21 feb. 2014

La ciudad de las Aguas

13. La ciudad de las Aguas.


            El día en el que el vestido llegó a la villa todo el mundo estaba muy alterado. Lia y Alina supervisaban los últimos preparativos: a qué hora la recogería un carruaje en la Ciudad de las Tinieblas, cuándo llegaría el taxi que la llevaría a la ciudad... También le ``recomendaban´´ la ropa que debía llevar en las maletas.
            En un momento en el que se despistaron, Cristal se escabulló y salió de su habitación para relajarse un poco. Caminó hasta el salón más cercano. En él encontró a Andrea en un sofá, y se sentó a su lado.
            -¿Cuándo te vas? –Le preguntó, aparentemente sin mucho interés, con  su forma habitual  de hablar, siempre serio, sereno, imperturbable.
            -Mañana.
            -¿Con quién irás? Debías llevar un acompañante para el baile ¿no?
            -Todavía no lo sé. ¿Quieres venir tú?
            Andrea rió entre dientes, y se volvió hacia ella, divertido.
            -¿Querrías que montara un espectáculo diciéndoles a todos los miembros de la corte lo que pienso de ellos?
            -No, la verdad. –Rectificó ella sonriendo también. –Le diré a Angelo que me acompañe.
            -¿Angelo? –Andrea arqueó una ceja. -¿Te imaginas a Angelo en un baile? Si tienes un especial interés en llevarlo a él, adelante. Pero preferiría que te acompañara Luca.
            -¿Luca? –Casi gritó ella. -¿Por qué él? –Quiso saber Cristal.
            -Porque sabe comportarse, simplemente por eso. Además, él piensa como yo y sabrá cuidarte.
            -Esta bien, hablaré con él. Pero si él no quiere, iré con Angelo. Aunque no sepa comportase.
            Se despidió de él y caminó en busca de Luca. No le costó mucho encontrarlo. Estaba en su cuarto, leyendo. Sin darse cuenta, esbozó una media sonrisa. Todavía tenía reciente en su memoria las cuatro horas que se había quedado sin poder salir de su cuarto porque él había decidido leer.
            -¿Puedo pasar? –Esperó a que Luca asintiera y entró dentro cerrando la puerta tras ella. -¿Qué lees?
            -Un libro. –Le respondió él, enseñándole la portada. –Si quieres, puedo dejártelo cuando termine. Está bien, creo que te gustaría.
            -Gracias. Tendré que pedirle a Anthony que me deje leerlo, solo me hace leer libros larguísimos que no entiendo. –Hizo una pausa, acercándose más a él y observando la habitación con detenimiento. –Oye, ¿querrías acompañarme a la Ciudad de las Aguas?
            -¿Al baile de la corte? –Preguntó él dejando el libro a un lado y girándose hacía ella. Cristal asintió y Luca sonrió, algo incrédulo. –Llevas una semana ignorándome, y ahora quieres que vaya a un baile contigo? ¿Por qué?
            -Andrea tiene miedo de que me acompañe Angelo. –Dijo ella sonriente. Y a pesar de que lo decía en serio, a él pareció hacerle gracia y se levantó para dirigirse a su armario.
            -Vale, te acompaño. –Respondió Luca, sacando una maleta de su armario. -Nos vamos mañana ¿verdad?
            -Sí, mañana temprano. Angelo está que se sube por las paredes, y Andrea ha insinuado que, si le hubiera dejado ir, habría organizado una especie de atentado contra la corte. –Bromeó ella. –Bueno, te dejo, deberías descansar, tengo entendido que el viaje es muy largo.
            Tras decir aquello, se despidió con un gesto y Luca le respondió con una inclinación de cabeza.
            Al llegar a su cuarto se encontró con que sus maletas ya estaban hechas, apoyadas sobre la cama. Y de pie, Lia y Alina charlaban. Movió la cabeza, no quería ni imaginar lo que Alina y su hija habrían considerado apropiado meter dentro. Pasaría varios días con la corte, y tenía que llevar algo de ropa, además del vestido.
            Éste colgaba de una percha.
            -¡Ah, menos mal que estás aquí, tienes que probarte el vestido!
            Cristal no replicó, accedió a ponérselo, y una vez que lo hizo, Lia le instó a sentarse frente al tocador. Le hizo varios peinados diferentes hasta que Alina y ella se pusieron de acuerdo, y una vez lo hubieron decidido, le explicaron qué debía hacer para que cuando se peinase ella le quedara así.
            Aquel día se le hizo incluso más eterno que el día en el que fueron de compras. No podía quejarse, ella había accedido a aceptar la invitación y tenía que asumir todas las consecuencias que ello implicaba.
            Al día siguiente, se despidió de todos en la villa antes de dirigirse hacia el coche que los esperaba fuera, al otro lado de la verja. Llevaba un pequeño maletín de mano, y otras dos maletas. El viaje sería largo, y ni siquiera sabía la ropa que llevaba. Para evitarse una discusión con Alina, había decidido no mirar.
            Cuando le llegó la hora de despedirse de Andrea, este le hizo un gesto con la mano para que se acercara a él y le dio un beso en la frente.
            -Cuando vuelvas celebraremos tu cumpleaños, pequeña.
            -¿Mi cumpleaños? –Preguntó Cristal. –Es verdad, se me había olvidado. –Hasta aquel momento no se había dado cuenta. –Es el primer año que no estaré contigo en mi cumpleaños.
            -Es cierto. Pero nos veremos a la vuelta.
            En todo aquel tiempo Andrea se había ausentado incluso durante meses, pero nunca había estado fuera en uno de sus cumpleaños.
            Cristal le dirigió una cálida sonrisa y siguió despidiéndose del resto.
            Se montaron en el taxi y bajaron a la ciudad. No tardaron mucho. Una vez allí caminaron hasta la fuente que unía ambas realidades, y al poco tiempo ya se encontraban en la Ciudad de las Lluvias. Allí, un carruaje les estaba esperando. Su conductor les ayudó a cargar las maletas. Después entraron dentro.
            Cristal llevaba un horrible vestido del que Angelo se había burlado nada más verla. Pero iba preparada. Ante las insistencias de Alina para que llevase aquel comodísimo vestido, había salido de la villa con él pero llevaba ropa para cambiarse en el maletín de mano.
            -Date la vuelta. –Le dijo a Luca. Había bastante espacio, él iba sentado enfrente, y cada uno tenía suficiente sitio como para tumbarse. Pero no sabía cómo iba a darse la vuelta. –Vamos, voy a cambiarme.
            Luca encogió las piernas, se agarró al respaldo y le dio la espalda.
            Cuando comprobó que no miraba, se desvistió y se puso unos pantalones y una camiseta que eran mucho más cómodos que el vestido.
            -Ya esta, puedes volverte. –Le informó Cristal.
            -Si no te gustaba el vestido ¿por qué te lo has puesto?
-Tu madre me ha `` aconsejado ´´ que me lo ponga, tiene una ligera obsesión por los vestidos.
