30 ene. 2014

Belcebú


10. Belcebú


¡Hola a todos! Como veis, esta entrada es algo diferente de las demás. Cuando la editorial me pidió una idea para la portada del libro decidí intentar dibujar algo, y este fue el resultado y la inspiración para la portada actual. He pensado que podía compartirlo con vosotros, y que, de paso, proponeos algo: Si alguno de vosotros ha seguido los capítulos y quiere dibujar algo en relación a la historia, que no dude en mandármelo, sería una experiencia bonita poder colgar aquí los dibujos.

Espero que este capítulo os guste, ¡un beso a todos!
 


            Después de esta breve introducción sobre la vida de Cristal, la Cristal que un día fui, creo que puedo empezar a contar cómo es mi vida ahora.
            Cheo es la poderosa emperatriz que gobierna Deresclya y la Tierra que, por cierto, siguen siendo dos realidades diferentes. Como ya sabréis por lo que os he contado de la pequeña Cristal, las diferentes realidades son planetas que ocupan el mismo tiempo y espacio sin tener relación alguna.  Hoy en día solo se conocen seis realidades: la Tierra, Deresclya, la Nada, la Tierra de la Magia, la Tierra de los Ángeles y la Tierra de los Demonios. A estas dos últimas los humanos tienen tendencia a llamarles el cielo y el infierno; pero os digo, por experiencia, que no tienen nada que ver con lo que los humanos entienden por cielo e infierno.
            Como ya dije anteriormente, trabajo para Cheo, mi emperatriz. Hace como un siglo más o menos, se hizo con el poder de la sociedad vampírica. Al principio, todos la apoyaron porque prometió conquistar por fin la Tierra sin que los Cazadores de Sombras, exterminadores de vampiros, interfirieran más. Pero lo que la gente no sabía era  por qué no iban a interferir, cosa que os contaré más tarde. Desde entonces, muchos se rebelaron y otros, la apoyaron. Se crearon las guerrillas o la resistencia, como prefiráis llamarlo, en contra de su imperio.
            Eso ha originado una era oscura en la que todo el mundo tiene miedo de ser acusado como traidor. Porque los guerrilleros actúan en la clandestinidad, haciendo pequeños atentados contra el imperio e intentando desbaratar los planes de la emperatriz de vez en cuando. Por eso, como no se sabe quiénes forman parte de la resistencia, los subordinados de Cheo, la unidad de búsqueda de su ejército, se encarga de investigar y de controlar a la población. Y cuando descubren a un traidor, yo me encargo de realizar el trabajo sucio.
            Los pocos prisioneros de guerra que hay son los que tienen una información que le interesa a la emperatriz. El resto de la gente, la que ha conspirado o ayudado a un conspirador, por pequeño que sea el delito que ha cometido, está muerta. A Cheo no le gusta hacer prisioneros. Prefiere, como ella dice, ``limpiar la sociedad de errores´´. Así que todo el que no esté a favor de su imperio, se considera un error y es eliminado sin miramientos.
            Cheo, la Poderosa, me llamó después de estar bastante tiempo sin hacerlo. A decir verdad, me aburría bastante sin trabajo. No es que sea una adicta a él y, aunque resulte difícil de entender, prefiero desangrar vampiros, desplumar ángeles, calcinar demonios, hacer agonizar mediante la magia a hechiceros, u obligar mentalmente a humanos a destriparse a ellos mismos que quedarme merodeando por la corte de un palacio que no encuentro en absoluto acogedor.
            Aunque mis macabras aficiones puedan resultaos desagradables, debéis saber que no lo hago por gusto. No me importa hacerlo, porque no puedo sentir compasión por las personas que torturo, pero tampoco disfruto haciéndolo. Es solo que prefiero viajar y moverme, aunque eso signifique arrebatar vidas, antes que permanecer demasiado tiempo entre estos muros que me recuerdan que no soy libre, que no soy nadie.
            Acompañada por uno de los mayordomos que aún conservaba con vida, caminé hasta el salón donde me esperaba mi emperatriz. A veces no puedo evitar pensar que yo podría estar en su lugar, ya que soy consciente de que, de haber explotado mi potencial al máximo, podría haber sido aún más poderosa que ella. ¿Cómo lo sé? No me ha hecho falta más que leer su mente. Con eso, deberíais haceros a la idea de los amplios y extensos que son mis poderes mentales, capaces de penetrar en la mente de la que muchos consideran una diosa.
            Me planté delante de ella sin mirarla a los ojos aún, y clavé una rodilla en el suelo, presentándole mis respetos.
            -¿Me ha llamado, mi señora? – Pregunté con la voz fría y sin cambios de tono con la que me había acostumbrado a hablar.
            -Sí, Cristal. –Contestó con voz dulce, una voz que conocía desde hacía un siglo. Escuché cómo el bajo de su vestido crujía al arrastrarse por el suelo, y supe que se había levantado. –Hace dos meses un regimiento de mi ejercito cercó a un grupo de renegados en su propia base.
            -Sí, lo recuerdo. Acabaron con la vida de treinta y cuatro renegados, pero el resto aún resiste dentro de la base. –Hice uso de mi memoria.
            -Por poco tiempo. –Se acercó a mi lado. –Han dejado de intentar retirarse, ya no preparan ataques contra mis soldados. Están débiles, probablemente apenas les quede munición, y dudo mucho que les queden suministros.
            -Mi misión es entrar y matarlos a todos. –Deduje.
            -Sí, Cristal. Tu misión es entrar y matarlos a todos. Los soldados que están cercando la base no pueden hacerlo, porque al entrar, les podrían dejar la salida libre. Uno solo de mis soldados, incluso un grupo de diez, no podría hacer nada entrando solos, no tendrían posibilidades. Y no tengo intención de enviar más soldados para que protejan las salidas mientras los otros entran. Sería una pérdida absurda de tiempo y presupuesto.
            -Es más rentable enviarme a mí. –Añadí con voz neutra. -¿Hay algo más que deba conocer de la situación?

            -Son un pequeño grupo de renegados, están cansados y hambrientos, y se esconden en un antiguo centro de sanidad abandonado. Eso es todo.
            -¿A dónde he de dirigirme?
            -Al norte, detrás de las montañas nevadas.
            Asentí. En un siglo las cosas habían cambiado demasiado, ya ni siquiera recordaba el nombre del país terráqueo en el que estaba. Sabía señalarlo en el mapa, pero todos los nombres habían quedado olvidados al subir la emperatriz al trono.
            Me levanté despacio y me atreví a mirarle a los ojos. Pocas cosas podían producirme escalofríos, y os confieso que esa era una de ellas. Poco me faltó para sentir esa oleada repentina de frío que muchos humanos y vampiros experimentan cuando me ven y comprenden que van a morir.
            Me puse inmediatamente en marcha. Me vestí con el traje que ya se había convertido en mi uniforme y que todos los Cazadores de Sombras, en especial los verdugos, odiaban y por el que sentían repulsión.
            Entre los recuerdos de la joven inocente que un día vivió dentro de mí, encontré el dato de por qué llevaba todavía ese traje. Decidí vestirme siempre con él para que no olvidara nunca quién fui. Y creo que, aunque ahora me vista con él solo por costumbre, el traje cumple su función, porque sé lo que un día fue esa chica, fue lo contrario a lo que soy ahora, fue defensora de los vampiros y otras criaturas de las seis realidades.
            Eso me hizo pensar en las realidades. La Tierra había estado aislada del resto, pero desde que Cheo consiguió el poder, es un territorio en potencia. Mantiene relaciones comerciales con las cuatro realidades posibles y está activa políticamente.
El mundo ha cambiado, la Tierra no es como era antes, pero no sé cuál de los dos mundos prefiero, si el de hace cien años o el de ahora, porque soy incapaz de sentir preferencia por un asunto tan poco importante.

