27 mar. 2014

Luca, mi don y mi condena caminan juntas de la mano

17. Luca,  Mi don y mi condena caminan juntas de la mano

Fue por aquellos días cuando Cristal descubrió el pasado de Luca.  Un día en el que él le llevó a un lago, cerca de la casa. Se abrigaron con ropa de invierno y se adentraron en el bosque. Las ramas de los árboles estaban nevadas, igual que los lados del camino. Subieron por sendas de piedras que parecían ser antiguos glaciares, y cruzaron de un lado a otro del bosque, saltando un par de arroyos.
            Al llegar, Luca dejó la bolsa que llevaba al lado de una piedra y caminó hasta acercarse a la orilla del lago. Era bastante pequeño, pero bonito. Los bordes estaban algo más altos que el lago y le daban un aspecto de foso.
            Los árboles cubiertos de nieve lo rodeaban, filtrando rayos de sol y proyectándolos hacia las cristalinas aguas. Los pájaros piaban y, de vez en cuando, alguna libélula  sobrevolaba la superficie del lago.
            Cristal se acercó hasta la orilla y se agachó para tocar el agua.
            -Imposible. –Murmuró, alzando la cabeza hacia el vampiro. –No está fría.
-Lo sé. Es asombroso, ¿verdad? –Le respondió, pasándose las manos por el cabello. -Hacía mucho que no venía aquí, pero es uno de mis lugares preferidos.
-Me gusta, me gusta mucho. Además, el agua está templada. Es un sitio precioso.
Luca volvió atrás en busca de la mochila y sacó un libro de su interior.
-Me alegro de que te guste, pero no olvides para qué hemos venido aquí.
Cristal asintió, después de suspirar, y se tumbó apoyándose en los codos para acomodarse. Luca abrió el libro por la mitad y empezó a leerlo. No le importaba de qué tratara lo que estaba leyendo. Fuera lo que fuese, prestaba atención. Le gustaba tanto su voz, que sería capaz de estar escuchándole, durante horas, sin interrumpirle.
Cuando terminó de leer, le hizo preguntas sobre el tema, y ella las respondió con rapidez.  Entonces, Luca se levantó en busca de otro libro sobre otra materia diferente, y se dispuso a leerlo cuando Cristal puso una mano sobre el volumen.
            -¿Por qué no me cuentas algo sobre tus días de nadador?
            -Porque eso fue hace mucho, y ahora nada de eso importa. –Respondió él algo más seco de lo que pretendía.
-Vamos. –Le animó ella dándole un suave codazo en el hombro. –Cuéntamelo, no es malo recordar. –Luca pareció dudarlo durante unos segundos. –Por favor, tengo mucha curiosidad.
            Insistiéndole durante un rato más consiguió, al fin, que le contara cómo había sido su vida de deportista.
Todo había empezado hacía ya varios años. Luca era un chico jovial y alegre que se había apuntado a un entrenamiento de natación los fines de semana para romper la monotonía diaria. Simplemente le había pedido permiso a sus padres para apuntarse a alguna actividad, y la opción de la natación era la que más le había gustado.
Su hermano Andrea le acercó a la ciudad, al polideportivo. Allí una encargada que se encontraba dentro de una cabina le pidió los datos. Tenía cara de estar aburrida, y le hacía las preguntas del formulario de mala gana. Le hicieron una ficha de socio con un nombre falso que el propio Andrea inventó y, a partir de ese día, pudo ir todos los fines de semana a entrenar.
Esperaba con impaciencia los sábados para poder bajar a la ciudad a nadar, porque aquellas clases eran lo único que le sacaban de la rutina.
Su entrenador se sorprendió de que un joven principiante en el mundo de la natación y que no había practicado nunca antes un deporte, tuviera semejante resistencia. Mientras que sus compañeros acababan exhaustos al final de la clase, él salía del agua de un salto y le preguntaba al entrenador si ya se había acabado la clase.
            Un tiempo después, los fines de semana nadando se le quedaron cortos y decidió bajar a la ciudad el resto de la semana. A veces, coincidía con otros grupos a los que entrenaba su profesor, y entonces aprovechaba para seguir los ejercicios que este ordenaba, pero desde otra calle de la piscina.
Su entrenador se daba cuenta de esto y, aunque algo sorprendido de que pudiera seguir el ritmo de otros grupos de mayor experiencia que la de él, le propuso un traslado. Al cabo de unas semanas ya estaba en un nivel más alto que el suyo.
            Tampoco le costaba demasiado seguir aquellas clases. Se cansaba bastante más que en las de los fines de semana, pero aún así seguía necesitando más. Por eso se apuntó a todas las clases que pudo. Algunos días incluso se quedaba a comer en la ciudad porque tenía algún que otro entrenamiento por la mañana y más por la tarde.
            Su entrenador cada vez se sorprendía más del ritmo que era capaz de llevar su pupilo. Y no ponía impedimentos a que acudiera a todas sus clases.
            Durante aquella época, solía estar agotado al llegar a casa. Y, aunque sus padres no veían con buenos ojos que se machacara de esa manera, no hubo forma de que redujese el número de sus entrenamientos.
Al cabo de unos meses, cuando Luca había ascendido de nivel unas cuantas veces, sus padres le comentaron al entrenador sus reparos sobre que acudiera a tantos entrenamientos. Y, finalmente, llegaron a un acuerdo. Él se comprometía a dar clases particulares de natación a Luca, seis días a la semana. De tal manera que su hijo estuviera satisfecho con un entrenamiento hecho a su medida pero sin tener que pasarse todo el día en la ciudad.
            Aunque el entrenador elegía a los nadadores que participarían en las competiciones de entre los grupos que contaban con varios años de experiencia,  aquel año decidió llevar a Luca a la competición.
            Como había predicho, Luca estuvo más que a la altura del campeonato y, poco después, ya ganaba sus primeros títulos contra jóvenes mayores que él y con muchos más años de preparación y experiencia.
            La natación no era demasiado importante en la época en la que él competía, pero su nombre era conocido en los clubes deportivos de todo el mundo. En su segundo año de entrenamiento llegó a las pruebas nacionales, y quedó cuarto. Después de eso, equipos profesionales de natación solicitaron su presencia. Algunos de los que lo reclamaban, incluso le ofrecían becas para mudarse al extranjero y poder entrenarse con ellos.
            Luca rechazó todas las ofertas. Había entablado una estrecha relación con su entrenador personal. Y sabía que solo él lo conocía de tal manera que podía explotar su potencial al máximo. Durante un par de meses al año, ambos viajaban para que pudiese entrenar con el equipo nacional. Y aquel año, el tercero, logró quedar segundo en los campeonatos nacionales.
El quinto año, por fin, consiguió quedar primero. Y, desde entonces, no hubo nadie capaz de desbancarle en su categoría.
            Los primeros años, su fisonomía cambio un tanto. Estaba más musculado y su apariencia era más atlética. Pero después, durante bastante tiempo, su imagen no cambio ni un ápice, y eso no le pasó inadvertido a su entrenador.
            La relación entre ambos era tan estrecha que fue el primer y el último humano al que le confesó voluntariamente que era un ser eterno, que era un vampiro. Gracias a su complicidad, pudo evitar que la gente se hiciera preguntas sobre él durante mucho tiempo. El equipo nacional, como solo lo veía una vez al año, no notaba demasiado si había cambiado o no. Cuando llegaban las fechas de presentarse a una competición importante, a la que acudiría la prensa, procuraba cambiar un tanto su imagen, variando su ropa, o su peinado. Y en el agua solo procuraba que sus gafas y el gorro le taparan la mayor zona de la cara posible.