            Luca rió. Hablaron durante un rato y después se detuvieron a comer. Las primeras noches pararon en una posada a descansar. Pero los tres días siguientes, solo hicieron una pausa para que los caballos bebieran agua. Y en una ocasión, le pareció a Cristal que el cochero cambió de caballos en una posada.
            Cuando llegaron a la Ciudad de las Aguas, Cristal corrió la cortinilla de la ventana y se asomó por ella. Estaban cruzando un puente. La imagen era sobrecogedora, y se apresuró a llamar a Luca para que se acercara y viese lo que ella estaba viendo.
            Bajo ellos fluía un caudaloso río que se entrelazaba más lejos con otros tres, mezclándose con las aguas de éstos, y creando un popurrí de varios colores azulados. Entonces entendió por qué llamaban a aquella ciudad la Ciudad de las Aguas.
            Aquella tarde llegaron al palacio de la corte. Ante ellos se erguían dos majestuosos torreones con vigías apostados en las almenas de ambos. El carruaje se detuvo ante dos guardias que les pidieron su identificación.  Al enseñarles la invitación les dejaron pasar. Dieron la vuelta a una plazoleta que estaba al pie del palacio y después entraron en él.
            Al llegar al patio, un patio de gravilla gris, con una fuente en medio, y adornado con plantas incluso más bonitas que las que había en la villa de los Palazzi, el cochero detuvo a los caballos y les abrió la puerta.
            Cristal fue a coger sus maletas, pero se encontró con que un par de soldados ya cargaban con las maletas de los dos viajeros.
            Alzó la cabeza para contemplar las preciosas balaustradas de los cuartos que daban al jardín y, cuando quiso darse cuenta, los dos soldados y Luca ya recorrían los pórticos sostenidos por bellas columnas de mármol blanco.
Luca caminaba con seguridad, como si todo aquello fuese suyo, sin pararse a observar tanto como lo hacía Cristal. Pero, de vez en cuando, se detenía ante algún cuadro o algún busto para contemplarlo con interés.
            Una mujer les preguntó si compartirían aposentos, y ellos aclararon en seguida que, aunque asistieran  al baile juntos,  aquello no quería decir que fuesen pareja.
            Como era ya tarde, cenaron ellos dos solos en el comedor de los aposentos de Cristal. Luego se acostaron temprano, y al día siguiente les subieron el desayuno a las habitaciones.
            Para Cristal llegó el momento de la verdad, tenía que abrir las maletas y descubrir lo que había en su interior. Luca estaba a su lado, y no pudo evitarlo, fingió que se desmayaba del susto y él hizo un amago de ir a sostenerla, pero enseguida se dio cuenta de que estaba bromeando y volvió a acercarse a la maleta para ver su contenido.
            Protegido por una funda, estaba el vestido del baile, y el resto... El resto eran más confortables vestidos. Vestidos y zapatos, muchos zapatos. Por suerte se habían acordado de meterle ropa interior en la maleta. Por un momento,  había temido que se les hubiese olvidado entre tanto volante y tela cara. Luca se fue a la sala de estar de sus aposentos y, mientras tanto, ella se vistió.
            Él iba resuelto y elegante, tenía el pelo húmedo, y algunos mechones  colgaban de su frente, dándole un aire informal. Pero llevaba unos pantalones negros y una camisa blanca que le sentaban muy bien.
            -¿¡Qué talla usas!? –Gritó Cristal desde dentro de la habitación.
            -¿Por qué lo preguntas? –Dijo Luca poniéndose de pie y acercándose a la puerta con las manos en los bolsillos para que la escuchase mejor.
            -Pensaba que podría. –Murmuró ella. –Pero no puedo... ¡no puedo ponerme estos vestidos! Todos me entran, pero son... ¿cómo decirlo? ¡Son una tortura para el cuerpo humano!
            -No será para tanto. –Rió él.
            -¿Quieres que te deje uno para que lo compruebes por ti mismo?
            -No, gracias. Estoy muy a gusto con mis cómodos pantalones y mi suave camisa. –Se regodeó él.
            -Podrías dejarme alguna camisa tuya. –Sugirió ella, desesperada.
            -Creo que no. No sé si a la corte le gustaría ver a la descendiente de los Liánn vestida con ropa de hombre y varias tallas más grande. Además, el único día que te vi con vestido te lo quitaste muy rápido y me gustaría verte con uno durante algo más de tiempo.
            -Canalla. –Le espetó ella, desde el otro lado de la puerta. -¿Te gusta reírte de las desgracias ajenas, eh?
            Luca se echó a reír y se apoyó contra la pared.
            -Si te lo tomaras con un poco más de resignación no sería tan gracioso.
            Cuando, por fin, Cristal se decidió a ponerse el vestido más simple que encontró entre todos los que tenía en las maletas y se calzó los zapatos con menos tacón, salieron de sus aposentos y caminaron en busca de alguien que les dijese lo que debían hacer.
            Un hombre que se cruzó con ellos se detuvo y los saludó.
            -Cristal de Liánn ¿verdad? Y usted... usted debe de ser su acompañante.
            -Palazzi di Rosso, Luca.
            -Encantado. –Les tendió la mano a ambos. –Cur de Gulsar, hijo del miembro de la corte el señor Gulsar. Me encantaría poder enseñarles el palacio. –Bajó un tanto el tono de voz. –Aunque no es un privilegio que me corresponda pero...si me lo permiten, me gustaría ser su guía.
            -Claro, ¿por qué no? –Contestó Cristal con amabilidad. -¿Te parece bien, Luca?
            Él asintió, y después disfrutaron de una visita guiada muy completa. De vez en cuando se cruzaban con más familiares de los miembros de la corte. Pero en todo el día no lo hicieron con ninguno de ellos.
            Por la tarde, después de consultarlo, decidieron salir a visitar la ciudad. Varios guardias se ofrecieron a acompañarles, pero ambos se negaron. Preferían disfrutar de la ciudad sin vigilancia.
            Caminaron hasta que llegaron a uno de los muchos puentes que adornaban la ciudad y cuando estuvieron en la mitad, se sentaron en él, entre sus barrotes, para contemplar las aguas que fluían bajo sus pies.
            Era un agua cristalina y limpia, nada comparado con los ríos de la Tierra. En él se podían ver diversos peces de diferentes colores, y de vez en cuando sus escamas brillaban cuando eran alcanzadas por un rayo de luz.
            Las orillas del río también estaban en buen estado. No crecían malas hierbas, y la pradera era completamente verde. Decidieron bajar del puente y recorrer el borde del río para ver hasta dónde los llevaba.
            Pronto ese río se cruzó con otro, produciendo más corriente y después siguíó su camino hacia el norte. Cristal alzó la vista para contemplar el horizonte. Dejaban atrás el puente que acababan de cruzar, y toda una pradera surcada por caudalosos ríos.