            Aquella misma tarde me encaminé hacia las montañas nevadas. Cuando el viento empezó a ser cortante y el frío se hizo más intenso, supe que las había alcanzado. Las copas de los pinos estaban cubiertas de nieve, y decidí descansar unas horas hasta el amanecer, ya que quizá más adelante el frío no me permitiría dormir.
            Me desperté cuando el sol aún no había salido, pero ya se veía con claridad. Me solté el pelo recogido en una coleta para que sus ondas pegadas a mi cuello me transmitieran calor, y me até el pañuelo verde que siempre llevaba conmigo en la cabeza, tapándome parte del flequillo y atándomelo en la nuca.
            Comprobé que la tira de tela verde desgarrada que llevaba atada al brazo seguía en su lugar, y me puse en camino. No me hizo falta tocar mi collar para saber que seguía ahí, el cálido contacto que producía no desaparecía nunca. A veces el calor me molestaba al turbar el habitual gélido tacto de mi piel. Pero, otras veces, tenía la extraña sensación de sentirme reconfortada por el simple hecho de percibir que una pequeña parte de mí no era fría. ¡Qué estupidez!  Es cierto que desde el día en el que me regalaron el collar, hacía como cien años, aún no me lo había quitado, pero es absurdo pensar que es una parte de mí.
            Al caer la tarde ya había hecho un buen trozo del camino. Había empezado a nevar y, de vez en cuando, tenía que sacudir la cabeza para que la nieve no se me congelara en el cabello. Sin embargo, no tenía frío, no solía tener frío nunca. Como ya dije antes, mi sangre, mi piel y mi corazón están congelados.
La noche cayó, pero no me detuve a descansar, se había levantado ventisca, y hacía un rato que había divisado un desfiladero entre dos riscos. Quería atravesarlo esa noche antes de que la nieve me cerrara el paso.
            A medida que avanzaba, me daba cuenta de que alguien o algo me estaba observando desde las sombras. El silbido del  viento disminuía mi capacidad auditiva, y los copos de nieve y el frío que ya empezaba a calarme hicieron el resto del trabajo hasta casi nublarme los sentidos. Sin embargo, mi mente seguía activa, y me guié por ella para seguir mi camino y a la vez acercarme más a mi acechador.
            Pronto descubrí que se trataba de un animal, uno pequeño. Picada por la curiosidad, lo seguí cuando este abandonó las sombras para escabullirse hacia su guarida. Llegué hasta una cueva, por la que podía andar de pie. De no haber sido así, no habría cometido la imprudencia de entrar.
            Tardé apenas unos segundos en acostumbrarme a la completa oscuridad de la cueva. Según avanzaba, decidí que mataría al animal que se había ocultado dentro y que después dormiría allí mismo. No estaba de más reunir fuerzas, y aquel era un buen lugar para hacerlo.
            Me llegó un gruñido desde el fondo de la estancia, pero venía de un bichejo que no era gran cosa. Seguí acercándome más, y pronto pude ver a la cría de puma que me amenazaba desde un rincón, a la defensiva.
            Suspiré. Esperaba al menos un poco de acción, pero matar a aquella criatura no supondría un gran esfuerzo. Podría matarla mentalmente, obligándola a que se despeñase por un risco o se diera cabezazos contra una piedra. Pero también podía degollarla con mi daga, y eso sería menos costoso y desagradable.
Saqué la daga que llevaba en el antebrazo, ni siquiera haría el esfuerzo de desenvainar mi espada.
            Me agaché delante del animal con la mirada serena, y lo observé, pero solo veía su silueta, no distinguía los colores de su pelaje. De pronto dejó de gruñir, aunque me enseñó los dientes amenazadoramente. Alargué la mano para agarrarla del pescuezo. En el intento, hizo un ágil movimiento con la zarpa y me arañó la  mano.
            Sentí la sangre algo más cálida que la piel al resbalar por ella, pero eso no me detuvo. Agarré a la cría por la nuca y tiré de ella hacía arriba, para ponérmela a la altura de la cara.
            Al principio pataleó y se resistió, pero cuando comprendió que no lograba dañarme y que no podía soltarse , desistió. Me observó con sus penetrantes ojos de felino y ladeó la cabeza.
            Se rindió, pero no apartó la mirada, no tenía miedo. Por eso mi brazo se detuvo a mitad de camino, porque me recordó a alguien, me recordó a mí misma. Era una tontería pero, por alguna razón, aquella noche no fui capaz de acabar con su vida.
            Si hubiera podido, me habría sentido mezquina, porque no tenía reparos en acabar con las vidas de ángeles, demonios, hechiceros, vampiros o humanos, pero no era capaz de asesinar a un puma.
            Lo solté sin miramientos y chilló al caer al suelo. Pensé que saldría corriendo, pero dio un par de vueltas delante mío gruñendo, y siguió observándome.
            Me acomodé junto a una de las húmedas paredes y esperé a que el animal se decidiera por atacarme o se marchara. Pero no parecía tener intención de hacer ninguna de las dos cosas. Se acercó prudentemente a mí, pretendiendo olisquearme.
            Dejé que se arrimara y que caminara a mi alrededor, receloso. Alcé mi mano derecha y bebí la sangre que el puma había hecho fluir de mi mano. Poco a poco la herida fue sanando con mi saliva. Mientras tanto, la cría seguía andando en círculos a mi alrededor.
            Decidí no prestarle atención y dormir. La madre de ese bicho no andaría lejos, y pronto se marcharía a su encuentro o ella acudiría a la cueva. Si ocurría lo primero no debía preocuparme, pero si un puma entraba durante la noche, lo mataría.
            Debo decir que aquella noche no derramé la sangre de ningún puma. Me levanté poco antes del amanecer. El felino estaba muy cerca de mí, hecho un ovillo, y su lomo se movía lentamente hacia arriba y abajo, lo que me hizo entender que dormía plácidamente.
            Sin embargo, se despertó cuando me puse de pie y salí de la cueva. Ya había algo de luz, y bajé del risco saltando de roca en roca, las mismas por las que había subido hacía unas horas.
            Escuché unos pasos tras de mí, y me giré para ver a la cría de puma a la luz del día. Apenas era una bola con orejas envuelta en un espeso pelaje moteado de un color que era extraño para un puma.
            Era un puma albino precioso, de un blanco tan puro como la nieve que había bajo sus patas, y sus manchas eran grises.
            Me siguió durante todo el día, incansable. Se detenía cuando yo lo hacía, pero siempre se mantenía a una prudente distancia sin atreverse a acercarse demasiado.
            Hoy en día sigo sin entender qué vio aquel ejemplar de puma en mí, qué fue lo que le incitó a seguirme. Pero, a veces, me gusta creer que lo hizo porque su instinto le dijo que éramos iguales. Porque en esos días su madre no apareció para buscarle, y eso quería decir que o bien estaba muerta, o  lo había abandonado.
            Estaba solo, como yo, no era único en su especie, pero sí diferente a los demás. Un cuerpo que albergaba un alma fría y un corazón que se esforzaba por mantenerse caliente. Desterrado por los suyos, y sin nadie en el mundo. Bello por fuera, de unos hermosos ojos verdes como los míos, pero vacío por dentro.
            Enseguida supe que aquel bichejo buscaba en mí llenar el silencioso y frío vacío de su alma con mi presencia. Para poder sentirse parte de algo.
            Después de un tiempo, el minino sigue a mi lado. Algo más grande, peludo y regordete que la primera vez que lo vi. Pero su pelaje blanco sigue estando moteado, y por lo que sé acerca de los pumas, pronto esas manchas desaparecerán y darán paso a un color todavía más blanco y puro, sin manchas.
            Pero el atisbo de simpatía que Belcebú, mi peludo amigo, despierta en mí, no es lo que me incitó a empezar a narrar esta historia. Así que, volvamos al pasado, hasta aquellas montañas heladas que trataba de cruzar para llegar a la base de los enemigos de mi emperatriz.
            Aquella noche dormimos a la intemperie, al cobijo de las ramas de un árbol. Belcebú parecía sentirse seguro a mi lado, porque, en cuanto nos detuvimos a descansar, se hizo un ovillo cerca de mí y se durmió.
            No le eché de mi lado porque su presencia no me incomodaba, pero en aquel mismo instante, decidí no preocuparme por él, no sentirme responsable por semejante bola de pelo. ¡Ja! Casi llegué a creérmelo y todo. Al día siguiente ya estaba sacando flechas de mi aljaba mientras apuntaba con el arco a una liebre que sería la cena del gatito.
            En mi defensa, debo decir que el condenado animal no hacía esfuerzos por sobrevivir. No se despegaba de mi lado, y cuando era evidente que algunos animalillos, que podrían ser sus presas, se escondían entre los arbustos, ni siquiera hacía amagos de atacarlos.