            Su nombre ficticio, Matt Schiari, fue adquiriendo más prestigio. Participó en campeonatos y en carreras de toda la nación, ganó innumerables medallas y muchas veces fue portada de los periódicos.
            Llegó una época en la que viajó a través de todo el mundo ganando premios internacionales. Su entrenador decía que tenía un don, que había nacido para nadar. Cruzó canales, buceó en grandes lagos y surcó océanos. Cuando estaba en la cumbre de su carrera y debía de tener unos veinticinco años, no aparentaba ser más que un muchacho de dieciséis o diecisiete años, quizá dieciocho por su cuerpo de atleta.
            Nunca habría imaginado, al apuntarse a aquel curso los fines de semana, que llegaría tan lejos, solo quería pasar el tiempo, tener una afición. Pero la natación se había convertido en su vida. Entrenaba todos los días durante horas, excepto los domingos, viajaba continuamente de un lado para otro participando en carreras y batiendo records. Y, de pronto, llegó el día que más temía, el día en el que se había tenido que plantear dejar el deporte.
            La prensa se empezó a preguntar por qué no se sabía nada de él, por qué no lo veían más que en el agua, por qué no se sabía nada de su vida. Los periodistas decidieron investigar, y estuvieron a punto de averiguar la verdad, casi llegaron a su verdadero nombre, a su verdadero origen.
            Puso en peligro a su familia, incluso a toda su raza. Por eso, el día que los periódicos anunciaron que el nombre del prestigioso nadador era falso, fue su último día como deportista de élite.
            Tuvo que borrarse a sí mismo del mapa. Fingió su propia desaparición, y se convirtió en una leyenda. Tuvo que irse sin poder decirle nada a su propio entrenador, a su mejor amigo, porque sabía que la policía lo acusaría de crear una identidad falsa, y no quería que pudiesen interrogar al buen hombre y averiguar dónde se había ido él.
            Muchos dijeron que el nadador desapareció porque tenía miedo de que se supiera quién era en realidad. Pero otros apuntaban que, cuando empezó a nadar,  apenas era un crío, y que un crío no podía tener nada que ocultar.
Algunos periodistas se aventuraron a escribir que había salido a nadar al mar abierto en medio de una tempestad y que estaba muerto. Hubo incluso quién dijo que no era humano, sino un visitante de otro planeta, y que por eso siempre tenía un aspecto tan jovial y esa habilidad, casi sobrehumana, en el agua.
Algunos fanáticos religiosos se aventuraron a decir que era un ser enviado por el diablo y que  por eso había desaparecido, de repente, sin dejar rastro. Esta misma gente también opinó que, en lugar de un demonio, podía ser un ángel caído del cielo. Y a raíz de eso, inventaron leyendas sobre el ángel que cayó al mar, y que después de años nadando llegó a tierra, exhausto y confundido. Decían que su única gracia era nadar, ya que lo había hecho durante años para salvar su vida, y que decidió aprovecharla para hacerse notar entre los humanos y llamar la atención de su creador. Y que por ese motivo, cuando consiguió ser tan famoso, él se lo llevó de vuelta.
Eran decenas de teorías, decenas de historias en las que, o bien lo acusaban de ente maligno, o de ser celestial. Daba lo mismo, todas las historias eran falsas, y Luca, que seguiría durante años con la misma imagen que por aquel entonces, no podría volver a nadar profesionalmente. No solo porque la gente lo reconocería por antiguas fotografías, sino porque los tiempos habían cambiado, y ya no podría mantenerse en el anonimato. El mundo lo conocería a él, y conocería a su familia, y entonces todo se acabaría, y tendrían que mudarse todos a Deresclya y desaparecer de la Tierra.
Sus días como deportista habían acabado, para siempre. Había empezado su carrera y la había terminado en un tiempo de diez años. Quizá para otra persona fuera un tiempo más que suficiente para demostrar al mundo lo que era capaz de hacer. Pero él tenía mucho más que dar, muchos más récords que batir.
Como había desaparecido en la cumbre de su carrera, se había convertido en una leyenda. <<Los grandes profesionales>> Decía. <<Nacen, crecen, practican y se hacen estrellas. Llegan a lo más alto,  después envejecen, otros más jóvenes los remplazan, y poco a poco se van retirando, sin llamar la atención. Yo, en cambio, me retiré en la cumbre, desaparecí, y eso es algo que da mucho más que hablar. Llamé la atención, y si hubiera sido un buen nadador, uno del montón, a pesar de haber batido records y haber ganado premios internacionales, al cabo de unos años me habrían olvidado. Pero en los tablones de varios clubes en los que nadé, aún tienen mis fotos junto con mis  trofeos. Las fotos que decían que había desaparecido, las conservan a modo de homenaje. Hasta que no desaparezcan todas esas fotos, hasta que la gente no me termine de olvidar, hasta que los registros de los periódicos en los que aparecí no sean destruidos, seguiré siendo recordado, y seguiré atado a esa identidad falsa que me recuerda lo que fui y lo que podría haber llegado a ser>>
<<Si no llego a descubrir mi talento, nunca habría sufrido mi retiro. Pero si no hubiera sufrido mi retiro, nunca habría descubierto mi talento. Mi don y mi condena caminan juntas de la mano>> Le dijo por último.
Cristal podía notar la amargura que desprendían sus palabras, y se esforzaba por estar quieta, por contener la respiración para no hacer el más mínimo ruido que pudiese distraerlo. Entonces lo observó, pero lo vio diferente, de otra manera. Ya no era el hermano del joven que la había adoptado, no era un simple muchacho de su misma raza. Era mucho más que eso, un joven que había vivido mucho más que la mayoría de ancianos de todo el mundo. Alguien que había experimentado tener la felicidad, la gloria y la fama entre las manos y que había tenido que observar desde un rincón cómo se le escapaba entre los dedos de un día para otro.
Comprendió por qué Luca no quería hablar de ello. Sentir que no podías realizar tu sueño por ser como eras, por haber nacido en una familia concreta, en un mundo diferente... Por estar atado a tus condiciones, a unas condiciones que tú no habías elegido, debía de ser frustrante.
Cristal le retiró un mechón de pelo de la frente. Sabiéndolo, era cierto que su cuerpo parecía atlético, era eso lo que le diferenciaba de su hermano Angelo. Él era más alto y su figura estaba más estilizada. También  sus hombros eran más anchos. Sin duda, había sido un gran deportista.
Luca se perdió en sus ojos verdes, Cristal le sostuvo la mirada, que parecía perdida. La joven parecía sentir lástima por él y, al darse cuenta, el vampiro apartó bruscamente la mirada y se aclaró la voz.
-Ya nos hemos distraído bastante, ahora sigamos con la clase.
-Yo quiero saber más. –Replicó ella.
-No hay nada más que saber. –Sus pupilas azules se clavaron en las suyas. Había sonado algo más serio de lo que pretendía, pero a Cristal no pareció molestarle. Simplemente sonrió. -¿Qué quieres saber? –Suspiró él derrotado por su mirada suplicante.
-¿Ya no nadas?
-No, no nado. –Respondió Luca como si fuera obvio.
-¿Por qué? –Insistió ella.