Al cabo de un rato, empezó a oírse el 
murmullo del agua entrechocándose con ella misma, y Cristal observó sobrecogida cómo se encontraban junto a una cascada. Empezó a caminar hacía el borde, impresionada, pero Luca la retuvo del brazo.


            -No sé si sería buena idea. La tierra de las orillas está continuamente en contacto con el agua, y puede desprenderse fácilmente. –Le dijo, intentando convencerla.
            -No quería acercarme tanto. –Le dijo ella. -¿De verdad me tomas por una loca irresponsable?
            -Prefiero no responder a esa pregunta, no quiero ofender a ninguno de los presentes. –Dijo Luca dándose la vuelta con las manos en los bolsillos y la vista fija en el suelo.
            -¿Cómo que a los presentes? ¡Solo estamos tú y yo! –Le gritó ella corriendo tras él para darle un suave empujón y después agarrarlo por el brazo.

            También cenaron solos aquella noche, y lo agradecieron porque, como ya les habían informado, a partir de aquel día la mayoría de las cenas y comidas estaban programadas para que fuesen con los miembros de la corte, y al día siguiente se celebraría el baile.

15 feb. 2014

La descendiente de los Liánn

12. La descendiente de los Liánn

            Desde hacía unos días, Andrea discutía muy a menudo con sus padres pero Cristal nunca se enteraba de cuál era la causa. Un día, Angelo le dijo que Andrea la estaba buscando,  y que estaba en uno de los salones.
            Bajó hasta allí y encontró a Alina, a Anthony y a él, dentro. Alina con expresión normal, igual que Anthony, pero Andrea con el ceño fruncido, malhumorado.
            -¿Ocurre algo?
            -Pasa, Cristal. –Le dijo Alina sonriente.
            Cristal se sentó en uno de los sillones, delante de ellos, sin saber para qué la habían llamado.
            -Queríamos consultarte algo. –Le dijo con una encantadora sonrisa. –Verás, como sabes, la familia Liánn ocupaba un papel muy importante en la jerarquía vampírica.
            -Era una de las familias más nobles, y por tanto entablaba una estrecha relación con los miembros de la corte. –Añadió Anthony.
            -La corte está formada por siete vampiros, todos ellos de las siete familias más importantes. Tu abuela formó parte de ella durante una época pasada. Andrea la relevó cuando se retiró, ella misma lo eligió. –Siguió Alina.
            Cristal miró a Andrea ¿así había conocido a su abuela?
            -No entiendo qué tiene que ver eso conmigo...
            -Los miembros de la corte pensaban que estabas muerta. Después de tu excursión a la Ciudad de las Lluvias tu nombre se ha vuelto conocido... Y cuando los miembros del consejo recibieron tus papeles cayeron en la cuenta de que eras la misma persona. –Siguió explicándole Anthony.