            Yo podía pasar semanas sin alimentarme de comida humana y, como ya había comprobado, décadas sin sangre. Pero ignoraba cuánto tiempo podría subsistir aquel animal sin comer y, aunque prometí no sentirme responsable de él, no pude evitar sentirme protectora hacia la criatura que se había empeñado en seguir mis pasos a través de la nieve.
            El cuarto día llegamos a un túnel construido hacía más de un siglo por los humanos, cuando los coches funcionaban y los vampiros solo éramos personajes fantásticos de libros de ficción, antes de Cheo.
            Aquel túnel reduciría  cuatro días de camino, escalando la montaña que se erguía ante nosotros, a cinco minutos caminando en la oscuridad.
            Los preciosos ojos del minino relucían en la oscuridad del túnel. Me pareció que, al igual que yo, disponía de visión nocturna. Cuando escuchamos un ruido entre los muros del túnel, Belcebú se pegó más a mí, estoy segura que casi sin darse cuenta.
            Allí había alguien, ocho personas nada más y nada menos. No parecían tener buenas intenciones, pero decidí seguir adelante y darles una oportunidad para que rectificaran.
            No lo hicieron. Pasé unos minutos entretenidos.
            Prendieron unas antorchas cuando ya me habían rodeado. Eran atracadores, vándalos de las montañas. Sonreí para mis adentros, por fin un poco de acción. Ellos habrían disfrutado matándome, sin duda. Por eso, yo intentaría aparentar que disfrutaba matándolos a ellos.
            -¿A dónde va, señorita? –Me preguntó el que parecía ser el portavoz.
            -Eso a ti no te importa, basura. –Le provoqué yo, y todos estallaron en sonoras carcajadas.
            -¿Basura? Creo que no has entendido bien tu posición, preciosa. La que tiene que suplicar para que no la matemos y la convirtamos en basura eres tú. –Contestó  él enseñando una hilera de dientes negros y amarillentos. –Por cierto, la piel de puma es muy apreciada entre los cazadores furtivos, y su carne aún más entre las gentes de la montaña.
            -¿Ah sí? –Pregunté, divertida. -¿Crees acaso que vas a ponerle una mano encima al puma?
            -O despellejamos al puma y nos lo comemos, o te despellejamos a ti y te comemos. Como he dicho, la carne de puma es muy preciada, pero no desperdiciaríamos la tierna carne de una muchacha.
            Los hombres se echaron a reír. Bien, cuanto más creciera su bravuconería, peor lo pasarían al darse cuenta de que iban a morir.
            -Sí, es cierto. La carne de muchachas jóvenes como la mía es un manjar. –Dije para sorpresa de los bandidos. –Qué pena no decir lo mismo de la carne de hombres arrogantes y estúpidos. Pero, en fin. –Continué, suspirando, y con una entonación teatral. –Mi amigo y yo llevamos mucho tiempo sin comer. –Di un par de pasos hacia adelante para que las llamas  de las antorchas iluminaran mi rostro. Los bandidos dieron un par de pasos hacia atrás, asustados. El jefe se cayó de espaldas al suelo al reconocer en ``la muchacha´´ a la famosa asesina que ya era conocida en las seis realidades.
            -¡No, no, por favor, váyase! –Empezó a balbucear el hombre. Pero ya era demasiado tarde, y él lo sabía. Sus siete compañeros ya estaban bajo la influencia de mi poder, y con solo pensarlo podría matarlos a todos. Pero no, quería un poco de acción. –¡No me mate!
            -No deberías suplicar para que no te mate. Porque aún peor que la muerte, es conocer cuándo ocurrirá y las circunstancias de esta. Y tú vas a conocer esos datos. Vas a morir exactamente dentro de cuatro minutos, y te adelanto que tu muerte será más lenta que la del resto de tus hombres. –Desbloqueé la mente de aquellos vándalos al tiempo que desenvainaba la espada y se la clavaba a uno de ellos en el corazón. Me giré y se la clavé a otro en el costado. No debía perder el tiempo, aún quedaban cinco por matar, y debía evitar que escaparan.
            Me encargué rápidamente de eso. Creé una barrera invisible con la mente para que no escaparan y arremetí contra el siguiente más cercano, al que le había dado tiempo de soltar la antorcha y blandir una daga. Mientras acababa con otro de ellos, me volví hacia el jefe, que seguía convulsionándose de terror en el suelo.
            -Todavía estoy decidiendo cómo morirás. –Le dije al tiempo que mataba a otro de sus compañeros. –Sería divertido obligarte mentalmente a que te abrieras en canal y a que te tragases tus propias tripas, ¿no crees?. –Acabé con el último y me agaché para limpiar la sangre de mi espada en los harapos de uno de los cadáveres. –Vaya, me han sobrado dos minutos. –Le dije mientras me acercaba a él. Era increíble el efecto que causaban unas simples palabras en la mente humana. –Pero, ¿sabes qué es peor que la muerte e incluso que conocer las circunstancias de la misma? –Hice una pausa y proseguí. –Es el tiempo que transcurre desde que conoces esos datos hasta que llega el momento de tu muerte. Porque no puedes evitar pensar en el dolor que sentirás al morir.
            El hombre intentaba hablar, pero solo emitía sonidos ininteligibles.
            -Estoy pensando –Continué infundiéndole terror con mis palabras –que quizá...  –Paré un momento y le miré a los ojos. -¿Sabes cuánto tiempo sería capaz de mantener despierta y consciente la mente humana mientras el puma separa tu carne de los huesos? Todavía no sé si hacer eso o, simplemente, destriparte... A lo mejor puedo hacer que te tragues tus propias tripas mientras el puma te arranca la piel y te separa la carne de los huesos.
            No me hacía falta usar mi poder de mentalista para percibir el miedo del hombre, que se podía palpar en el ambiente. Mientras temblaba, me coloqué tras él, sin que se percatara, y le coloqué la espada en el cuello. Antes de que se diera cuenta, estaba muerto.
            -Pero, lo peor de todo, es morir imaginando el dolor que sentirás, sin darte cuenta de que no has sufrido, y sin poder morir en paz. –Dije en voz alta, sabiendo que aparte de Belcebú allí ya no había nadie más que me escuchara.
            Seguí caminando por el túnel, dejando atrás las antorchas y los cadáveres de los bandidos. Belcebú soltó un gruñido apenas audible al dejar atrás lo que perfectamente podría haber sido su cena, pero no protestó más, y se limitó a seguirme.
            Aquella noche fue cuando Belcebú fue ascendido de bola peluda a ``Adorable bola peluda´´, mi adorable bolita peluda. Nos sentamos bajo un risco en las montañas, y encendí el fuego porque, aunque no me guste reconocerlo, el frío empezó a molestarme. Sin embargo, la calidez de la hoguera se fue con la rapidez con la que se prendió la chispa que hizo el fuego.
            Una fuerte corriente de viento lo apagó dejándonos a oscuras y sin nada que nos diera calor. Belcebú dejó escapar una especie de maullido, al fin y al cabo solo era un gatito algo más grande de lo normal.
            Sentí como se acercaba a mí y, debido a su proximidad, no pude evitar alzar la mano para acariciar su pelaje. Me sorprendí al averiguar lo suave que era y, cuando empezó a ronronear, no pude resistirme: levanté las dos manos para cogerlo y seguir acariciándolo en mi regazo.
            Aquel bichejo era tan condenadamente adorable... Su pelaje le daba un aspecto gélido. Pude darme cuenta de que tenía frío, por eso seguí acariciándolo para hacerle entrar en calor. Se hizo un ovillo sobre mis piernas mientras meneaba la cola de un lado a otro y, de paso, su contacto me devolvía parte del calor que había perdido hacía un rato.
            Al día siguiente me sorprendí al ver a Belcebú intentando atrapar un roedor entre sus zarpas. Evidentemente, mi peludo amigo tan solo era una cría, y no era lo suficientemente mayor como para que pudiera cazar.
            Antes he dicho que no tengo sentimientos, pues bien, confesaré que no estoy segura de ello. Siento simpatía hacia Belcebú, porque me siento identificada con él. Reconozco que es hermoso, y sin duda su contacto es agradable, pero si hoy lo mataran... no lloraría su muerte, me daría igual. Lo siento si os he decepcionado. Quizá pensabais que amaría a Belcebú con toda mi alma, pero no, eso de amar no es propio de mí. A lo mejor, si estuviera en mi mano, haría algo por evitar su muerte... y eso ya no es indiferencia absoluta. ¿Quiere decir entonces... que tengo sentimientos? Supongo que no, a esa preferencia por mantener una vida  no se le puede llamar sentimientos...
            Sin embargo, preferiría preservar su vida porque me conviene que esté a mi lado, porque me siento a gusto con él. Eso, querer hacer algo que estimula tu propio bienestar, es un sentimiento. Además, de vez en cuando, me permito el lujo de divertirme matando a criaturas de las seis realidades, como hice en el túnel con los bandidos. Si tengo que asesinar, asesino; no me entretengo. Pero si el hecho de asesinar puede hacer que me sienta mejor, o me entretiene durante un rato, se podría decir que disfruto. Por eso, creo que sí, definitivamente, sí que tengo sentimientos.

