4 mar. 2014

El baile de la corte

14. El baile de la corte.

            Estaba nerviosa, y así se lo confesó a Luca desde el otro lado de la puerta mientras terminaba de prepararse.
            Cuando salió, observó al joven de arriba abajo. Iba con un sofisticado esmoquin blanco y una camisa debajo igualmente blanca, que resaltaba su piel morena. Se había peinado el pelo hacia un lado con gomina y tenía un aspecto muy elegante.
            Cristal se había puesto el vestido violeta que Alina había ordenado confeccionar para ella. De unas finas tiras resbalaban por debajo de los hombros unos volantes que estilizaban la figura del traje. Era ajustado hasta la cintura y  llegaba hasta el suelo con una caída que dejaba el vestido abierto por delante. Los zapatos eran negros, abiertos por delante y cerrados con una hebilla en el tobillo. Tenían bastante tacón y, con solo ponérselos, ya supo que al día siguiente no podría andar.
            Se agarró al brazo de Luca para que se le hiciera más fácil caminar, y salieron juntos de sus aposentos. Desde el pasillo se podían oír los violines que tocaban una suave y melodiosa música. Llegaron hasta unas escaleras en las que estaban apostados tres guardias, uno de los cuales se dedicaba a anunciar a la gente que asistía al baile.
            Les preguntó sus nombres, y poco después fueron anunciados. Cristal sintió que se le encendían los colores. No era vergonzosa, ni mucho menos, pero al ver que tanta gente dejaba de hablar para mirarlos, se puso nerviosa.
            Luca le oprimió la mano durante unos segundos para que se relajara, y bajaron las escaleras que les separaban del salón.
            Lujosas lámparas de araña colgaban del techo, llenando la estancia de luz. Los camareros servían las bebidas y los canapés en bandejas. Y más allá se extendía la pista de baile, presidida por una orquesta que en aquellos momentos no tocaba muy alto.
            Nada más poner el primer pie en el suelo blanco del salón, un aristócrata muy bien vestido se les acercó con una sonrisa que a Cristal le resultó muy desagradable, porque le pareció demasiado falsa.
            -La señorita Liánn y el señorito Palazzi. –Dijo ofreciéndole la mano a Luca y besando la de Cristal. La mujer que lo acompañaba también los saludó y entonces el noble dirigió una extraña mirada a Luca, para después fijarse en Cristal. –Soy el miembro de la corte Gulsar, y esta es mi esposa, la señora Grest.
            -Encantada. –Les dijo Cristal, sin saber cómo continuar con la conversación.
            -¿Les gusta la ciudad?
            -Oh sí, el tiempo es agradable y los ríos son espléndidos. –Contestó Luca por los dos. Había empleado el mismo tono de voz de siempre, pero hasta entonces Cristal nunca se había fijado en lo suave pero firme que sonaba.
            Estuvieron un rato manteniendo una conversación fría y sin sustancia, con la que el noble y su mujer fingían estar disfrutando, y en la que Cristal muchas veces  simplemente  sonreía y dejaba responder a Luca.
            Conocieron a varios nobles más, algunos de la corte y otros familiares o amigos igualmente importantes, casi todos emparentados. Descubrieron que la mujer de Gulsar, la señora Grest, era hermana de otra de los miembros de la corte.
            Había cuatro mujeres más en la corte. A una de ellas no llegaron a conocerla, no había asistido al baile porque se encontraba indispuesta, pero pudieron ver a su prometido.
            La gente hablaba, había un ambiente aparentemente relajado, pero que en realidad era muy hostil y Cristal empezó a sentirse incómoda. Les habían asegurado que el baile no se celebraba únicamente por su llegada, pero era el centro de atención, era como la atracción principal de una feria. Y continuamente se acercaban a ella y le hacían preguntas entre falsas sonrisas y cumplidos. A veces, eran simples preguntas de cortesía, si encontraba agradables sus aposentos, si le gustaba la comida, si el viaje había sido largo... Pero cambiaban de tema con disimulado interés y, de vez en cuando, le hacían preguntas indiscretas para las que Cristal necesitaba un par de minutos antes de poder responder.
            -He oído que su madre era humana. –Le comentó una de las mujeres de la corte.
            -Sí, así es. –Respondió Cristal.
            -¿Era...?¿Cómo decirlo... buena persona?
            Cristal se sintió turbada. Frunció levemente el ceño, sin verle el sentido a aquella pregunta pero procuró esbozar una sonrisa para disimular su desagrado.
            -¿Cómo dice? ¿Buena persona?
            -Sí, no sé si me explico bien...
            -Perfectamente. –Le respondió Cristal, riendo. A Luca pareció hacerle gracia su risa forzada, e intentó contener una sonrisa. -¿No debería acaso ser una buena persona por ser humana?
            -Oh, no es eso...solo es...
            -Todos los vampiros son maravillosos, ¿verdad? –Preguntó Cristal que seguía sonriendo y pronunciando las palabras con un tono relajado y melodioso.
            -Maravillosos sí, igual que lo era su madre. Se parecía mucho a los vampiros en ese aspecto ¿verdad? ¿Era eso lo que quería decir? –Intervino Luca,  conciliador.
            -Sí, era eso. –Contestó Cristal fulminada por una mirada de advertencia de la miembro de la corte. –Hay veces que me comprende tan bien, señorito Palazzi. –Sabía que lo molestaba que lo llamaran señorito, se lo había hecho saber entes, y disfrutó haciéndole rabiar por haberle interrumpido a la hora de poner en su sitio a aquella noble.