-Porque mis días como nadador acabaron hace años. –Respondió con un tono de voz amargo, pero que a Cristal seguía maravillándole, aún así, por su suavidad.
-No me refiero a nadar profesionalmente, sino como afición. Eso sí que puedes hacerlo.
-¿Para qué? –Resopló él. –No serviría  nada más que para recordarme lo mucho que me gustaría dedicarme a eso.
Cristal movió la cabeza de un lado a otro, en señal de desaprobación.
-Pensaba que no eras así. –Le reprochó entre divertida y pensativa. –Te creía más valiente, pero tienes miedo de vivir esclavo de tus propias limitaciones. Puedes nadar, no puedes competir, ¿y qué? Pienso que eso no es una limitación, no te impide que nades, que es lo que verdaderamente te gusta, solo te impide hacerlo profesionalmente. –Se puso de pie sin dejar de mirarlo y después levantó la cabeza hacia las copas de los árboles.
Se volvió a agachar mientras que Luca la contemplaba, intentando asimilar sus palabras. En el fondo tenía razón, y él lo sabía. Pero nunca se había parado a pensarlo y ahora que lo hacía se sentía estúpido. Cristal comenzó a desatarse los cordones de las botas, y después se las quitó. Hizo lo mismo con los calcetines, con la chaqueta y con los pantalones, hasta que se quedó con una camiseta ancha y larga.
Luca seguía mirándola, atónito, pero ella parecía haberle dejado de prestar atención. La joven se estiró la camisa procurando taparse todo lo que podía y volvió a reparar en el vampiro.
-Si te gusta nadar, entonces, hazlo. – Le dijo cuando ya estaba en el borde del lago y se disponía a saltar.
Sin creérselo, Luca se levantó de un salto y observó cómo Cristal se zambullía en el agua de cabeza. Ella salió a la superficie con una sonrisa en sus labios rosados, y se frotó los ojos para deshacerse del agua que se había quedado en sus pestañas.
-Está templada. –Susurró solamente.
Luca trataba de ordenar sus ideas, pero estaba demasiado extrañado por el comportamiento de su amiga y no pudo hacer nada más que quitarse él también las botas mientras la seguía mirando, pasmado.
Se dio cuenta de que probablemente su expresión fuera graciosa, porque ella se reía desde el agua. Y él, sin decir nada, se desvestía, absorto en sus pensamientos. Cuando terminó, dejó su ropa atrás y caminó hasta el lugar desde el que momentos antes Cristal se había arrojado al agua. Sin detenerse siquiera, terminó su andadura con un salto perfecto, elegante. No había pretendido hacerlo así, pero  no conocía otra manera de saltar. Era algo natural en él.
Una vez en el agua, sus ideas parecieron aclararse de pronto, o más bien se desvanecieron, porque no le importó nada más en aquellos momentos. Soltó una carcajada contagiado por la felicidad que emanaba Cristal y disfrutó de la sensación de volver a estar, por fin, en un lugar lo suficientemente amplio como para nadar a sus anchas.
Dio un par de vueltas en círculos sin mover apenas los brazos, y se sumergió en el agua para volver a salir a unos centímetros de Cristal. Se dio cuenta de que sus ojos parecían mucho más verdes y más hermosos desde cerca y se quedó un rato mirándola, sin dejar de sonreír.
Cuando su expresión se había vuelto algo más seria, pero siendo aún alegre, Cristal rompió el silencio separándose un poco de él y dirigiéndole una mirada traviesa y divertida.
-Te echo una carrera. –Le gritó colocándose en una fingida posición de salida. Al ver que Luca la imitaba aceptando así el reto, empezó a nadar lo más rápido que pudo.
Luca comenzó también la carrera, pero muy pronto se olvidó de Cristal, de que competía contra ella. Se dejó llevar por las leves ondulaciones del agua, que lo envolvían, y que él agitaba y rompía yendo cada vez más deprisa. Para cuando quiso darse cuenta, ya estaba en la otra orilla del lago, y Cristal llegaba al cabo de un rato a su lado, fatigada.
-Lo de la carrera no lo decía en serio ¿sabes? –Jadeó ella. –Deberías tener un poco de consideración por tu parte con la gente normal que no tenemos superpoderes en el agua ni nada parecido.
Luca le sonrió, se puso muy cerca de ella y bajó la vista. Parecía tener intención de decir algo, pero no se decidía a hablar. Se acercó tanto que sus frentes se juntaron, y mientras Cristal trataba de adivinar qué pasaba por su cabeza, él seguía haciendo amagos de decir algo. Arrepintiéndose tal vez de lo que iba a decir, cambió de idea y giró la cabeza, de pronto, hacia un lado. Se separó de ella bruscamente y volvió a sonreírle.
-¿La revancha? –Le preguntó.
-Está bien. –Respondió Cristal, volviendo a preparase sin ni siquiera haber tenido tiempo de coger aliento. –Pero relájate, es un poco humillante verte a veinte metros de distancia.
Volvieron a nadar hacia el otro lado y estuvieron yendo y viniendo durante toda la tarde. Cuando el viento empezó a parecerles un tanto frío, se dieron cuenta de que pronto anochecería, y se dispusieron a salir del agua.
Cristal intentó salir apoyándose en el borde y Luca, al ver que tenía dificultades, salió antes que ella y la ayudó. Un soplo de aire helado le  hizo cruzar, instintivamente, los brazos ante el pecho, procurando resguardarse del frío.
-Creo que no ha sido muy buena idea lo de tirarse al lago sin tener toallas. –Comentó Luca empezando a tiritar.
-Cuando has saltado detrás de mí no te ha parecido tan mala idea. –Contraatacó ella chasqueando los dientes. -¿Y ahora qué?
-Tenemos que procurar secarnos un poco al sol, vestirnos y volver antes de que anochezca del todo.
-El sol ya se ha ido, y no debe de quedar mucho tiempo para el anochecer. –Apuntó ella.
-Razón de más para que nos demos prisa. –La miró durante unos segundos y reaccionó, al fin. –Ten. –Le dijo tendiéndole su camiseta. –Póntela y quítate eso. –Añadió señalando su camiseta chorreante.
-¿Y tú? –Murmuró ella preocupada.
-Tengo otro jersey. Vamos, date prisa o acabarás pillando un resfriado.
Cristal no puso más objeciones. Se dio la vuelta, tiritando, se quitó su camisa mojada y se puso la de Luca. Después se agachó para recoger su chaqueta y se cubrió con ella. Se puso los pantalones a duras penas, ya que se le quedaban pegados a la piel mojada, y se ató las botas como pudo.
Luca ya estaba vestido con su jersey para cuando terminó de ponerse la ropa y se giró hacia él. Observaba con aire crítico el horizonte. El sol ya había caído y apenas se veía con claridad.
-Tendremos que volver sin luz y no me parece buena idea recorrer un bosque en plena noche.
-Además la villa está a una hora de camino...
-Más. –La corrigió él. –Bajar por los sitios por los que hemos subido hasta aquí nos llevará más tiempo y, además, estamos cansados.
-Y no sé tú...-Siguió Cristal. –Pero yo tengo los calcetines empapados y las botas me rozan los tobillos.
-Sí, a mí me pasa lo mismo. –Asintió él con aire crítico. –Entonces nos quedaremos aquí. –Casi susurró un rato después.
-¿A pasar la noche? ¡¿Estás loco?! –Le gritó Cristal.
-Creo que lo pasaremos peor si intentamos volver de noche en nuestras condiciones. Estamos empapados y cansados.