27 ene. 2014

Liebster Award


Liebster Award




¡Hola a todos!


Me han nominado al Liebsert Award y la verdad es que estoy encantada de participar. Así que, lo primero, dar las gracias a esas fantásticas compañeras que me han nominado, de los blogs http://daydreamingaboutrealove.blogspot.com.es/ y http://cristina-guerrero.blogspot.com.es/

He juntado las preguntas que ambas me han hecho, y las que se repetían las he omitido.

Para recibir el premio hay que seguir estas reglas:
     
         1. Agradecer al blog que te ha nominado y seguirlo.
         2. Responder las 11 preguntas que te han hecho.
         3. Nominar a 11 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
         4. Avisarles.
         5. Realizar 11 preguntas a los blogs que has nominado.


Las primeras son de Daydreaming about real love:

1. ¿Por qué creaste el blog?

Cree el blog porque acababa de publicar mi primera novela y quería darla a conocer. Al principio solo era para darle publicidad. Pero hace poco decidí publicar mi novela por capítulos también. Y lo cierto es que esta resultando una experiencia fantástica.

2. ¿Cuál es tu lugar favorito para leer?

Mmmm... Supongo que la cama. Me gusta leer un poco antes de acostarme.

3. ¿Qué libro ha marcado tu corazón para siempre?

Buf, sería difícil elegir solo uno. Pero supongo que diré Memorias de Idhún, de Laura Gallego García. Fue el primer libro que realmente me apasionó. 

4. ¿Sagas o libros autoconclusivos? ¿Por qué?

Sagas. Si el libro es largo me gusta que la historia dure y dure...

5. ¿Qué tres libros te llevarías a una isla desierta?

La Quinta ola. Días eternos. Trono de Cristal.

6. ¿Qué opinas de las adaptaciones cinematográficas? 

Bueno, depende de la adaptación. Algunas suelen ser flojas. A veces, dejan por los suelos las ideas que los lectores nos hacemos en la cabeza. Otras, en cambio, suelen ser geniales.

7. ¿Te sientes identificado/a con algún personaje? ¿Cuál?

Lo cierto es que con muchos. Esa es la magia de los libros ¿no? Que te sumerges en su historia y te crees uno de sus personajes.

8. ¿Qué personaje de qué libro te gustaría que existiera en la vida real?

Gerde, de Memorias de Idhún. Solo para pegarle, luego la mandaría de vuelta al libro.

9. ¿En qué libro te gustaría vivir?

En Trono de Cristal o cualquiera de sus micronovelas. Me encantan ese estilo de mundos medievales, que además tienen algo de magia.

10. ¿Cuál es el último libro que leíste? 

La Asesina en el submundo. Aunque aún estoy en ello.

11. Recomienda un libro autoconclusivo y una saga.

No tengo ni idea de recomendar un libro autoconclusvo. Ni siqueira se si e leído alguno... Una saga, recomendaría Hush Hush. No e sla mejor que he leído, pero me parece que merece la pena.

Estas preguntas son de Cristina Guerrero, del segundo blog que me ha nominado. 

2. ¿Qué género literario te gusta más? ¿Por qué?
  
El fantástico, sin duda. Es el que deja volar más tu imaginación.

3. ¿Libros en papel o formato digital? ¿Por qué?
  
Llamadme anticuada, pero papel *.* Me gusta poder pasar las páginas y sentir algo físico entre mis manos. 

4. ¿Qué te llena más, una saga o un único libro?

Si el contenido es bueno, prefiero una saga ^^ 

5. ¿Escribes algún libro o has empezado alguna vez uno? ¿Sobre qué?

He escrito muchos libros, alrededor de nueve. Menos un par, todos de fantasía.

6. ¿Con qué libro, en tu opinión, has aprendido y has disfrutado a la vez?

Con todos los libros he aprendido un poco, cada cual me ha enseñado algo a su manera. Donde los árboles cantan, por ejemplo, es un guiño a la inocencia que me parece precioso.

7. ¿Te gustaría poder conocer algún autor en persona? Menciona el/los autor/es.

Me encantaría conocer a Laura Gallego, y a Rebeca Maizel. En realidad, me gustaría conocer a todos los autores que he leído. Jaja. Y ya puestos, a Lope de Vega y a Dante. Por pedir, que no quede.

9. Si pudieras elegir, ¿de qué raza te gustaría ser?

Vampiro. Pero de los que se chamuscan a la luz del sol, de los de Victoria Francés.

10. Menciona tu libro o libros favoritos.

La quinta ola. La forma de narrarlo, el mundo post-apocalíptico... Es un libro que me encantó. Realmente disfruté con él.

11. ¿Cómo conociste a la persona que te ha nominado?

Por twitter ^^ , y gracias a este blog. A decir verdad, con este pequeño proyecto estoy conociendo a gente increíble, así que estoy muy contenta.

Y aquí van mis nominados

10.http://mdeunalectora.blogspot.com.es/

Siento no poder nominar a nadie más, pero conozco pocos blogs con menos de 200 seguidores.


Estás son mis 11 preguntas

1. ¿Fantasía o realidad?
2. ¿Prefieres leer o escribir? ¿Por qué?
3.¿Cuál fue el primer libro que leíste?
4.¿Cuántas horas has llegado a leer en un día?
5. Menciona un libro que te haya atrapado por completo.
6. ¿Qué libro releerías y releerías sin cansarte?
7.Nombra a tu personaje favorito.
8.Si pudieras elegir, ¿en qué personaje de libro te reencarnarías?
9.Comenta una escena (de cualquier libro) que se te haya gravado a fuego en el corazón.
10.¿Cuál es la escena más extraña/ridícula que has podido leer?
11.¿Cuál es el último libro romántico que has leído?


Espero que os animéis, y si es así que me aviséis para que me pase por vuestros blogs ^^ Gracias por haberme nominado.


