?
            -Has escuchado mi historia... ¿Y solo te has quedado con esa parte? –Le respondió ella, haciéndose la indignada.
            -Ha sido lo que más me ha chocado. –Confesó él. -¿Cómo te llamabas?

            -Cristal.
            -¿Cristal? ¡¿Cristal la enana?! ¡¿Cristal la niña que trajo Andrea hace años?!
            -Sí, esa Cristal... –Le contestó ella, frunciendo el ceño.
            -No pongas esa cara. Te recordaba algo más bajita. –Le dijo Luca mostrando la altura con que la recordaba con un gesto de la mano derecha.
            -¡Yo nunca he sido así de pequeña!
            -¿Ah  no? –Rió él. –Digo yo que alguna vez tuviste que serlo...
            -Bueno, vale, puede que sí. –Hizo una pausa sin saber cómo continuar la conversación y desvió la mirada, incómoda. –Tú también has cambiado, aunque un poco menos.
            -Sí, creo que en estos últimos años solo he crecido uno. En edad humana tengo diecisiete.
            Iba a responder algo pero, de pronto, Lia apareció a su lado y la abrazó. Hacía casi un año que no se veían.
            -¡Cristal! ¡Qué  mayor estás!
            Siguió haciendo apreciaciones sobre su aspecto y, cuando quisieron darse cuenta, Luca había desaparecido. Lia le había contado que mientras estaba inconsciente un médico le había curado las heridas, y que después había estado dos días durmiendo.
            Como toda su ropa se había quemado en el incendio, se había tomado la molestia de ir a comprarle algunas cosas para que pudiera vestirse hasta que estuviera en condiciones de poder hacerlo ella misma.
            Después de vestirse volvió a salir de su cuarto para saludar al resto de la familia. Se encontró con Angelo por el pasillo y bajaron juntos hasta uno de los salones.
            Como era de esperar, todos estaban allí. Anthony y Alina sentados en unos sillones delante de una chimenea sin fuego. Lia estaba ojeando un libro que había cogido de una estantería, y Luca, Angelo y Andrea se habían sentado en una mesa y jugaban a cartas. Cristal fue a saludar a Anthony y Alina.
            Estuvo mucho tiempo recibiendo reprimendas por parte de él, y halagos por parte de ella. Al poco rato, empezaron a discutir sobre si el peligro que conllevaba la misión había sido compensado por lo que había conseguido. En eso los dos estuvieron de acuerdo en que sí. Pero Anthony seguía diciendo que no tendría que haber ido ella, que cualquier otro lo podría haber hecho. Y Alina decía que nadie habría ido tan rápido como ella y que tenía que sentirse orgullosa de lo que había hecho.
            Los dejó discutiendo y se acercó a la mesa donde estaban los tres hermanos. En ese momento, Angelo tiraba una carta sobre las demás con rabia y reía. Luca miraba hacia otro lado, exasperado por lo infantil que podía llegar a ser su hermano, y Andrea se había puesto a gritarle que esa jugada no era válida.
            -Andrea. –Lo saludó ella, poniéndose al lado de su silla.
            -¿Cómo te encuentras?
            -Bien. Tengo que hacerte muchas preguntas. –Le confesó, acordándose de todas sus dudas sobre su pasado.
            -Y yo a ti. La encargada de los dos centenares de protectores que movilizaste me comentó cómo había sido tu ``pequeña aventura´´...
            Cristal frunció el ceño y se sentó a su lado. Creía que la iba a felicitar, pero parecía que no estaba de acuerdo con lo que había hecho.
            Todo seguía igual que hacía varios años. La gente, excepto Luca, Angelo, y ella no había cambiado. Seguían con las mismas costumbres y los mismos horarios, incluso en sus relaciones parecía que no habían transcurrido tantos años sin vivir juntos.
            Aquella tarde le pidió a Andrea que le acompañara al jardín para entrenar, pero él se negó. <<Hasta que te recuperes de tus heridas y descanses no volverás a empuñar una espada>> Le dijo. Sin embargo, sí que salieron al jardín de detrás de la mansión.
            Había varios metros de césped bien cuidados con estatuas de mármol y bancos sin respaldos. Después, se abría un camino hacia un bosque y cerca de una fuente con estanque, había un precioso quiosco.
            Se sentaron en medio del césped, y Andrea empezó a decirle por qué no debía de haber partido ella sola hacia la Ciudad de las Lluvias, que había sido un acto imprudente, que podría haber acabado muerta... La puso de loca para arriba, y Cristal esperó a que terminara para cambiar bruscamente de tema.
            -¿Quién me mordió?
            -¿Qué? –Pudo decir él, desconcertado.
            -Soy vampiro, alguien tuvo que morderme cuando era pequeña... ¿o ya nací así?
            -Naciste así. ¿Por qué preguntas ahora esto? Pensaba que no querías saberlo.
            -No quería, pero ahora sí que quiero. ¿Quién mató a mis padres?
            -Vaya. –Andrea se pasó una mano por el pelo en un gesto que ya se lo había visto hacer varias veces a su hermano y miró hacia otro lado. –Una pregunta un tanto directa... Fueron los Cazadores de Sombras, los mismos que asesinaron a tu abuela.
            -¿Fue por algún motivo en especial?