-En eso tienes razón; aquí, en vez de despeñarnos por un risco, moriremos por congelación. Es una muerte mucho menos desagradable. –Comentó sarcásticamente.
-Encenderé un fuego, nos secaremos nosotros y nuestra ropa, y procuraremos dormir abrigados, tapándonos con la ropa seca que tengamos. Aquí, en esta época del año, el clima no es tan hostil, solo que estamos mojados y sentimos el frío diez veces más, pronto se nos pasará. Además, esta parte del bosque está bastante resguardada del viento por los árboles, y no habrá muchas corrientes de aire frío.
-No tendría que haber saltado al agua. –Murmuró solamente Cristal.
Luca caminó hasta la mochila y sacó un jersey de su interior.
-Póntelo, estás helada. –Le susurró echándoselo por encima de los hombros. Ella lo aceptó de buena gana y se cubrió con él todo lo que pudo. –Voy a buscar ramas para encender la leña, espérame aquí.
Cuanto más pensaba en el frío que hacía, más frío tenía ella, y con más fuerza le castañeaban los dientes. Pasó un rato hasta que por fin Luca volvió y encendió el fuego. A pesar del calor de las llamas, seguía teniendo la ropa interior mojada, y deducía que tardaría un buen rato en secarse. Luca se frotaba las manos periódicamente, pero no hacía tantos aspavientos como ella.
Cuando quedaron alumbrados únicamente por el resplandor del fuego, Cristal empezó a adormecerse, pero el frío intenso no le dejaba  conciliar el sueño.
-Hasta que no hayas entrado del todo en calor no serás capaz de dormir. –Le comentó Luca observando cómo cerraba y abría los ojos una y otra vez mientras que trataba de hundir más la cabeza en el jersey.
-Pues me temo que esta noche no dormiré.
-Espera. –Dijo el joven levantándose y caminando hacía ella. Se sentó a su lado y la abrazó. -¿Mejor así?
Por toda respuesta, Cristal se acomodó contra él y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el tenue calor que desprendía una de sus mejillas. A pesar de que el frío fue disminuyendo, no terminó de irse del todo, y ninguno de los dos pudo dormir aquella noche.
De vez en cuando, la joven sentía que entraba en un estado de semiinconsciencia en el que entrelazaba hechos reales con disparates producto de su mente. Pero nunca llegaba a sumergirse del todo en el sueño, y acababa abriendo los ojos, comprobando que Luca seguía despierto, y hablando unos minutos con él.
Poco a poco, la luna cruzó el cielo desde un extremo al otro y el manto de estrellas desapareció deslumbrado por la luz del sol del amanecer. Para cuando esto ocurrió, ella seguía adormecida, pero sin estar descansando del todo y Luca le habló susurrando y con voz ronca al principio.
-Ha salido el sol, será mejor que nos vayamos.
-No creo que pueda llegar muy lejos así. –Protestó ella frotándose los ojos.
-¡Vamos! Fuiste capaz de matar a dos verdugos después de varios días sin dormir, no me digas que por una noche no vas a ser capaz de recorrer un camino de una hora. –La animó él, optimista.
-Era diferente, no tenía sueño porque lo que pasaba a mi alrededor no me dejaba tenerlo... Estaba continuamente en tensión. Ahora, sin embargo, llevo varias horas aquí sentada intentando dormir, sin moverme. –Esperó a que dijese algo, pero no le contestó. –Además, ya no tengo tanto frío como antes. Dame un par de horas para dormir, y estaré preparada para volver.

-Como quieras. –Aceptó Luca, observando cómo se separaba de él para tumbarse en el suelo. Poco después decidió imitarla y se recostó a su lado para tratar de conciliar el sueño durante unas horas.

21 mar. 2014

Preparatorios

16. Preparatorios


            Después de varios días de viaje, al llegar a la villa, se encontraron con que Andrea ya había vuelto. Dos días después de haberse marchado ellos, había regresado porque su misión se había cancelado.
            Debió de verlos llegar, porque nada más entrar por la puerta bajó las escaleras hacia el vestíbulo para recibirlos.  Ladeó la cabeza y cruzó los brazos ante el pecho.
            -Buenos días. – Les dijo sin alterar su tono de voz.
            -Hola. –Contestaron los dos al mismo tiempo. Cristal esperó a que alguno de los dos hablara  pero Andrea no parecía dispuesto. Y Luca fingía estar entretenido con las maletas para no tener que dar la cara por ella. –Has vuelto muy pronto ¿no?
            -Una falsa alarma, me volví a mitad de camino. –Respondió, acercándose a ellos. -¿Y vosotros, os lo habéis pasado bien?
            -Sí. Me he hecho socia de una empresa que fabrica carruajes, y voy a regalarte uno que debe de ser una ganga. –Bromeó ella pero, al ver la cara que ponía el protector, rectificó. -¡Era broma! Tranquilo, no ha pasado nada. No volveremos a vernos, y no volveré a asistir a ningún acto que organice la corte. –Antes de que Andrea pudiese decir nada pasó por su lado y desapareció escaleras arriba.
            Después de aquello, Andrea les pidió explicaciones, y  volvió a dar a Cristal una larga charla  sobre los siete pasos.
            Otra de las cosas que le cambió la vida sucedió aquel invierno, uno de aquellos días en los que el protector volvía de una de sus misiones. Cristal llevaba ya un tiempo preguntándose cómo había empezado a trabajar para las Sombras del Plenilunio, y decidió preguntárselo.
            -Hice las pruebas, las superé, me eligieron y me asignaron categoría.
            -¿Qué pruebas? ¿Cómo te asignaron categoría? –Siguió preguntándole ella, interesada.
            -Verás, cada año se celebra un reclutamiento. Nadie sabe mediante qué condiciones o a través de qué pruebas eligen a los reclutas, porque en cada convocatoria las cambian. Después de eso, forman a los elegidos con un entrenamiento muy duro. Pero que no es ni la mitad de duro que el de la siguiente fase.
            <<Según las habilidades de cada uno, le asignan una categoría. Si son inteligentes, precavidos, astutos y hábiles les instruyen para que formen parte del consejo. Si son rápidos, sigilosos, fuertes y calculadores, los instruyen para que sean protectores, como yo. –Dejó de hablar, y a Cristal no se le pasó por alto que se olvidaba de una categoría.
            -¿Y qué pasa con  los Guerreros Esmeralda?
            - Los elegidos para ser instruidos en esa categoría tienen que ser los mejores, una mezcla de las dos categorías de las que te he hablado. Tienen que ser inteligentes, precavidos, astutos, hábiles, sigilosos, fuertes, y calculadores. Es prácticamente imposible ser elegido para ser Guerrero Esmeralda, y mucho más conseguir pasar la prueba final. Al año, se gradúan muy pocas Sombras del Plenilunio, porque la prueba de ingreso en la escuela es muy difícil de superar. –Esperó a que Cristal asintiera, sorprendida, y prosiguió. –Por eso, después de ese proceso, solo quedan los mejores. Y nuestras filas son aptas para hacer frente a los Cazadores de Sombras. –Terminó de explicar él, orgulloso.
            Como hacía siempre, cada vez que volvía de sus misiones,  acudía a su encuentro para que le contase todo lo que había ocurrido. Pero cada vez bebía con más avidez de sus palabras, haciendo preguntas y, en muchas ocasiones, repitiendo cosas que le habían gustado para poder memorizarlas.