24 ene. 2014

9. De vuelta


9. De vuelta

            Despertó en una habitación que no veía desde hacía cinco años. Se incorporó lentamente. Hacía mucho que no veía aquellas cuatro paredes, pero las reconoció al instante. Estaba en la villa familiar.
            Se puso de pie. Llevaba puesto un camisón que no sabía de dónde había salido. Ya no estaba sucia, ni manchada de barro. Se subió el borde del camisón y se miró la herida del muslo. La tenía vendada, pero con unas vendas mucho más limpias que las que llevaba la última vez.
            Se atrevió a mirarse en el espejo y sonrió. No estaba tan mal como pensaba. Tenía bastantes ojeras, pero no tenía muy mal aspecto.
            Se desperezó y salió de su cuarto. Al salir se tropezó con alguien, por poco perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer hacia atrás. Alzó la cabeza y observó con quién se había tropezado.
            Entre mechones de pelo castaño pudo ver dos ojos azules que la miraban. Era al que menos conocía de toda la casa, con el que menos había estado, pero lo reconoció al instante. Era Luca, el hermano de Andrea, Angelo y Lia.
            -Lo siento. ¿Estás bien?
            -Tranquilo, estoy bien.
            -¡Eh! –Exclamó girando la cabeza y acercándose más a ella. –Tú eres la que quería volar una gárgola con dinamita. ¿No?
            -Has escuchado mi historia... ¿Y solo te has quedado con esa parte? –Le respondió ella, haciéndose la indignada.
            -Ha sido lo que más me ha chocado. –Confesó él. -¿Cómo te llamabas?

            -Cristal.
            -¿Cristal? ¡¿Cristal la enana?! ¡¿Cristal la niña que trajo Andrea hace años?!
            -Sí, esa Cristal... –Le contestó ella, frunciendo el ceño.
            -No pongas esa cara. Te recordaba algo más bajita. –Le dijo Luca mostrando la altura con que la recordaba con un gesto de la mano derecha.
            -¡Yo nunca he sido así de pequeña!
            -¿Ah  no? –Rió él. –Digo yo que alguna vez tuviste que serlo...
            -Bueno, vale, puede que sí. –Hizo una pausa sin saber cómo continuar la conversación y desvió la mirada, incómoda. –Tú también has cambiado, aunque un poco menos.
            -Sí, creo que en estos últimos años solo he crecido uno. En edad humana tengo diecisiete.
            Iba a responder algo pero, de pronto, Lia apareció a su lado y la abrazó. Hacía casi un año que no se veían.
            -¡Cristal! ¡Qué  mayor estás!
            Siguió haciendo apreciaciones sobre su aspecto y, cuando quisieron darse cuenta, Luca había desaparecido. Lia le había contado que mientras estaba inconsciente un médico le había curado las heridas, y que después había estado dos días durmiendo.
            Como toda su ropa se había quemado en el incendio, se había tomado la molestia de ir a comprarle algunas cosas para que pudiera vestirse hasta que estuviera en condiciones de poder hacerlo ella misma.
            Después de vestirse volvió a salir de su cuarto para saludar al resto de la familia. Se encontró con Angelo por el pasillo y bajaron juntos hasta uno de los salones.
            Como era de esperar, todos estaban allí. Anthony y Alina sentados en unos sillones delante de una chimenea sin fuego. Lia estaba ojeando un libro que había cogido de una estantería, y Luca, Angelo y Andrea se habían sentado en una mesa y jugaban a cartas. Cristal fue a saludar a Anthony y Alina.
            Estuvo mucho tiempo recibiendo reprimendas por parte de él, y halagos por parte de ella. Al poco rato, empezaron a discutir sobre si el peligro que conllevaba la misión había sido compensado por lo que había conseguido. En eso los dos estuvieron de acuerdo en que sí. Pero Anthony seguía diciendo que no tendría que haber ido ella, que cualquier otro lo podría haber hecho. Y Alina decía que nadie habría ido tan rápido como ella y que tenía que sentirse orgullosa de lo que había hecho.
            Los dejó discutiendo y se acercó a la mesa donde estaban los tres hermanos. En ese momento, Angelo tiraba una carta sobre las demás con rabia y reía. Luca miraba hacia otro lado, exasperado por lo infantil que podía llegar a ser su hermano, y Andrea se había puesto a gritarle que esa jugada no era válida.
            -Andrea. –Lo saludó ella, poniéndose al lado de su silla.
            -¿Cómo te encuentras?
            -Bien. Tengo que hacerte muchas preguntas. –Le confesó, acordándose de todas sus dudas sobre su pasado.
            -Y yo a ti. La encargada de los dos centenares de protectores que movilizaste me comentó cómo había sido tu ``pequeña aventura´´...
            Cristal frunció el ceño y se sentó a su lado. Creía que la iba a felicitar, pero parecía que no estaba de acuerdo con lo que había hecho.
            Todo seguía igual que hacía varios años. La gente, excepto Luca, Angelo, y ella no había cambiado. Seguían con las mismas costumbres y los mismos horarios, incluso en sus relaciones parecía que no habían transcurrido tantos años sin vivir juntos.
            Aquella tarde le pidió a Andrea que le acompañara al jardín para entrenar, pero él se negó. <<Hasta que te recuperes de tus heridas y descanses no volverás a empuñar una espada>> Le dijo. Sin embargo, sí que salieron al jardín de detrás de la mansión.
            Había varios metros de césped bien cuidados con estatuas de mármol y bancos sin respaldos. Después, se abría un camino hacia un bosque y cerca de una fuente con estanque, había un precioso quiosco.
            Se sentaron en medio del césped, y Andrea empezó a decirle por qué no debía de haber partido ella sola hacia la Ciudad de las Lluvias, que había sido un acto imprudente, que podría haber acabado muerta... La puso de loca para arriba, y Cristal esperó a que terminara para cambiar bruscamente de tema.
            -¿Quién me mordió?
            -¿Qué? –Pudo decir él, desconcertado.
            -Soy vampiro, alguien tuvo que morderme cuando era pequeña... ¿o ya nací así?
            -Naciste así. ¿Por qué preguntas ahora esto? Pensaba que no querías saberlo.
            -No quería, pero ahora sí que quiero. ¿Quién mató a mis padres?
            -Vaya. –Andrea se pasó una mano por el pelo en un gesto que ya se lo había visto hacer varias veces a su hermano y miró hacia otro lado. –Una pregunta un tanto directa... Fueron los Cazadores de Sombras, los mismos que asesinaron a tu abuela.
            -¿Fue por algún motivo en especial?
            -Sí, pero no sé muy bien cuál. Desciendes de una familia importante entre la nobleza vampiresca. Quieren acabar con nuestra sociedad, eso ya lo sabes, y es más fácil acabar con ella matando a los vampiros de sangre real que a los recién convertidos. ¿Entiendes?
            -Entiendo. ¿Pero mis dos padres eran vampiros?
            -No. Tu madre era humana; tu padre, un vampiro.
            -¿Por qué? ¿Por qué no la convirtió?
            -No es tan fácil como piensas. No todos los mordidos se convierten. Hay gente que se convierte y otra que no. Hay vampiros propensos a convertir a las personas y otros que no han convertido a nadie nunca. Todo depende de la genética y de la sangre.
            -Casi siete años entre vampiros y no sé nada de vosotros.
            -De nosotros, recuerda que tú también lo eres. ¿Cómo supiste que eras vampiro? Era obvio, pero... ¿cómo te aseguraste de ello?
            -Angelo me ayudó.
            -Angelo. –Repitió él moviendo la cabeza como si no le hiciera falta saber nada más. -¿Ya has probado la sangre? –Esperó a que Cristal asintiera y chasqueó la lengua.
            -¿Es malo?
            -No, pero cuanto más tarde hubieras empezado...mejor habría sido.
            -¿Por qué? –Preguntó Cristal, extrañada.
            -Porque los primeros años desde que pruebas la sangre son los peores. Cuanta más bebes más quieres, es más fácil que pierdas el control, no puedes estar más de un mes sin beberla...
            -Creo que yo ya he pasado ese tiempo sin probarla, y créeme, no tengo intención de hacerlo todavía.
            Andrea la miró como si tratara de buscar en ella la respuesta de por qué no se sentía tentada a volver a morder a alguien.
            -Tú eres un caso extraño. El olor de la sangre te repugna, ¿cómo puede ocurrir en un vampiro?
            -Angelo inventa teorías muy graciosas sobre ello, deberías hablar con él si tienes curiosidad. –Sonrió ella.
            -¿De verdad no te llama la atención?
            -No demasiado, la verdad.
            Estuvieron un rato más hablando y después Andrea se despidió, tenía que volver a partir aquella noche. Cristal no le dijo nada, pero agradeció el gesto que tuvo de pasar la tarde con ella en vez de descansando para el viaje.
            -Andrea. –Lo llamó cuando estaba a punto de irse. -¿Volveréis a internarnos en el hospital cuando lo reconstruyan?
            -No, tu problema parece que no es tan serio y, además, no te importa... Angelo seguirá siendo un descontrolado hasta que madure, así que no tiene cura.
            Se quedó un tanto más tranquila al escuchar aquello, y volvió a su cuarto. Ella también estaba cansada. Antes de dormir, estuvo un rato cepillándose su melena castaña. Después de haber estado tanto tiempo sin tener un espejo, durante los días en los que la Ciudad de las Tinieblas había estado en estado de alarma, tenía varios nudos y enredones.
            Durante el mes siguiente estuvo adaptándose a su nueva vida. Fue de compras a la ciudad con Lia, y retomó sus clases con Anthony. Un par de días después de que se fuera Andrea buscó nuevas formas de entrenar ella sola. Al principio, pensó en correr por el jardín. Había mucho espacio, y el terreno era llano; pero a los cinco minutos se encontraba exhausta y decidió que no estaba hecha para correr.
            También probó a ensayar fintas y movimientos con las espadas de madera pero, sin adversario,  se aburría enseguida. Un día en el que Luca pasaba por el lugar donde entrenaba lo desafió entre bromas y, para su sorpresa, él aceptó el desafío y la venció. Era muy bueno con la espada, pero no tanto como Andrea. De todas formas, aquella habilidad suya la sorprendió. Era un chico tan callado, tan tranquilo, tan reservado... que chocaba ver que pudiera ser bueno en ese tipo de cosas.
            Aquel invierno le tocó rellenar un informe que hasta entonces siempre había estado haciendo Andrea por ella. En él constaba la edad vampírica, también la edad real, el nombre completo... Incluso había que completar un apartado dando todos los datos posibles sobre los humanos a los que habías mordido.
            Aquel registro se enviaba a los miembros del consejo, los que estaban infiltrados en el sistema de la Tierra. Y ellos manipulaban  los datos para que nadie pudiese darse cuenta del tiempo que llevaba vivo un vampiro, o para que en las bases de datos o en los carnés de identidad apareciera la edad que aparentaban y no la real.
            Entonces fue cuando descubrió su nombre completo. Le preguntó a Alina qué debía poner en aquella casilla y le dijo cuál era su primer apellido. No se quedó contenta, y quiso saber el de su madre también, para poner los dos. Pero nadie en aquella casa lo sabía y Andrea seguía fuera. Alina le dijo  que su primer apellido era el de su abuela, ya que ella era la que más poder había tenido en la familia, y que Cristal llevaba el apellido de una mujer que, a su vez, con un poco de suerte, también habría heredado el de otra mujer. Porque en aquella sociedad, los apellidos se ponían al antojo de los padres, mirando normalmente cuál de los dos era el más noble.
            Cristal de Liánn, así era como se llamaba. Cuanto más se lo repetía a sí misma más le gustaba, y sonreía por lo absurdo que podía ser que un apellido le gustase o le dejara de gustar. Pero así era, encontraba el apellido de Liánn con personalidad, con fuerza.
            Cristal, última descendiente de la familia de Liánn.