            -Pero esos papeles son anuales, ¿por qué se han dado cuenta ahora y no antes? –Preguntó Cristal.
            -Porque hasta ahora había estado rellenando los informes con mis apellidos. –Dijo Andrea, hablando por primera vez desde que había entrado en la sala. –Para liberarte de los peligros que conllevaba ser de la familia Liánn. Pero alguien te hizo poner tu verdadero nombre en los papeles. –Le dirigió una mirada severa a su madre y volvió a poner cara de pocos amigos.
            -El caso es que la corte ha sabido de tu existencia y nos ha hecho saber que quieren conocerte en una presentación oficial. –Concluyó Alina.
            -¿Qué? ¿Por qué?
            -Porque eres la última descendiente de los Liánn. A la corte le gusta estar rodeada de las familias más nobles. Seguramente querrán que ocupes el lugar de uno de los miembros cuando este renuncie. La presentación oficial será un acto diplomático en el que te darán a conocer al resto de las familias nobles.
            -Quieren saber si estás de acuerdo en presentarte ante ellos. –Terminó Andrea.
            -¿Qué hay de malo en eso? –Preguntó Cristal sin entender el mal humor de su maestro.
            -Andrea piensa que te manipularán y que intentarán ``sumergirte en su mundo de engaños, insultos velados de cortesías y falsa felicidad´´, como dice él. –Comentó Alina dirigiéndole una sonrisa divertida a su hijo. –Lo correcto sería que accedieras a su petición de presentarte en público, pero si tienes algún inconveniente nos encargaremos de que no tengas por qué presentarte.
            -¿Ocurriría algo si no quisiera ir?
            -Quizá la corte se tomaría ese gesto como una descortesía, pero no es nada que no se pueda arreglar. –Dijo Andrea volviendo a hablar y cambiando el peso de una pierna a otra. –Tú decides.
            Tras meditarlo durante unos instantes, pasó la mirada por todos los que se encontraban en la sala con ella. No tenía ningún problema en presentarse ante la corte, pero tampoco tenía intención de formar parte de ella, y no quería verse envuelta en aquel mundo del que hablaba Andrea.
            -Iré. Pero solo a la presentación, después quiero mantenerme al margen, no quiero verme involucrada en la corte. –Sentenció por fin, haciendo que la expresión del rostro de Andrea se suavizara un tanto.
            -Pobrecilla. –Comentó Alina ladeando la cabeza. –La has asustado con tus exageraciones y ahora piensa que la corte está formada por vampiros malvados, Andrea.
            -No son exageraciones, y muchos de los miembros sí que son vampiros malvados, aunque para ti sea una broma. –Tras decir aquello estiró el brazo hacia Cristal tendiéndole la mano y le hizo un gesto con la cabeza para que lo acompañara.
            Cristal se aferró a su mano, recordando cómo hacía unos años también la había cogido sin dudarlo. Caminó tras él durante un rato en el que Andrea la hacía ir corriendo por no darse cuenta de que sus pasos eran más largos y rápidos que los de ella. Cuándo se atrevió a preguntar a dónde iban se detuvo y se giró hacia ella, ladeando la cabeza, como si no tuviese respuesta para aquella pregunta.
            -Solo quería alejarme un poco de ellos. –Dijo con una sonrisa después de estar un tiempo en blanco. –Tenía que hablar a solas contigo.
            -¿Sobre la corte? –Preguntó Cristal, adivinando sus preocupaciones.
-Sí, sobre la corte. Si fueras otra persona no habría puesto pegas a que fueras, pero, tratándose de ti, no puedo estar tranquilo.
            Cristal arqueó una ceja.
            -No me entiendes ¿verdad? –Dijo Andrea, dejando escapar un suspiro de cansancio. –La corte controla los movimientos de toda Deresclya, incluso de los vampiros que viven en la Tierra. Está al mando de todos los protectores, de todos los vampiros del consejo, e incluso de los Guerreros Esmeralda. No te imaginas el poder que poseen. –Hizo una pausa, como si se sintiera abrumado por aquellos datos. –Cuanto más noble es la sangre de los vampiros que forman parte de la corte, más poder son capaces de ejercer sobre el resto de vampiros. Tú eres una pieza importante en ese juego, Cristal. Intentarán manipularte y enredarte en su política para que te veas implicada. Antes de que te des cuenta, un sicario asesinará al miembro con menos poder de la corte, y tú estarás ocupando su lugar.
            -Sólo iré a la presentación. Hola y adiós. ¿De acuerdo? Puedes estar tranquilo.
            Andrea se pasó la mano por el pelo. Cada vez lo llevaba más largo, cuando pasaba mucho tiempo fuera de casa descuidaba esas cosas.
            -Está bien, confío en ti. Eres una chica lista y no te dejarás engatusar tan fácilmente. Pero ten en cuenta esto: primero, te invitan a una gala, a un baile, o simplemente a una cena. Después, te presentan a los vampiros de la nobleza, a los más importantes. Un día recibes una invitación de uno de ellos, incluso de varias familias, para que vayas a visitar sus hogares. Otro día la corte vuelve a invitarte a otro banquete, en el que los aristócratas te hablan de sus negocios, de sus inversiones... y, de pronto, uno te ofrece un alto cargo en su trabajo, una oferta que sería de idiotas rechazar. Pronto os hacéis amigos, casi no sales de su casa, vives prácticamente con él, hablando de lo bien que os va el negocio y de las nuevas inversiones que podríais realizar juntos. Un día cualquiera, él mismo o uno de sus familiares, te insinúa que sería estupendo que los dos estuvierais en la corte, así vuestra alianza sería más sólida. Tú no tienes interés en formar parte de la corte, pero por no ser descortés e invirtiendo en vuestra amistad, le dices que sería estupendo, y prometes que cuando uno de los vampiros de la corte fallezca, cosa que sería prácticamente imposible, te presentarás como candidato a ocupar su lugar. Firmas un par de papeles dando tu palabra, solo por formalidad, creyendo que el día en que un miembro de la corte muera está muy lejos. Y al día siguiente uno de los siete de la corte aparece muerto en sus aposentos y, sin que te des cuenta, estás ocupando su lugar.
            -Vaya. –Pudo murmurar ella, algo impactada.