            -Sí, pero no sé muy bien cuál. Desciendes de una familia importante entre la nobleza vampiresca. Quieren acabar con nuestra sociedad, eso ya lo sabes, y es más fácil acabar con ella matando a los vampiros de sangre real que a los recién convertidos. ¿Entiendes?
            -Entiendo. ¿Pero mis dos padres eran vampiros?
            -No. Tu madre era humana; tu padre, un vampiro.
            -¿Por qué? ¿Por qué no la convirtió?
            -No es tan fácil como piensas. No todos los mordidos se convierten. Hay gente que se convierte y otra que no. Hay vampiros propensos a convertir a las personas y otros que no han convertido a nadie nunca. Todo depende de la genética y de la sangre.
            -Casi siete años entre vampiros y no sé nada de vosotros.
            -De nosotros, recuerda que tú también lo eres. ¿Cómo supiste que eras vampiro? Era obvio, pero... ¿cómo te aseguraste de ello?
            -Angelo me ayudó.
            -Angelo. –Repitió él moviendo la cabeza como si no le hiciera falta saber nada más. -¿Ya has probado la sangre? –Esperó a que Cristal asintiera y chasqueó la lengua.
            -¿Es malo?
            -No, pero cuanto más tarde hubieras empezado...mejor habría sido.
            -¿Por qué? –Preguntó Cristal, extrañada.
            -Porque los primeros años desde que pruebas la sangre son los peores. Cuanta más bebes más quieres, es más fácil que pierdas el control, no puedes estar más de un mes sin beberla...
            -Creo que yo ya he pasado ese tiempo sin probarla, y créeme, no tengo intención de hacerlo todavía.
            Andrea la miró como si tratara de buscar en ella la respuesta de por qué no se sentía tentada a volver a morder a alguien.
            -Tú eres un caso extraño. El olor de la sangre te repugna, ¿cómo puede ocurrir en un vampiro?
            -Angelo inventa teorías muy graciosas sobre ello, deberías hablar con él si tienes curiosidad. –Sonrió ella.
            -¿De verdad no te llama la atención?
            -No demasiado, la verdad.
            Estuvieron un rato más hablando y después Andrea se despidió, tenía que volver a partir aquella noche. Cristal no le dijo nada, pero agradeció el gesto que tuvo de pasar la tarde con ella en vez de descansando para el viaje.
            -Andrea. –Lo llamó cuando estaba a punto de irse. -¿Volveréis a internarnos en el hospital cuando lo reconstruyan?
            -No, tu problema parece que no es tan serio y, además, no te importa... Angelo seguirá siendo un descontrolado hasta que madure, así que no tiene cura.
            Se quedó un tanto más tranquila al escuchar aquello, y volvió a su cuarto. Ella también estaba cansada. Antes de dormir, estuvo un rato cepillándose su melena castaña. Después de haber estado tanto tiempo sin tener un espejo, durante los días en los que la Ciudad de las Tinieblas había estado en estado de alarma, tenía varios nudos y enredones.
            Durante el mes siguiente estuvo adaptándose a su nueva vida. Fue de compras a la ciudad con Lia, y retomó sus clases con Anthony. Un par de días después de que se fuera Andrea buscó nuevas formas de entrenar ella sola. Al principio, pensó en correr por el jardín. Había mucho espacio, y el terreno era llano; pero a los cinco minutos se encontraba exhausta y decidió que no estaba hecha para correr.
            También probó a ensayar fintas y movimientos con las espadas de madera pero, sin adversario,  se aburría enseguida. Un día en el que Luca pasaba por el lugar donde entrenaba lo desafió entre bromas y, para su sorpresa, él aceptó el desafío y la venció. Era muy bueno con la espada, pero no tanto como Andrea. De todas formas, aquella habilidad suya la sorprendió. Era un chico tan callado, tan tranquilo, tan reservado... que chocaba ver que pudiera ser bueno en ese tipo de cosas.
            Aquel invierno le tocó rellenar un informe que hasta entonces siempre había estado haciendo Andrea por ella. En él constaba la edad vampírica, también la edad real, el nombre completo... Incluso había que completar un apartado dando todos los datos posibles sobre los humanos a los que habías mordido.
            Aquel registro se enviaba a los miembros del consejo, los que estaban infiltrados en el sistema de la Tierra. Y ellos manipulaban  los datos para que nadie pudiese darse cuenta del tiempo que llevaba vivo un vampiro, o para que en las bases de datos o en los carnés de identidad apareciera la edad que aparentaban y no la real.
            Entonces fue cuando descubrió su nombre completo. Le preguntó a Alina qué debía poner en aquella casilla y le dijo cuál era su primer apellido. No se quedó contenta, y quiso saber el de su madre también, para poner los dos. Pero nadie en aquella casa lo sabía y Andrea seguía fuera. Alina le dijo  que su primer apellido era el de su abuela, ya que ella era la que más poder había tenido en la familia, y que Cristal llevaba el apellido de una mujer que, a su vez, con un poco de suerte, también habría heredado el de otra mujer. Porque en aquella sociedad, los apellidos se ponían al antojo de los padres, mirando normalmente cuál de los dos era el más noble.
            Cristal de Liánn, así era como se llamaba. Cuanto más se lo repetía a sí misma más le gustaba, y sonreía por lo absurdo que podía ser que un apellido le gustase o le dejara de gustar. Pero así era, encontraba el apellido de Liánn con personalidad, con fuerza.
            Cristal, última descendiente de la familia de Liánn.

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