20 ene. 2014

8. CINCO AÑOS DE SU VIDA ENVUELTOS EN LLAMAS


8. Cinco años de su vida envueltos en llamas

            Divisó las casas de la ciudad al día siguiente, ya entrada la mañana. Entró por las calles a galope, y no se detuvo a pesar de las miradas curiosas de los transeúntes. Era una joven a caballo, llena de barro, empapada, y seguramente con peor aspecto que cuando apareció en la granja. Además, apestaba a sangre. Se bajo de la yegua cuando por las calles circulaba más gente, y al rato se detuvo ante un puesto de verduras para preguntar a la tendera por el camino que debía seguir.
            -¿Podría usted decirme donde está el ayuntamiento? O si no, cualquier base de protectores, lo que más cerca esté.
            -¿Te ha pasado algo, joven? ¿Para qué quieres ir a esos sitios?
            -La Ciudad de las Tinieblas ha sido atacada por verdugos, han matado a los protectores que patrullaban por allí antes de que dieran la voz de alarma, y tengo que avisar al encargado de las tropas cuanto antes.
            -¡¿Hablas en serio?! –Exclamó la mujer.
            -Completamente en serio, dígame dónde puedo encontrar lo que busco.
            La mujer se apresuró a darle indicaciones y pronto el rumor de lo que había pasado empezó a extenderse entre la población. Así lo quería Cristal. Si la gente lo sabía, las cosas se agilizarían por la presión social que podrían ejercer sobre los encargados de organizar los refuerzos.
No tardó demasiado en llegar a una base. Al entrar, el encargado que atendía a la gente, escuchando sus problemas y anotando en un papel lo que le decían, le pidió que se pusiera a la cola.
-Es urgente. –Objetó Cristal, intentando controlarse.

-Todos aquí tenemos urgencia, mocosa. –Le dijo un hombre que esperaba por delante de ella. –Espera tu turno. –Unos vándalos me han robado el caballo.
-Si el dueño del caballo muere no habrá nadie para denunciar el robo ¿verdad? Adiós dueño, adiós problema. –Se puso delante de él y esperó a que dijera algo, pero este se acobardó y Cristal siguió hablando. -Llevo dos días sin dormir, comer, ni beber. Me he cargado a dos verdugos por el camino. ¡Y tengo una agujero del tamaño de la punta de una flecha en la pierna que me sangra sin parar y que como me deje cicatriz tendré que matar a alguien! ¡¿Crees de verdad que voy a esperar mi turno?! –Gritó Cristal, alterada, y avanzando hacia adelante para plantarse delante del encargado.
A pesar de todas sus voces, no consiguió que le hiciera caso. Seguía pidiendo que se calmase o que abandonase el establecimiento, y ella soltaba risitas desquiciadas ante lo frustrante que era la situación.
-¿Qué hay detrás de esa puerta? –Preguntó, bajando la voz de pronto y señalando una puerta en la que acababa de reparar. –Están los protectores ¿verdad?
-¡Eh! ¡Ni se te ocurra! –Gritó el encargado al verle las intenciones.
Salió de detrás del mostrador a toda prisa, pero Cristal ya se había aferrado al pomo de la puerta y la abrió sin dudar. La agarró de la cintura y al presionarle la herida gritó, de tal manera que toda la gente que estaba dentro de aquella sala a la que acababa de entrar se giró hacia ella.
-¡Han asesinado a trece protectores! –Gritó, intentando liberarse del que la sujetaba. –¡Los verdugos han traspasado las fronteras de Deresclya! ¡Van a masacrar la Ciudad de las Tinieblas! ¡No hay nadie defendiéndola, los ciudadanos no tienen armas, y no hay personal preparado!