            -Tu abuela llamaba a ese proceso ``Los siete pasos´´. Ten cuidado, al aceptar esa invitación estás dando el primero, y llega un punto en el que es imposible escapar, así que procura no dar ni uno más.
            -Tranquilo, tendré cuidado. Como he dicho antes será algo rápido, después volveré a la villa y rechazaré el resto de ofertas de conocer a más aristócratas. No me involucraré. –Lo tranquilizó ella.
            -Espero que te lo estés tomado en serio. Ser de la corte no es divertido, Cristal. Todo el mundo sabe cada paso que das. No puedes ni estornudar sin que todos lo sepan. No puedes salir a la calle sin quince guardias cubriéndote por si algún francotirador contratado por otro miembro de la corte pretende asesinarte.
            -Lo tendré en cuenta. Gracias, Andrea. –Le dirigió una cálida sonrisa y él le acarició el pelo.
            Iba camino de su habitación cuando distinguió la silueta de Luca en el otro extremo del pasillo. A su lado iba Angelo gesticulando cada vez más con los brazos. Su hermano parecía aburrido y no le prestaba demasiada atención.
            Se quedó parada de pronto. Desde el día que había salido corriendo de su entrenamiento no había vuelto a hablar con él, y no tenía ganas de explicarle su extraño comportamiento.
            Giró la cabeza hacia ambos lados, buscando una puerta  por la que escapar. No sabía de quién sería esa habitación, probablemente fuera para invitados. La suya estaba un poco más adelante, y aquella estaba cerca de la de Angelo y Luca, pero no sabía de quién podía ser.
            Sin importarle demasiado, agarró el pomo de la puerta y se deslizó dentro cerrando la puerta tras ella sin hacer demasiado ruido.
            -¿Has visto eso? –Preguntó Luca, deteniéndose e interrumpiendo a su hermano menor.
            -¿El qué?
            -Juraría haber visto a Cristal metiéndose en mi habitación hace tan solo unos instantes.
            -Tonterías. –Zanjó Angelo. -¡Eh! ¿No me estabas escuchando?
            -No. –Respondió Luca con frialdad.
            -¡¿Cómo te atreves?! –Empezó él a gritar.
            -Calla.
            Después de un rato, consiguió que Angelo se calmara y este entró en su habitación.
            Luca se detuvo frente a la puerta de su cuarto, pensativo. Giró el pomo despacio y se asomó con precaución.
            Dentro, Cristal se percató del movimiento de la puerta y corrió a esconderse bajo la cama. Escuchó el ruido de la puerta abriéndose y se pegó aún más contra el suelo en un acto reflejo. Miró a su alrededor. Solo podía ver  las cosas que estaban a ras del suelo, pero le bastó para comprobar que no era  una habitación de invitados.
            Escuchó las pisadas de alguien , y poco después pudo ver las zapatillas de esa persona. Por los pasos que daba, parecía que estaba buscando algo. ¿Quizá la habría visto entrar? Deseó que no fuera así, entonces sí que tendría que explicar muchas cosas.
            Tras unos segundos de incertidumbre, notó cómo se sentaba sobre la cama. Al cabo de unos minutos escuchó el ruido de unas páginas al ser pasadas y descubrió que estaba leyendo un libro. Al poco rato, sintió cómo se movía sobre la cama y vio caer a su lado la camisa que se había quitado.
            Abrió los ojos de par en par al descubrir una de las camisas de Luca y empezó a ponerse aún más nerviosa. Estaba escondiéndose de Luca, y para colmo se había metido en su habitación. Si llegaba a descubrirla tendría que explicar más cosas de las que le gustaría.
            Estuvo a punto de dormirse. Cuatro horas en la misma postura le pasaron factura y cuando Luca se hubo marchado, ella salió por la ventana sintiendo dolorida la espalda. Anduvo por uno de los bordes que sobresalían de la fachada hasta llegar a su ventana. Tuvo suerte, la encontró abierta. Cuando ya tenía una pierna dentro, alguien encendió la luz de su cuarto y Cristal alzó la cabeza.
            La luz la deslumbró durante unos instantes, y estuvo a punto de desequilibrarse. Pero se aferró con ambas manos a los bordes de la ventana y dirigió la mirada hacia la persona que había encendido la luz.
            -Ah. –Se le escapó a Cristal al ver a Luca apoyado en el marco de la puerta.
            -¿Ah? –Se extrañó él por su reacción. -¿De dónde vienes?
            -E... De la calle. –Respondió ella.
            -¿De la calle? ¿Has subido por la fachada de la casa?
            Cristal rió, no sabía qué decirle e hizo caso omiso de la pregunta. Terminó de entrar a su habitación y se estiró la ropa.
            -Bueno, ¿te apetece bajar a entrenar?
            Fue a asentir con la cabeza pero recordó la última vez que habían combatido y se lo pensó dos veces. Además, todavía tenía los músculos entumecidos.
            -No lo sé... es que... estoy algo cansada. –Comentó Cristal, frotándose la nuca.
            -¿Y un paseo? –Le propuso él,  resuelto.
            -Me duelen un poco las piernas...
            -Está bien. –Murmuró dando media vuelta. –Nos vemos.
            Cristal pensó si había hecho bien. Enseguida se arrepintió de haberle mentido y no haber bajado al jardín con él pero, de todas formas, no salió caminando tras él.
            Todavía recordaba el olor de su sangre, y la sensación que había experimentado al olerla. Lo cierto era que estaba acostumbrada a los olores de la sangre, o eso creía. Había pasado mucho tiempo en el hospital de la Ciudad de las Tinieblas, pero nunca había percibido un aroma que oliese tan bien. Aquella sensación la asustaba, no sabía decir por qué, pero no se acobardaba ante dos asesinos de su raza, y sí ante la idea de que una sangre pudiese atraerla de esa manera.
            Esa misma semana llegó a la villa una carta con el sello de la corte. Cristal la leyó con atención y después se la enseñó a Alina. En ella le informaban de que la presentación oficial tendría lugar en dos semanas. Sin que la joven lo entendiera, Alina se alteró y empezó a andar de un lado para otro, nerviosa.
            Se iba a celebrar un baile, y según Alina no tenían apenas tiempo para prepararla. <<¿Para qué tengo que prepararme?>> Le preguntó ella sin entender.  Para cuando lo comprendió, estaba probándose vestidos en una de las tiendas de la capital.