            -Bueno, Liánn, me parece que hay más gente a la que ha prometido saludar, ¿no es así?
            -Sí, me parece que sí. Bueno, ha sido un placer conocerla.
            Se despidieron de aquella arrogante y Cristal borró la sonrisa de su rostro. Cuando estuvieron un poco más alejados, volcó toda la ira contenida a lo largo de la noche contra la aristócrata y Luca le tuvo que hacer un gesto para que bajara la voz.
            -Bailemos. –Le dijo, interrumpiendo sus insultos. –Así nadie podrá acercarse a preguntarte sobre tus antepasados humanos.
            Caminaron hasta la pista de baile, Cristal con una expresión más sombría de lo habitual. Ya no le apetecía disimular su enfado con aquella gente. Comenzaron a bailar. Más bien Luca bailaba y ella se dejaba llevar.
            El joven parecía estar disfrutando mucho, no se había quejado en toda la noche. Claro que a él no lo habían sometido a doscientos interrogatorios diferentes. Seguía mostrando su radiante sonrisa y cuando Cristal hizo un par de comentarios sobre la gente de allí soltó una carcajada que fue ahogada por el sonido de la música. Le gustaba tanto su risa y era tan contagiosa que tuvo que reír también, pero al cabo de un rato volvió fruncir el ceño, ensombreciendo su rostro.
            Un joven elegante, más alto que ella pero no más que Luca, de esbelta figura y perfectos dientes blancos se les acercó mientras una canción terminaba y la siguiente empezaba. Les dedicó una impecable reverencia y volvió a erguirse.
            -¿Le importa prestármela unos minutos? –Le dijo a Luca,  sonriente.
            -Creo que esa pregunta debería hacérmela a mí, si no le importa. Yo no me presto ¿sabe? –Le dijo Cristal con un tono algo siniestro, asqueada por todas las insolencias que había tenido que soportar a lo largo de la noche, y haciendo uso de su parte feminista que tanto utilizaba desde que había sido lo suficientemente mayor como para ver las injusticias machistas de la Tierra.
            -Perdone mi insolencia. ¿Le gustaría sentir compasión durante unos minutos por un bailarín que ha venido solo?
            -Si me lo pide así no tendré más remedio que aceptar. –Cristal le tendió la mano y se alejó un poco más con él.
            -¿Una mala noche, señorita...?
            -Liánn, Cristal Liánn. Me extraña que no me conozca, hasta los camareros saben quién soy. –Contestó, sin ganas, mientras se amoldaba a la forma de bailar del joven.
            -Creo que eso contesta a mi primera pregunta. –Le dirigió una cálida sonrisa, la primera así que había visto en toda la noche aparte de las de Luca. -Siento que le estén agobiando tanto. ¿Le parecería bien pues, si nos dejamos de apellidos y la llamo Cristal y usted a mí por mi nombre?
            -Perfecto. –Contestó, con sinceridad, Cristal. -¿Cómo te llamas entonces?
            -Gairel.
            -Después de tantos apellidos largos y famosos tu nombre se me hace sorprendentemente encantador.
            -¿Encantador? –Rió el joven vampiro. –Es la primera vez que oigo que un nombre es encantador. El tuyo también es encantador, pero un tanto curioso ¿por qué te llamaron así?
            -Es una larga historia, y me temo que la canción se acaba. –Le respondió Cristal volviendo a mostrar una expresión normal. –Me ha encantado poder hablar contigo.      –No mentía. Le había parecido un joven agradable y sencillo, nada arrogante, cosa que contrastaba con cómo eran el resto de aristócratas. –Pero me esperan en el otro lado de la pista.
            El joven asintió, y cuando la canción terminó la condujo hasta su acompañante. Volvió a hacer otra reverencia. Era indudablemente apuesto, y además no parecía nada tonto. Lo vio alejarse y volvió a poner una mano sobre el hombro de Luca, para seguir bailando.
            -Con que nadie se me iba a acercar. –Murmuró Cristal.
            -No parece que su intromisión te haya desagradado lo más mínimo.–Contraatacó Luca, esbozando una media sonrisa.
            -Sigue siendo una intromisión al fin y al cabo. –Le contestó ella sin alterar su serena expresión.
            Estuvieron en la pista de baile hasta que Cristal se le acercó a Luca al oído para decirle que no aguantaba más tiempo bailando, y se retiraron a una esquina. La gente volvió a acercarse a ellos para mantener largas, frías e insustanciales conversaciones  con Cristal.
            -Diré que estoy enferma. No quiero seguir ni un minuto más en este salón.
            -No puedes hacer eso, esperan más de la última descendiente de los Liánn.
            -Sí que puedo hacerlo, estoy enferma de verdad, ¡está gente me pone enferma! –Gritó Cristal, exasperada.
            -Te van a oír. Aguanta un poco más, cuando la gente empiece a irse podremos irnos nosotros también.
            Tuvo que hacerle caso. La gente seguía haciéndole preguntas desagradables y, en más de una ocasión, tuvo que contenerse para no quitarse los zapatos y lanzárselos a alguien a la cara.
            Siguieron aguantando, resignados,  el transcurso de la fiesta hasta que,  por fin,  pudieron irse.
            El joven vampiro la acompañó hasta sus aposentos y se despidió de ella. También estaba cansado, pero lo disimulaba mejor.

            Al quitarse los zapatos sintió un alivio tremendo en la planta de los pies, pero cuando los apoyó en el suelo el dolor volvió a adueñarse de ella y maldijo por lo bajo. Se dejó caer sobre la cama y se deshizo del vestido.

1 comentario:

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    saludos
    Luna!
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