El protector que la sujetaba seguía tirando de ella e iba a sacarla fuera justo cuando una joven se les acercó y le hizo una seña a su compañero para que no se la llevara.
-¿Puedes repetir lo qué has dicho, más despacio y más calmada?
Cristal cogió aire, e intentó serenarse y vocalizar bien las palabras al pronunciarlas.
-Los verdugos han llegado a la Ciudad de las Tinieblas. No sé cuántos son. Los trece protectores que se dirigían hacia aquí para dar el aviso han sido asesinados en el bosque, en la frontera entre las dos ciudades. No queda nadie en la ciudad armado y preparado para hacer frente a los verdugos. Solo hay ciudadanos asustados que se han escondido en sus casas y que serán masacrados, familia por familia, si no reciben ayuda pronto.
-¿Cuándo partiste hacia aquí?
-Hace dos días, partí hace dos días por la tarde.
-¿Has tardado solo dos noches en llegar hasta aquí?
-Como ya he explicado antes en la fila de espera, llevo dos días sin dormir. Solo me detuve cuando dos verdugos me persiguieron y tuve que defenderme.
-Está bien. Suéltala. –Le ordenó al que la sujetaba. –Por tu aspecto parece que no estás mintiendo. Reuniré a unos cuantos hombres e iremos a ver qué pasa.
-¡No! –Chilló ella. –Unos cuantos hombres no, todos los que tenga, esto es peligroso, por favor, créame.
La mujer que parecía estar al mando le puso una mano sobre el hombro y le pidió que saliera fuera. Tenía que consultarlo.
Cristal salió del edificio y se sentó al lado de Penélope. La gente que pasaba por allí ya debía de saber lo que pasaba puesto que se la quedaban mirando y cuchicheaban cosas por lo bajo.
La mujer salió un poco después que ella y se agachó cuando le habló.
-Tengo bajo mi mando a tres centenares de protectores. Uno se quedará aquí por si acaso, no quiero dejar la ciudad desprotegida. Los otros dos centenares vendrán conmigo a la Ciudad de las Tinieblas. Espero que la situación requiera todo lo que pides, a los protectores no nos gusta perder el tiempo. –Cristal asintió, satisfecha. –Tú podrás quedarte en la base, un curandero te atenderá la herida esa que me han dicho que tienes en la pierna.
-No, en realidad no es para tanto. Antes me he puesto nerviosa y he exagerado un poco... con lo de la herida, el resto no tiene nada de exagerado.
-Sí, también he oído que has amenazado a un hombre de la fila.
-Ha sido sin querer... Los nervios han podido conmigo.
-Tranquila. Si te sientes capaz, entonces podrás acompañarnos y me contarás lo que ha pasado con más detenimiento. Partiremos dentro de dos horas.
-Gracias. –Pudo susurrar Cristal.
Le ofrecieron entrar dentro de la base mientras los protectores se reunían y se preparaban, pero prefirió quedarse fuera con la yegua blanca. Si entraba podría ponerse aún más nerviosa, y quería descansar un poco.
Cada poco tiempo llegaban grupos de protectores y entraban dentro del edificio. Se estaban dando prisa.
Antes de que transcurrieran las dos horas ya se habían puesto en marcha. Cristal se sintió orgullosa de poder cabalgar junto con doscientos protectores. Iba al lado de la mujer que llevaba el mando. Al cabo de un rato, le preguntó cómo había llegado hasta allí, le dijo que  se lo contara todo.
Cristal le hizo un resumen lo más completo posible. Aunque, como todavía no había dormido, había cosas que las recordaba muy lejanas.
Hubo un momento en el que el grupo se dispersó hacia la derecha y la izquierda, estaban esquivando algo que los que pasaban cerca se quedaban mirando, curiosos. Habían llegado al barrizal, y Cristal supo qué creaba tanta expectación.
Cuando pasó al lado de los cadáveres de los verdugos les dirigió una última mirada y siguió cabalgando, sin inmutarse, con total naturalidad.
-La primera vez que yo maté a alguien lloré. Es imposible que esta haya sido tu primera vez. –Le comentó la protectora.
-Que yo sepa no había matado a nadie antes. –Murmuró Cristal agotada e intentando sostener la cabeza entre los hombros, como si tuviera miedo a que se le fuera a desprender en cualquier momento.
-Vaya, me sorprende tu actitud. –Se quedó un rato mirándola y volvió a hablarle. –Puedes dormirte si quieres, nos encargaremos de guiar a tu caballo.
            Cristal no necesitó más para acomodarse sobre su el lomo de Penélope y quedarse dormida. De vez en cuando, un bache la despertaba, pero se esforzaba por cerrar los ojos y volver a conciliar el sueño.
            Por la noche les suplicó que no se detuvieran, tenían que darse prisa. Pero la mujer que la acompañaba le explicó que si no dormían no tendrían fuerzas para pelear, y Cristal cedió.
Acamparon en campo abierto, encendieron varias hogueras y los protectores se turnaron para montar guardias.
Admiró la organización y la rapidez de aquel grupo. Y también la facilidad con la que la mujer al mando les daba órdenes que les hacían funcionar más rápido y mejor.
 Por fin pudo comer cuando pararon, pero no se curó las heridas. No quería perder tiempo. Cuando se detenían, el curandero hacía también de veterinario y revisaba las patas de todos los caballos. Era un gran trabajo para él solo. Por eso no quería entretenerle con más cosas. Eso sí, consiguió un par de vendas y se cambió el improvisado vendaje que se había hecho con la manga de la camisa. Como la herida no tenía muy buena pinta, aunque le dio bastante asco, se escupió en ella para que la saliva ayudara a que se cerrara antes. Y dio buen resultado, la infección desapareció.
Las heridas le dolían cada vez que se estiraba, porque la piel de alrededor le tiraba. Pero con su saliva pareció  mejorar un poco.
Después de tres noches llegaron a la ciudad. No se veía un alma en la calle, y fueron puerta por puerta para comprobar que la gente estaba bien. Como se encontraban a las afueras de la ciudad, los verdugos todavía no habían llegado, y siguieron avanzando. Por el camino se toparon con cuatro verdugos, pero Cristal ni siquiera llegó a verlos. Los mataron enseguida.
Llegaron a una casa en la que el olor a sangre les llamó la atención. Dentro ya no quedaba nadie de los que habían vivido allí. Encontraron a dos verdugos con combustible en las manos y con intención de prenderle fuego a la casa, y pudieron detenerlos a tiempo.
Cuando ya estaban llegando al centro uno de los protectores percibió movimiento en la maleza y, antes de que pudiesen reaccionar, decenas de verdugos les atacaron desde las sombras.
Cristal se vio envuelta en aquella lucha. Como la mayoría iban a pie no tenía problemas en esquivarles o en defenderse de sus golpes. Intentó abrirse paso entre la batalla en busca de la líder, pero no la encontraba por ningún lado.
Cuando por fin la localizó le pidió a gritos que avanzara con ella hasta el hospital, y decidió que ella y otro centenar podrían acompañarla. Allí no había más de siete decenas de verdugos, y podrían arreglárselas sin ellos.
A medida que iban avanzando se encontraban con más casas quemadas, y la preocupación de Cristal iba aumentando.
Mataron a varios grupos de verdugos dispersos que no se daban cuenta de la presencia de los protectores hasta que los tenían encima. Y algunos de ellos se internaron por diferentes calles de la ciudad mientras  Cristal seguía guiando al resto hacia adelante, en dirección al hospital.
Por fin, divisó los últimos pisos del hospital  sobresaliendo entre el resto de los tejados de las casas. Divisó humo a lo lejos y empezó a asustarse. Ordenó a Penélope que cabalgara más deprisa, adelantó a todos los que la acompañaban e intentó concentrarse al máximo por si ocurría lo peor.