            Su admiración por él y por todas las Sombras del Plenilunio crecía por momentos. Además, cada día hacía sus entrenamientos más intensos. Cuando algo no le salía o no era capaz de aprender un nuevo movimiento que Andrea le enseñaba, se enfadaba y se dedicaba a repasarlo hasta que lo dominaba. Si no lo conseguía, muchas veces lloraba de rabia. Y, cuando conseguía aprenderlo, se lo enseñaba a Andrea, orgullosa de sus progresos.
            Transcurrió un año. Tan solo quedaban unos meses para la llegada del decimosexto invierno de la vida de Cristal. Había aprendido el verdadero significado de la palabra ``aburrimiento´´. A parte de su entrenamiento no tenía nada más que hacer y, a veces, se planteaba para qué se entrenaba.
            Volvió a percibir el olor de la sangre de Luca en varias ocasiones. Generalmente, era un leve aroma apenas perceptible. Una herida en los labios, un corte con una hoja en los dedos... Pero, un par de veces, volvió a sangrar de tal manera que para Cristal fue inevitable sentir su olor a través de todos sus sentidos y plantearse de nuevo las dudas de siempre. No entendía por qué el olor de esa sangre era diferente a la de los demás. Pero, pasado un tiempo, se olvidaba de ello.
            Su relación con él no había cambiado demasiado. A veces quedaban para pasear por el jardín, incluso para entrenar. Se llevaban cada vez mejor, pasaban mucho tiempo juntos,  y tenían más confianza el uno con el otro.
            En cambio, cada vez hablaba menos con Angelo. Siempre estaba de aquí para allá, no pasaba mucho tiempo en la villa, y no solían verse muy a menudo.
            En cierto modo le envidiaba, si salía quería decir que tenía con quién hacerlo. Ella no podía salir de la villa si no iba acompañada por uno de sus habitantes. Al fin y al cabo, no tenía nadie más con quien quedar.
            Aquel año aprendió muchas cosas sobre los vampiros. Se dio cuenta de que había muchos tópicos sobre ellos, y de que la mayoría eran falsos. También descubrió que los vampiros podían comunicarse entre ellos, hablaran la lengua que hablaran.
            También comprobó que el azúcar era un sustituto de la sangre. A Luca y Angelo solía verles mordiendo algún caramelo de vez en cuando o chupando una piruleta, sobre todo a Angelo. Y entendió por qué en el hospital comía tantos dulces. A Andrea, en cambio, no parecía afectarle demasiado la sed. Desconocía si entre viaje y viaje mordía a alguien o si tenía pareja a la que morder, pero nunca le había visto tomando aquel sustituto para calmar su sed.
            Ella tampoco solía comer muchos dulces por ese motivo. Le gustaban, pero no especialmente; y nunca tenía sed. Angelo había tratado de explicarle en un par de ocasiones lo que se sentía cuando deseabas la sangre. Entonces, se había dado cuenta de que nunca había experimentado nada parecido. Lo contaba todo de una forma tan dramática... que intentaba compararlo con las veces que ella pasaba mucha sed durante los entrenamientos, pero se daba cuenta de que no había ni punto de comparación.
            Otra cosa que también le llamaba la atención era que los vampiros con los que convivía no parecían envejecer nunca. Y ella, en cambio, crecía como lo haría cualquier humano. Andrea le explicó que cada vampiro se desarrollaba de una forma diferente. Y que, mientras alguien podía pasarse un siglo estancado en el mismo año, otro podía estar solo dos. Pero le aseguró que, terminada la adolescencia, el proceso se  ralentizaría e incluso se detendría, como les pasaba al resto de los de su especie.
            Pasó un buen año, aburrido, pero bueno al fin y al cabo. Por fin, encontró en la villa un lugar estable donde vivir. No la sentía suya, y no se sentía totalmente parte de la familia. Pero, al menos, sabía que no tendría que volver a irse de allí.
            Intentó averiguar más cosas de su pasado, sobre su abuela, y sobre la relación que mantenía con Andrea. Pero cuando preguntaba a Andrea, este hacía oídos sordos. Daba por hecho que no le apetecía hablar del tema.
            Un día, Andrea llegó herido a la villa. Era una herida de espada, y a Cristal le hirvió la sangre de ira al entender que quien se la había causado había podido ser un verdugo. A partir de ese momento, empezó a obsesionarse con los Cazadores de Sombras, aún más. Y, recordando la conversación que mantuvo con Andrea sobre su adiestramiento, tuvo una gran idea.
            En cuanto se curó fue a contársela, ilusionada. Antes no lo había hecho porque no quería alterarlo en su estado y había decidido esperar.
            -Andrea ¿qué tal estás?
            -Hola Cristal, mucho mejor. ¿Cómo estás tú?
            -Yo estoy bien, pero quería preguntarte algo. –Esperó a que él le ofreciera asiento a su lado y siguió. -¿Podrías prepararme para las pruebas de la escuela de las Sombras del Plenilunio?
            -Imposible, apenas quedan tres meses. –Respondió él,  incorporándose en el sofá donde estaba sentado.
            -Eso no importa. Llevo años entrenándome contigo, ahora solo tendrías que enseñarme lo específico para esas pruebas. Será fácil, ya tengo una base, solo tengo que perfeccionar...
            -Tienes más que una base. –La cortó él. –Pero no sé si es una buena idea. Eres muy joven, tan solo tienes dieciséis años.
            -¿Cuántos tenías tú cuando te graduaste?
            -Algunos cientos más que tú...
            -Mejor dicho, ¿cuántos aparentabas? –Siguió insistiendo ella. Y, como no respondió, supo que había acertado. –Por favor, ¿para qué me sirve el entrenamiento diario que hago?
            Andrea pareció meditar unos instantes la petición de su pupila. Y, al cabo de un tiempo, asintió.
            -Está bien, entrenaremos para las pruebas de diciembre. Pero tendremos que empezar ya.
            -¿Ya? ¿Ahora? –Se extrañó Cristal.
            -Sí, tenemos que empezar ahora mismo, no tenemos apenas tiempo. Ve y ponte ropa cómoda para entrenar.
            -Así estoy bien, estoy cómoda.
            Andrea se levantó y fueron juntos al jardín, al mismo lugar donde solían entrenar. Él le lanzó una de las espadas de madera y empezaron a luchar.
            Cristal se defendía de sus golpes como podía, agarrando de vez en cuando su arma con las dos manos, para aguantar la tremenda fuerza de sus embestidas. Entonces, Andrea le gritaba <<¡¿Qué clase de estilo es ese?!>> Y ella tenía que soltar una mano para mantener la figura que él le había enseñado.
            Sus movimientos, como siempre, eran elegantes y rápidos, muy rápidos. Si perdía la concentración, él le gritaba para que volviera a centrase. Y ella ponía de nuevo  todos sus sentidos en el combate.
            Cuando Andrea parecía cansarse de combatir, aplicaba un poco más de fuerza a los mandobles de su espada de madera.  El arma de Cristal acababa volando por los aires, y ella quedaba completamente desarmada. Después de que eso ocurriera en varias ocasiones, acabó derrumbada y se dejó caer sobre la hierba. Entonces, Andrea dio por finalizado el entrenamiento.
            Nunca había combatido tanto y tan en serio con él. Y, aunque estuviera agotada, cuando volvió a su cuarto para darse una ducha, no le importó, porque estaba feliz por saber que lo que hacía serviría para algo. Para entrar en la escuela de las Sombras del Plenilunio.