            Pasaron un día entero entrando y saliendo de tiendas y boutiques hasta que, por fin, encontraron a una modista que accedió a cumplir los requisitos y las exigencias de Alina a la hora de confeccionar un vestido en una semana. 

8 feb. 2014

Luca y Angelo


11. Luca y Angelo

            Uno de los días en los que Cristal no tenía nada que hacer se cruzó con Luca por el pasillo. Era tarde, más de media noche, él volvía de la calle, y ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Después de comer se había quedado dormida y en esos momentos no tenía nada de sueño.
            -Cristal ¿Qué haces despierta? –Preguntó Luca al verla levantada.
            -No tengo sueño.
            -La verdad es que yo tampoco. –Le dijo él. -¿Te apetece dar una vuelta por el jardín?
            Cristal asintió y se dispuso a ir hacia las escaleras principales. Pero Luca la agarró del brazo y le hizo una seña para que la siguiera.
            -Es mejor que no nos oigan salir, no sé si verían con buenos ojos que estemos despiertos a estas horas... Yo tampoco he entrado por la puerta principal.
            Caminaron hasta el balcón del mirador. Luca abrió las ventanas con cuidado para no hacer ruido, y la invitó a salir. Se asomó a la balaustrada y miró hacia abajo.
            -¿Te atreves a saltar?
            Cristal se asomó también y tras pensárselo un poco lo volvió a mirar.
            -¡Claro! –Tras decir aquello pasó una pierna al otro lado de la balaustrada, e hizo lo mismo con la otra hasta quedarse sentada. -Está un poco alto ¿no? –Preguntó algo nerviosa  pero sonriente.
            Luca le dirigió una mirada divertida, e hizo lo mismo que había hecho ella, hasta quedarse sentado a su lado.
-Yo tampoco he saltado nunca desde aquí. –Se inclinó hacia delante y resopló al tiempo que levantaba las cejas. -¿Crees que nos romperíamos algo si saltáramos?
            -No lo sé. –Respondió Cristal , devolviéndole la sonrisa.
            -Juguemos a un juego. El primero que llegue al suelo gana.
            -No hablas en serio. –Murmuró ella, frunciendo el ceño.
            -¿Crees que no?
            Cristal le miró de arriba abajo. No sabía que Luca fuera así, pero aquello le divertía, le gustaba esa forma de ser. Sin apartar sus ojos verdes de los de él, soltó las manos y se dejó caer.
            Encontró la sensación de caer al vacío reconfortante. No supo por qué, pero después de saltar se sintió bien. Ni siquiera se hizo daño, le dolió un poco la herida de la pierna, pero apenas lo sintió. Nada más caer vio a Luca a su lado, que se acababa de lanzar tras ella.
            Y así fue como empezó a llevarse bien con Luca. No era un chico muy sociable, le gustaba estar solo, y cuando pasaba mucho tiempo con la familia se agobiaba; aunque no se le notaba demasiado, sabía guardar la compostura. Casi siempre estaba callado, no era muy hablador. Pero, cuando hablaba, se notaba que sabía mantener una amena conversación.
            No tenía reparos en decir lo que pensaba. Pero siempre lo hacía con respeto y utilizando palabras con las que suavizaba un tanto las cosas. Era muy inteligente,  curioso y le encantaba hacer rabiar a su hermano cuando tenía ocasión y no era Angelo quién lo sacaba de sus casillas a él. Aunque siempre fuera reservado y poco agresivo, a veces Angelo conseguía crisparle los nervios y, si no había nadie cerca para sujetarlos, acababan peleándose en el suelo.
            Pronto Cristal descubrió que era un gran atleta. Sabía hacer esgrima y hacía varios años había sido nadador profesional, pero no había llegado muy lejos por el asunto de que nunca envejecía. Tuvo que dejar de mostrarse en público, y aquel nadador que prometía ser una estrella del deporte, desapareció del mapa.
            No le gustaba hablar de ello, Cristal comprendió que sentía nostalgia al hacerlo, y no le hizo preguntas sobre el tema.
            Estaba muy unido a Angelo. A pesar de que siempre estaban peleando, se querían. Luca no era propenso a mostrar su cariño hacia él, pero Angelo de vez en cuando le daba abrazos y, aunque protestaba, Luca nunca se apartaba de él. Cuando su hermano pequeño volvía tarde o estaba varios días sin aparecer por casa era el primero que preguntaba y se ponía nervioso. Incluso en una ocasión,  Cristal lo acompañó a buscar a Angelo porque llevaba tres días sin aparecer por casa.
            Decía que no estaba preocupado, pero si no lo estaba...¿Por qué fue a buscarlo?
            Bajaron a la ciudad en la moto de Luca. Cristal nunca había montado en moto, pero no le dio miedo. La sensación de velocidad le encantó, y cuando bajaron se lo hizo saber a Luca, emocionada. Él le sonrió, pero no hizo ningún comentario.
            No tardaron mucho en encontrarlo, su hermano mayor acertó a la hora de empezar a buscar. Estaba en un callejón, a la salida de una especie de local. Discutía con varios jóvenes pero, aunque los demás iban en serio, él parecía divertirse.
            -Quédate aquí. –Le pidió a Cristal, pero esta levantó una ceja.
            -¿Tienes la más mínima esperanza de que me quede aquí?
            -No, la verdad. Pero tenía que intentarlo. Parece que Angelo está a punto de meterse en una pelea, y no quería implicarte.