Como había imaginado, el gran edificio estaba envuelto en llamas. Algunos pacientes y médicos habían salido y contemplaban cómo se consumía ante el fuego.  Desmontó cuando el caballo aún no se había detenido y estuvo a punto de tropezar, pero se equilibró a tiempo.
-¿Queda alguien dentro? –Gritó Cristal fuera de sí.
-Apenas hemos podido salir unas cuantas personas. Han entrado los verdugos y están acabando con todo el mundo, nosotros hemos salido por la puerta del almacén...
Sin dejar que terminara, se abrió paso entre la gente buscando caras conocidas. Vio al médico que le había dado la idea de que fuera ella quien diera la voz de alarma, pero no se paró a hablar con él. Siguió caminando sin detenerse, en busca de Angelo, pero no lo encontraba.
De pronto, unos brazos la sostuvieron por los hombros y la hicieron detenerse.
-Cristal. –Escuchó que susurraba una voz que conocía bien. –Cristal, me han contado lo que has hecho. ¿Cómo se te ocurre...? –Cristal se giró hacía él y no le dejó continuar.
-Lo siento Andrea, no tengo tiempo.
No le dio tiempo a detenerla, volvió a salir corriendo y la perdió de vista entre la gente. En otras circunstancias le habría contado, emocionada, su aventura; le habría abrazado, le habría gustado escuchar de él que estaba orgulloso. Pero estaba fuera de sí, aquello era demasiado para ella. ¿Y si Angelo seguía dentro con el resto de pacientes y verdugos? Cinco años de recuerdos se iban a consumir junto con el hospital. Todas sus cosas se estarían quemando. Aunque no apreciara mucho aquel lugar, no le estaba gustando lo más mínimo aquel dantesco espectáculo ígneo.
No se lo pensó dos veces. Se arrancó la manga que le quedaba entera y se la ató alrededor de la boca a modo de pañuelo para no inhalar humo.
Corrió hacia la entrada más cercana sin preguntarse si aquello sería una imprudencia y sin importarle cuál fuese el plan de los protectores. Desenvainó la espada y entró dentro con ella en alto.
El fuego aún no había llegado a aquel sector, pero por las escaleras bajaba mucho humo, así que decidió subir por las del otro lado. Encontró en una habitación a varios pacientes que intentaban salir por otro sitio, asustados. Los llamó desde donde estaba, y todos se abalanzaron hacia la puerta que acababa de abrir. Les dio instrucciones de por dónde debían salir y ellos le dieron las gracias, entre lágrimas.
Escuchó los gritos de auxilio de Angelo desde el otro lado de la puerta de su cuarto. Estaba atrancada. Intentó tirarla abajo, pero no hubo manera.
-¡¿Hay mucha altura desde la ventana?! –Gritó, para hacerse oír por encima del crepitar de las llamas.
-¡La ventana también está atascada! ¡Lleva así días, solo se puede abrir desde fuera!
Cristal empezó a desesperarse. Todavía no había visto a ningún verdugo, pero no le apetecía cruzarse con ninguno más. De pronto, tuvo una idea; pero era arriesgada y solo tendría una oportunidad.
-Angelo, espérame aquí, prometo que volveré.
Salió disparada hacia su cuarto. El armario ya había cogido fuego, igual que parte del techo, pero corrió hasta su cama y cogió todas las sábanas que pudo. Se las cargó al hombro y fue de habitación en habitación, recogiendo más sábanas.
Cuando iba tan cargada que no podía coger más, se dirigió hacia las escaleras. En los pisos de arriba debía de haber aún más fuego, pero era la única manera. Se abrió paso entre las llamas y el humo como pudo y avanzó hacia la habitación de la trampilla.
La puerta estaba abierta, y el interior ya estaba completamente envuelto en llamas. Incluso las cajas que les servían de apoyo estaban ardiendo. Calculó dónde tendría que apoyar el pie si quería abrir la trampilla, subir por ella y además no quemarse y, sin pensárselo demasiado, ya que tenía miedo de echarse atrás si lo hacía, corrió y saltó hacia la trampilla, impulsándose en las cajas.
Al tiempo que la abrió, una gran bocanada de fuego salió a la vez que ella, pero fue rápida y apagó las llamas que la envolvían a tiempo, rodando por el suelo.
Rasgó las sábanas por varios sitios diferentes,  dándose toda la prisa que podía; pero, por la velocidad, muchas veces no acertaba a rasgar la tela por el lugar adecuado.
Cuando consideró que la cadeneta que había hecho uniendo todos los pedazos era suficientemente larga se la ató a la cintura y el otro extremo a una de las gárgolas que quedaban en el borde de la azotea.
Cerró los ojos y cogió aire antes de empezar lo que iba a hacer. Y, cuando estuvo lo suficientemente concentrada, se descolgó agarrando la tela con el brazo derecho para soltar la que le fuera necesaria según fuese bajando.
La gente que observaba desde abajo soltaba gritos sorprendidos, pero no se dejó influenciar por el pánico de aquellas personas y siguió manteniendo la cabeza fría y despejada.
No tardó en llegar al piso de los dormitorios. La herida del costado se le estaba resintiendo aún más, y la presión de la tela alrededor de la cintura le hacía cada vez más daño. Buscó su ventana para situarse y supo que al lado estaba la de Angelo.
Se asomó y comprobó que el muchacho estaba dentro. Abrió la ventana como pudo,  y le gritó para que se acercara.
Se sentó en el alfeizar y le pidió que le diera la mano para ayudarle a entrar. Se quitó la tela de la cintura y le tendió aquel extremo. Apenas quedaba tela para poder bajar hasta el suelo, y las sábanas de la cama no serían suficientes.
-¿Tienes dinamita? –Le preguntó Cristal, desesperada.
-¿Cómo demonios quieres que tenga dinamita en mi habitación?
-No lo sé. Tenemos que destruir la gárgola a la que he atado las sábanas para poder atarlas de nuevo aquí.
-¿Cómo quieres hacer eso?
-Si no podemos, entonces tendremos que bajar escalando. Sin cuerdas.
-Nos vamos a caer. ¿Por qué no subimos de uno en uno hasta el tejado y volvemos por donde has entrado tú?
-¡No podemos, cuando he llegado yo ya estaba prácticamente lleno de fuego! Vamos, yo iré primero. La pared tiene muchos salientes, lo conseguiremos. En cuanto lleguemos a una de las ventanas de los pisos bajos entraremos por ellas.
Volvió a pasar los pies por el alfeizar y esperó a que Angelo asintiera. Bajaron a duras penas por la fachada del edificio mientras veían el humo a su alrededor. En cuanto divisaron una ventana por la que entrar, Cristal le dio un codazo y la rompió, hiriéndose levemente el brazo.
Entraron dentro y salieron al pasillo. Nada más hacerlo vieron a dos verdugos que también salían de otra habitación. Con las espadas desenvainadas y cubiertas de sangre.
Cristal desenvainó también su espada robada y les amenazó. Antes de que pudieran atacar a los dos jóvenes, una sombra se deslizó tras ellos y los mató uno a uno casi al instante. Era Andrea.
-¿Pensabas enfrentarte tú sola a dos verdugos a la vez? –Le preguntó, mirándola con el ceño fruncido. Pero Cristal no pudo más que enseñarle una media sonrisa, pensando: <<Ya lo había hecho antes>> -¡¿Y tú se lo ibas a permitir?! –Le regañó a Angelo, que se encogió de hombros.
El pañuelo con el que se había estado tapando la cara se le había caído sin que se diera cuenta, y estaba inhalando el humo directamente. Cristal empezó a toser. Andrea los apuró para que salieran de allí. Cuando consiguieron salir, por fin, se giró hacia atrás y vio que el edificio estaba mucho más consumido por el fuego que cuando había entrado. ¿Hacía cuánto que había entrado?
Siguió tosiendo, no podía parar. Andrea le preguntaba cosas a las que había dejado de responder. Sintió que se le nublaba la vista y que le faltaba el aliento. Las piernas empezaron a fallarle y se desplomó hacia atrás. Por suerte, Andrea pudo sujetarla a tiempo y no cayó al suelo.
Lo último que vio antes de perder el sentido fue la imagen del hospital y los edificios de alrededor en llamas.