            Al día siguiente, amaneció con un gran dolor en el brazo derecho. Pero tampoco le importó. Se levantó sonriente y acudió al encuentro de Andrea, entusiasmada.
            Él la esperaba, como siempre, con una espada de ensayo en cada mano. Con esa pose que revelaba que estaba seguro de sí mismo, y con la expresión serena. Ese día, el protector peleaba con más fuerza que la víspera. Pero eso solo consiguió que Cristal sintiera una motivación extra que la empujaba a dar lo mejor de ella.
            Después de varios días practicando sin descanso, Anthony la pilló por banda en uno de los pasillos de la casa, y Cristal recordó entonces que hacía más de tres días que no acudía a sus clases.
            -Buenas tardes, Cristal. Hacía mucho que no nos veíamos. –Le comentó cruzando los brazos ante el pecho.
            -¡Anthony! Lo siento, verás, es que estos días he estado muy ocupada con Andrea porque...
            -Sí. –La hizo callar él con un gesto de la mano. –Me lo ha contado, quieres presentarte a las pruebas de diciembre. No tengo nada en contra, pero no puedes dejar de estudiar, vamos muy atrasados con el curso. Deberías centrarte más, las pruebas puedes hacerlas otro año, cuando hayas terminado tus estudios.
            -¿Terminar los estudios? –Preguntó Cristal, abriendo mucho los ojos y estirando los brazos. –Anthony, ¡por favor! Eres tú quién decide cuándo termino mis estudios, no me estoy preparando para ningún tipo de examen, solo para los que me haces tú y no creo que eso...
            -Si lo que piensas es que no te servirán de nada, te equivocas. Ahora mismo tienes mucho más nivel que la mayoría de los jóvenes de tu edad.
            -¿Cómo lo sabes?
            -Porque fui profesor. Es más, aunque estoy retirado,  estoy pensando en volver a la enseñanza. –Observó con satisfacción la cara de sorpresa de Cristal y continuó. –Hay muchas cosas que aún te quedan por aprender... Bien, el caso es que no puedes dejar las clases de lado, tienes que sacar tiempo de donde sea.
            -Por las tardes podría estudiar, pero no sería a una hora fija, nunca sé cuando empiezan y cuando terminan mis entrenamientos. –Contestó Cristal, cediendo.
            -Yo, por las tardes, no puedo. Además,  no podría estar toda una tarde esperando para darte una clase. Tengo una vida ¿sabes? –Le dijo sonriente. -¿Por qué no le pides a Luca que te ayude durante una temporada? Le diré lo que estamos dando en cada asignatura y él te  dará las clases por mí. Por las tardes se le ve muy aburrido y, además, le vendrá bien repasar sus conocimientos.
            -¿A Luca? No...No creo que sea buena idea. No le veo con ganas de querer enseñarme nada.
            -Voy a buscarlo. –Dijo, ignorando por completo su comentario y dándose la  vuelta con un gesto a modo de despedida.
            Esa noche alguien tocó la puerta de su cuarto. Se acababa de acostar, y aún estaba despierta. El dolor de los brazos no le permitía encontrar una postura que le ayudara a descansar.
            Se incorporó, encendió la luz e invitó a pasar a quién quiera que fuera.
            -Ya me iba a ir, pensaba que estabas dormida. –Murmuró Luca, cerrando la puerta tras él y apoyándose en esta con aire despreocupado. –Me ha preguntado Anthony si podría darte clases... quería hablar contigo de eso. –Fue directo al grano al darse cuenta de que ella estaba metida en la cama y con intención de dormir, si es que no la había despertado. –Pero puedo esperar a mañana.
            -No, no. No estaba dormida, no te preocupes. Y respecto a lo de darme clases... no tienes por qué hacerlo. Anthony propuso que podías enseñarme tú, yo le dije que no ibas a tener ganas... y, en resumen, no me escuchó. Así que mañana hablaré con él y cambiaré el horario de mi entrenamiento o qué se yo...
            -No me molesta darte clases. –Murmuró él.
            -¿Ah no?
            -No, la verdad es que últimamente no tengo muchas metas ni objetivos en mi vida. Me vendrá bien ser constante en algo. –Contestó Luca con sinceridad.
            -Está bien, ¿mañana empezamos, pues?
            Él asintió y, tras escuchar las ``gracias´´ que le dirigió Cristal, volvió a dejarla sola en su cuarto para que pudiera descansar.
            Las siguientes semanas fueron lo contrario al aburrimiento para ella. No tenía ni un minuto para descansar. Por la mañana, se levantaba tarde porque estaba agotada. Comía y, por la tarde, entrenaba con Andrea. Después de cenar, o al anochecer, estudiaba con Luca. Y, como se acostaba tarde y muy cansada, al día siguiente volvía a levantarse tarde.
            Cuando Andrea se fue de viaje un mes antes de las pruebas, Cristal se alarmó. Hacía ejercicios con él que no podía practicar con nadie más, por ejemplo el del instinto.
            Un día la sorprendió diciéndole que no iba a practicar más esgrima. Se puso detrás de ella y le vendó los ojos.
            -Para trabajar la mente y el instinto vas a tener que seguir mi voz. Así, además, desarrollarás el oído, el tacto y el olfato. Para entrar en las Sombras del Plenilunio es imprescindible tener instinto. Por eso, es fundamental que antes de diciembre hayas aprendido a realizar este ejercicio sin hacerte ningún rasguño.
            -¿Solo seguirte? Parece fácil. –Comentó Cristal.
            -Me sorprende tu confianza en ti misma. Mejor será que la tengas, porque lo cierto es que no será una prueba fácil. Tendrás que seguirme a través del bosque. Yo gritaré ¡aquí! Y no disminuiré mi ritmo en ningún momento, pero cada vez hablaré con menos frecuencia. ¿Está claro?
            -Por lo que has dicho ahora, parece más difícil. –Murmuró Cristal, preparándose.
            El ejercicio empezó, y Cristal caminó a ciegas guiándose por la voz del protector. Alzó las manos para tantear a su alrededor y evitar  chocarse con cualquier posible obstáculo. Procuraba caminar sin levantar demasiado los pies del suelo, para no tropezar. Eso la hacía ir mucho más lenta, y por eso llegó un momento en el que temió perderlo. Tuvo que detenerse más de una vez. Pero, cuando escuchaba el crujido de alguna rama, se dirigía hacia allí. También se detenía cuando sus manos rozaban la rugosa corteza de los árboles. Cuando eso ocurría,  palpaba el obstáculo y lo rodeaba, tanteando el suelo, casi arrastrando los pies.
            Siguió caminando en medio de la oscuridad que le proporcionaba el pañuelo y reprimió un gemido cuando sintió que se arañaba el brazo izquierdo con una especie de rama espinosa. Se había enganchado la piel y, cuanto más tiraba, más se le desgarraba. No quería insistir, pero comprendió que no podía liberarse de la rama con la otra mano, porque para ello tendría que tocarla, y entonces se engancharía con esa mano también. Escuchó la voz de Andrea más lejos de lo que le hubiese gustado, y dio un tirón con el brazo izquierdo para despegarse de la rama.