            Caminaron hacia el lugar donde estaba su hermano y Luca lo agarró del brazo.
            -Vamos. –Le dijo con tono cortante.
            -No quiero irme.
            -Hazle caso, será mejor que te vayas si no quieres perder ningún diente. –Le dijo uno de los muchachos con los que hablaba.
            -¡Qué gracia!, ¿dientes dices? ¿Quieres ver mis...?
            -¡No! –Le cortó Cristal. –No quieren ver nada tuyo. Venga, vámonos.
            -Haz caso a tus amigos, estás empezando a cansarnos.
            -¿Que os estoy cansando? –Se acercó al que le había hablado y se  puso muy cerca de él.
            Antes de que pudiera hacer o decir nada, Luca  agarró a Ángelo del hombro para que se volviera, y le tumbó de un puñetazo. No dejó que se cayera al suelo, y se lo cargó al hombro. Cristal tardó un poco en reaccionar, estaba claro que iba a recibir un buen golpe de alguien, pero no se esperaba que fuera del propio Luca.
            Llegaron hasta la moto y Luca se descargó a su hermano del hombro.
            -Tendríamos que haber venido en taxi. –Resopló Luca.
            -¿Y ahora qué hacemos? No podemos ir los tres en moto.
            -Cogeréis un taxi, yo subiré la moto.
            Llamaron a un taxi y subieron en él a Angelo, que ya estaba despertando de su inconsciencia. Tenía el ojo izquierdo amoratado, y le sangraba la nariz. Un poco aturdido, se la limpió con la mano y se llevó dos dedos al pómulo, con expresión de dolor. Para cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido y se disponía a soltarle cuatro gritos a su hermano, este había cerrado la puerta y el vehículo se puso en marcha.
            -¿Le has dejado que me pegue?
            -Te lo merecías. Ibas a meterte en problemas. Si no te llega a pegar lo habrían hecho los otros.
            -¡Podría haberme defendido!
            -¿Quieres decir que al tratarse de tu hermano no te has atrevido a pegarle? –Le preguntó ella con sorna.
            -Exacto, por eso mismo ha sido. No quería hacerle daño a mi hermanito.
            -Creo que por la edad el ``hermanito´´ eres tú, Angelo.
            -¡Es verdad! ¿Cómo se atreve? Ha pegado a su hermanito! –Angelo se hizo el indignado y empezó a moverse dentro del taxi.
            -No te alteres. Te mueves demasiado y haces que me llegue el olor de tu sangre. Hueles que apestas.
            -¡Qué cariñosa eres!
            Para cuando llegaron a la villa, Luca ya había llegado hasta allí con su moto, y estaba esperándolos, apoyado en la verja de la entrada. No se molestó en preguntar cómo estaba su hermano. Se acercó para pagar al conductor y entró en la casa tras ellos.
            Aquel día, Angelo intentó hablar un par de veces con su hermano, pero este estaba enfadado por haberle hecho bajar a la ciudad a buscarle. A la hora de la cena Luca no bajó al comedor, y Cristal se preguntó dónde estaría.
            Lo encontró sentado frente a la puerta de su hermano, y se detuvo para preguntarle qué hacía allí. <<No le dejo salir, si lo hace verán su ojo hinchado y sabrán que se ha vuelto a meter en problemas>> Le contestó. <<Me he quedado aquí porque sé que si no lo vigilo el muy idiota saldrá de su cuarto>>.
            Aquella noche Cristal supo que Luca se preocupaba mucho por Angelo, aunque no lo aparentase, y cuando los volvió a ver juntos al día siguiente, sonrió.
            Descubrió que, de  los cuatro hermanos, Andrea era el más responsable, y que lo seguía Luca. Lia debía de ser bastante parecida a Angelo, y estos habían heredado la forma de ser de Alina que, a pesar de que parecía tranquila, tenía una chispa especial que a sus dos hijos les hacía perder la cabeza de vez en cuando.
            <<Cuando Lia nació pensamos que era hiperactiva>> Le confesó Alina entre risas. <<Al nacer Angelo no nos sorprendimos, pensábamos que, al igual que Lia, se calmaría a medida que pasara el tiempo...Aunque, visto lo visto, no sé si llegará el día en el que siente la cabeza>>
            Estaba pensando en todo lo que había descubierto sobre la familia mientras comían. Andrea había vuelto después de estar un par de meses fuera. Menos la abuela, que se había mudado hacía un par de años, se había reunido toda la familia a la que ella conocía.
            Se dedicó a observarles, uno a uno, divertida. Andrea tenía el pelo castaño, casi negro, y los ojos marrones. Los rasgos de la cara eran parecidos a los de Lia, y ambos se parecían a su padre. Lia tenía el pelo algo más oscuro, pero se parecían bastante, aunque solo físicamente, porque de carácter eran completamente diferentes. El carácter de él se parecía al de Anthony, era relajado y tranquilo, igual que Luca. Lia y Angelo eran como su madre.  Aunque Lia se pareciese a su padre, Angelo tenía rasgos de ambos, el pelo castaño de Anthony y los ojos azules de Alina.
            Luca era el que más se parecía a su madre físicamente. Tenía el carácter sosegado de su padre pero, de vez en cuando, también tenía la chispa de su madre. Era alto, de fisonomía fuerte, aunque su figura era estilizada. Sus ojos azules, tan brillantes y gélidos a la vez, eran tan impactantes como los de Alina. Era de tez morena, como ella. Y su sonrisa... su sonrisa era tan perfecta y contagiosa como la de su madre.