            No supo decir cuánto tiempo estuvieron así, él gritando cada poco tiempo y ella tropezándose con todo lo que se le ponía por delante. Cada vez le costaba más caminar, porque Andrea hablaba con menos frecuencia. Y se ponía nerviosa al pensar que podría no seguirlo bien y no ser capaz de cumplir su objetivo final. Pronto se olvidó de guiarse por el resto de sus sentidos y dejó de importarle ir arañándose con todo lo que había a su alrededor. Cuando se caía, ni siquiera se lamentaba por ello. Aunque se hacía daño, dejó de preocuparse. Solo se limitaba a levantarse y a detenerse unos instantes para tratar de escuchar algún ruido que le indicara la dirección hacia la que se dirigía Andrea.
            Después de una angustiosa media hora, oyó a Andrea  muy cerca de ella.
            -Basta ya, puedes quitarte la venda.
            Cristal agradeció poder deshacerse del pañuelo. Estaba en medio del pinar. Se miró las manos. Las tenía sucias y llenas de pequeñas heridas. Tenía varios rasguños en los brazos, y las rodillas ensangrentadas.
            -Lo he conseguido. –Murmuró, con una sonrisa en los labios.
            -¡No, para nada! ¿Tú te has visto bien? –Le gritó Andrea, estresado. –Se trataba de guiarte por tus sentidos, para que tu instinto te ayudara, y llegases sin el más mínimo rasguño. Pero vas hecha una pena. El objetivo no era llegar, se trata de cómo llegas. ¿Entiendes?
            Cristal iba a decir que lo había comprendido, pero él sacudió la cabeza, frustrado.
            -Es tu primera vez, comprendo que no lo hayas hecho bien. La próxima será mejor. Ahora sácame del pinar, haciendo exactamente lo que te he hecho yo. Me guiaré por tu voz y te enseñaré cómo hacerlo.
            Fue increíble. A pesar de ir con los ojos tapados, seguía moviéndose con la misma elegancia de siempre. No se chocó ni tropezó con nada, en ningún momento, ni una sola vez. Cristal le miraba con adoración, fascinada.
            Siguió practicando aquel ejercicio durante varios días con él. Y, aunque lo había mejorado, no se acercaba, ni de lejos, a lo que podía hacer Andrea.
            Cuando se marchó, le aconsejó que se entrenara pero que no se fatigara demasiado. Y le prometió que volvería en un par de semanas para que pudiesen entrenar juntos algo más, antes de la prueba.
            El mismo día que practicó el ejercicio con el protector, acudió a estudiar por la noche con Luca. Ni siquiera fue a ducharse antes. Habían terminado bastante tarde, cuando ya era de noche. Entró en su cuarto para coger un par de libros con los que estaban trabajando, y caminó en busca de su amigo.
            Lo encontró sentado en su escritorio. Se levantó cuando la vio entrar para que se sentara junto a él, pero Cristal pasó a su lado sin ni siquiera mirarle. Dejó caer los libros sobre el sofá y se tiró a la cama, exhausta. Tenía suficiente confianza con Luca como para saber que aquello no le importaría.
            -¿Qué te ha pasado? –Le preguntó, caminando hacia ella.
            -El entrenamiento... –Murmuró entre quejidos.
            Luca le echó con cuidado las piernas hacía un lado y se acomodó junto a ella.
            -Daremos la clase aquí, pues. -Cogió uno de los libros del sofá y lo abrió más o menos por la mitad. Empezó a hablar, le leyó uno de los apartados del tema de arriba a abajo, sin trabarse ni una sola vez, dándole entonación, y sin alterar su suave tono de voz.
            Cristal cerró los ojos porque le costaba mantenerlos abiertos. Y Luca no se dio cuenta de ello, ya que estaba concentrado en lo que leía. Su voz sonaba tan dulce y melodiosa que no tardó en dejarse envolver por sus palabras y quedarse medio dormida, entrelazando lo que le narraba Luca con imágenes sin sentido.
            -Eh, Cristal. –Le murmuró, bajando aún más su tono de voz. – Eh, ¿te has quedado dormida? Vamos, antes de dormir deberías limpiarte todo eso. –Le dijo, señalándole las rodillas.
            -Me da igual... déjame dormir. –Gimió, agotada.
            -Si no te limpias eso. –Dijo señalando la sangre reseca y la suciedad de sus rodillas de nuevo. –Se te infectará.
            -Tienes razón. –Acabó sonriéndole ella mientras se incorporaba. –Será mejor que antes de nuestra clase me limpie un poco. Además –Añadió burlona. -No quiero despertar en ti la necesidad de ser tú quién se encargue de limpiar mi sangre.
            -Esa necesidad despertó hace ya tiempo, desde que decidiste entrar ensangrentada en esta habitación.
            -¿En serio? ¿Encuentras este olor agradable? A mí me parece vomitivo.
            -Una vampiro a la que no le gusta el olor a sangre. ¡Es antinatural! –Le dijo él sorprendido, aunque hacía tiempo que sabía que eso le ocurría a su amiga.
            -En realidad... –Empezó Cristal mirando hacia otro lado. –No todas los olores de sangre me resultan desagradables... –Siguió indecisa. –El tuyo me gusta.
            Luca frunció el ceño mientras reía. Al parecer, le había hecho gracia, pero Cristal lo decía muy en serio, y acabó dándose cuenta.
            -Ya puestos a confesarnos, -Se atrevió a decir Luca. –El olor de tu sangre me resulta mucho más intenso que el de los demás.
            Cristal no supo qué decir. Todavía seguía medio dormida y seguramente al día siguiente vería aquello como un sueño confuso.
            -Eso quiere decir que yo no soy del todo rara... y que tú lo eres más de lo te pensabas. –Dijo, por fin, levantándose y dirigiéndose a la puerta. –Es muy tarde, y no creo que tengas ganas de esperar a que me duche y me cure las heridas...
            -No me importa esperar, pero no quiero ver cómo después te quedas dormida mientras te leo un apartado del libro.
            Cristal se echó a reír, y se despidió de él dándole a entender que no iba a volver aquella noche. Llegó a su cuarto, se duchó, se limpió las heridas y se durmió recordando la voz del vampiro.

Era curioso, no recordaba ninguna de sus palabras, pero sí recordaba a la perfección su voz, una voz dulce, melosa, envolvente...

13 mar. 2014

Conoces los siete pasos

15. Conoces los siete pasos

            Durmió de un tirón hasta que la despertaron un poco antes de la hora de la comida. Volvió a ponerse uno de los vestidos que llevaba en la maleta y, después de lavarse y desenredarse el pelo a conciencia, decidió dejárselo suelto.
            Acompañada de Luca, bajó al  salón hasta el que los guiaron. Él llevaba otra de sus camisas blancas,  ligeramente entreabierta, y unos pantalones negros.
            Aquel día  no los anunciaron, pero la gente que estaba sentada alrededor de la mesa los miró de la misma forma que el día anterior. Uno de los miembros de la corte, el que presidía la mesa, les hizo un gesto para que se sentaran a su lado.
            La comida no fue agradable. La gente que se había sentado a su alrededor seguía con las mismas aburridas conversaciones del baile, y Cristal fingía que se interesaba por lo que le contaban.
            Estuvieron hasta bien entrada la tarde allí. Cuando se retiraron, y ya se encontraban de vuelta por el pasillo principal, Gairel se les acercó. Estuvieron un rato hablando, manteniendo una conversación neutra, en la que ninguno tenía que fingir.
Les ofreció dar un paseo por el patio del palacio, pero Luca se negó, quería descansar un rato antes de la cena. Al principio, Cristal también se resistió a acompañarle, pero acabó aceptando la invitación. Al fin y al cabo, era la única persona normal de allí, exceptuando a su acompañante.