            Lo tenía sentado enfrente, y estuvo bastante tiempo observando sus rasgos. Cuando se dio cuenta de su ensimismamiento, Luca ya había notado que lo miraba y se había girado hacia ella.
            Arqueó una ceja y Cristal se sonrojó.
-¿Qué estabas mirando antes? –Le preguntó, dando un par de pasos hacia atrás.
            Después de comer habían salido al jardín. Luca se había ofrecido a practicar con ella, y Cristal había accedido gustosa. Le encantaba verle pelear, ya fuera haciendo esgrima, o en una lucha cuerpo a cuerpo.
            Se había curado por completo de las heridas que le habían hecho los dos verdugos, y podía esforzarse al máximo cuando combatía contra él.
            Pensó si poner tanto empeño en querer derrotarlo sería normal, le parecía que no estaba bien, que no podía ir en serio contra un amigo. Pero él tampoco parecía estar jugando, y se lo pasaba bien esquivando sus patadas.
            Andrea le enseñaba movimientos, pero no combatía contra ella porque decía que temía hacerle daño. En cambio, a Luca eso no parecía preocuparle mucho. Si Cristal no conseguía detener a tiempo un golpe, le pedía perdón y le preguntaba si estaba bien. Pero ella reía y le respondía que no tenía por qué pedir perdón. Así eran las reglas del juego: quien consiguiera detener al otro y hacer que se rindiera, ganaba.
            -Te pareces mucho a tu madre. –Le contestó ella, sin bajar la guardia.
            -¿En serio? –Volvió a preguntar él, acercándose a ella e intentando acertarle en la cara con un golpe de su mano izquierda.
            -¿Eres zurdo? –Preguntó Cristal, aturdida, mientras levantaba su antebrazo derecho para parar el golpe. No recordaba haberlo visto comer con la mano izquierda, nunca.
            Luca alzó la mano derecha y, antes de que pudiera reaccionar, le hizo una llave, la agarró del brazo izquierdo y la obligó darse la vuelta. La dejó en tal posición que ,si trataba de moverse, el hombro se le dislocaría.
            -No necesitaba la mano derecha para hacer esto. –Sonrió él, con guasa.
Cristal no se dio por vencida y empezó gemir fingiendo que le dolía. Luca la soltó al instante, preocupado. Antes de que pudiera darse cuenta, lo había tirado al suelo de una patada y lo había inmovilizado contra el césped.
            -Eso es trampa. –Murmuró él desde el suelo, divertido.
            -Sí, pero te he ganado. –Le contestó ella sin dejar de hacer presión para que no pudiera soltarse.
            De pronto, Cristal frunció el ceño y se apartó de Luca. Abrió las aletas de la nariz al máximo para captar bien aquel aroma y se mostró desconcertada. Se giró en todas direcciones buscando de dónde venía y se quedó dándole la espalda a su adversario.
            -¿Qué pasa? –Le preguntó él, ya de pie.
            -¿No hueles eso? –Le preguntó sin darse la vuelta.
            -Ah, puede que sea mi sangre. –Contestó Luca despreocupado.
            Cristal se giró como movida por un resorte. Ahí estaba él, con una pierna estirada y la otra medio doblada, cargando el peso en ella. Con la camiseta arrugada de haber estado por el suelo, y el pelo revuelto desde hacía un buen rato. Mirándose la mano, que acababa de pasarse por la boca. Tenía el labio inferior ensangrentado.
            Se quitó la sangre con parsimonia y se limitó a chuparse a sí mismo la herida.
            -¿Tu... sangre?
            -Sí, ahora mismo es el olor que más me llega... No sé qué más has podido oler.
            -Lo siento, no quería darte tan fuerte. –Le dijo despacio, después de un rato.
            -¿Estás bien? –Le dijo él entre risas. –Estás como si no estuvieras aquí.
            -Sí, es que... en realidad estoy aquí pero no debería de estar, tengo algo que hacer...
            Tras decir aquello, Cristal abandonó allí sus botas, su chaqueta y sus armas de madera, y salió corriendo, descalza, hacia la villa.
            Luca se quedó allí, sin entender qué podía ocurrirle.
            Dio la vuelta a toda la casa y entró por una de las puertas laterales. Se detuvo en el pasillo donde se encontraba su habitación, jadeante, y con el corazón a mil por hora. Ignoró por completo a Angelo, que acababa de salir de su habitación y se metió en la suya.
            Estaba aturdida, no podía creérselo y, cuanto más lo pensaba, más le asustaba la idea. Se desnudó y se metió en la ducha, tenía que sacarse aquella idea de la cabeza, o al menos dejar de pensar en ello.
            Por más que lo intentaba no lograba comprender qué quería decir aquello, qué era lo que ocurría, y empezó a ponerse nerviosa. Se puso delante del espejo. Se había empañado con el vapor, así que le pasó una mano por la superficie para hacer un hueco por el que pudiese ver su reflejo.
            Tenía el pelo mojado de la ducha, y las puntas le estaban mojando los hombros de la camisa. Se quedó mirando su reflejo como si tratara de encontrar en él la respuesta a sus dudas y, al cabo de un rato, decidió hacer una prueba.
            Se acercó la mano a la boca y se hizo un corte pequeño por el que resbaló un hilo de sangre. Puso cara de asco. Su sangre seguía oliendo mal, y ella seguía con las mismas dudas que tenía antes.