Salieron del palacio y lo recorrieron por fuera, caminando por debajo de los pórticos y las terrazas. Descubrió que Gairel era un joven alegre y muy educado. No hablaron de sus familias, ni de nada por el estilo. Pasaron así casi todo lo que quedaba de tarde. Después, Cristal volvió a sus aposentos y se cambió de ropa para la cena.
Pasó unos días más cambiándose de ropa a todas horas y llevando peinados impecables hasta que volvieron a la Tierra. Casi pudo lograr olvidar el pequeño problema que tenía con la sangre de Luca. No volvió a sangrar en su presencia, y ella no volvió a sentir aquel turbador aroma.
 En esos días, pudo conocer más a fondo a Gairel. Era un muchacho encantador con el que podía hablar con facilidad. Le gustaba dar largos paseos por los jardines con él, escuchando lo que le contaba y riendo con las bromas que hacía. Como ya había supuesto, no era muy arrogante. Quizá tuviera ese punto de superioridad que caracterizaba a todos los nobles con los que había tratado, pero nada comparado con el resto.
Ni siquiera le dijo cuáles eran sus apellidos, a ninguno de los dos les importaba realmente. Pasaron unos días estupendos. Comparadas con las charlas que mantenían durante todas las comidas y todas las cenas con los aristócratas, los ratos que pasaban juntos le parecían auténticos recreos.
Podían hablar durante horas sin que ninguno de los dos se cansara o se decidiera a despedirse.
Cuando llegó el momento en que debían volver a la Tierra, ambos sabían que quizá no volviesen a coincidir nunca. Pero Gairel le prometió que volverían a verse. Sabía que era una formalidad, pero Cristal deseó que fuera verdad.
Volvió a ponerse la ropa con la que había llegado y se acomodó en el asiento del carruaje, frente a Luca. Había sido una semana agotadora, y sabía que el viaje lo sería aún más.
El viaje de vuelta transcurrió por los mismos lugares que lo hizo el de ida. Pararon en las mismas posadas, y el último día llegaron, de noche, a la villa. Alina salió a recibirles, le dio un beso a su hijo y se acercó a Cristal. Le preguntó cómo había ido el baile.
-Ha sido una auténtica tortura, todos son tan falsos.... –Dijo, frunciendo el ceño.  –Pero la ciudad era preciosa, ¡el primer día vimos una cascada enorme!
-¿Tú también la viste, Luca?
-Claro, era espectacular.
-Había una zona en la que varias cascadas caían hacía el mismo lago. El agua estaba helada, pero mereció la pena, era un sitio precioso. –Siguió contando Cristal.
-¿También te gustó nadar en aquel lago helado? –Le preguntó a Luca mientras entraban en la casa.
-No estuve allí. –Respondió Luca sereno.
-¿Fuiste tú sola? –Le dijo Alina extrañada.
-Fui con un amigo que conocimos en el baile. Luca es un vago y no quiso acompañarnos. –Le dirigió una mirada divertida pero inquisitiva al joven.
No hicieron ningún comentario más, entraron en la villa y lo primero que hizo Cristal fue darse una ducha y ponerse ropa cómoda.
Le dijeron que Andrea y Lia habían bajado a la ciudad. A Angelo lo encontró en su cuarto. La saludó como si no llevaran más que un día sin verse y, en realidad, habían sido casi tres semanas, el mayor tiempo que habían pasado separados desde que se habían conocido.
No se molestó en preguntarle siquiera qué tal estaba. Cristal frunció el ceño y avanzó hacia él, algo molesta. Se sentó a su lado y, tras unos segundos de compartir una mirada, Cristal le agarró del pelo y estiró hacia atrás. Angelo dejó escapar una exclamación de sorpresa y dolor.
-¿Qué haces? –Le gritó, llevándose las manos a la cabeza para deshacerse de la de la joven.
-¿Llevamos tres semanas sin vernos y lo único que se te ocurre es ``qué haces´´? –Le gritó,  aparentemente enfadada.
-¡No sabía que había pasado tanto tiempo! –Intentó deshacerse de la mano que le tiraba del pelo, pero como no lo conseguía buscó la cabellera de Cristal y le estiró también. –Ahora me sueltas y te suelto.
-¡Suéltame tú primero!
Siguieron peleándose durante un rato y después Cristal fue a deshacer las maletas. Cogió todos los vestidos que ya estaban limpios y los que no había usado, los metió en una caja y los dejó en la parte de abajo del armario. El vestido del baile lo colgó en una percha y lo metió con el resto de su ropa, le daba pena arrugarlo como los demás.
Cuando Andrea apareció,  le dio dos besos y la abrazó, felicitándole. Ni siquiera se había acordado durante el viaje de que era su cumpleaños. Cuando era pequeña aguardaba con impaciencia su cumpleaños porque Andrea siempre la visitaba en aquellas fechas. Pero entre las reuniones y las comidas con la corte no había tenido tiempo de preocuparse por esas cosas.
Cuando le dijo que tenía razón, que aquellas personas eran engreídas y arrogantes, Andrea rió entre dientes. <<Te avise>> le dijo burlón, y le confesó que se alegraba de que supiese ver cómo eran de verdad las cosas que giraban en torno a la corte.
Le preguntó por qué sentía tanto odio hacia la corte, pero Andrea solo le decía lo que ya sabía de ellos. Y Cristal intuía que había algo más, le conocía demasiado bien para saber que no quería hablar del tema y que le ocultaba algo.
Durante los siguientes días estuvo hablando mucho con Andrea. Cristal se acordaba de datos sueltos de las misiones de las que él le había hablado cuando era pequeña, pero al ser tan joven no le había contado todos los detalles. Le volvió a preguntar por aquellas misiones y, según le iba hablando de ellas y de las historias de la gente a la que intentaba salvar, su odio hacia los Cazadores de Sombras iba creciendo.
Se quedaba horrorizada con las cosas que le contaba y la sangre le hervía.
Andrea quería prepararle una fiesta a Cristal para celebrar su decimoquinto cumpleaños, pero ella se negó. Después del baile no quería celebrar nada en mucho tiempo, aquella experiencia la había agobiado demasiado. Así que solo bajaron a la ciudad a tomar un helado.
Un día, llegó a la villa una carta de Gairel. Les invitaba a ella y a Luca a pasar unos días en la Ciudad de las Lluvias. Al leer la carta se emocionó tanto que, aunque acababa de despedirse de Luca y este había ido a darse una ducha después de su entrenamiento, fue corriendo en su busca.
No se molestó en tocar la puerta y entró a toda prisa en su habitación. Escuchó una exclamación de protesta de Luca por haber entrado sin llamar, pero vio que estaba con una toalla y que todavía no había entrado a la ducha, así que no le dio importancia y procedió a anunciarle las nuevas.
-Ha llegado una carta de Gairel, nos invita a pasar unos días en la Ciudad de las Lluvias. –Esperó a que Luca dijera algo, pero como no respondió siguió. –Vendrás, ¿verdad?
Luca se rehízo el nudo de la toalla, pensativo. Miró al techo y se pasó una mano por el cabello mientras resoplaba.
-¿Has oído hablar de los siete pasos, Cristal? –Le preguntó, alzando las cejas.
-¿Qué? ¡No digas tonterías! –Estalló Cristal. -Él no tiene nada que ver con la corte.
-¿Por qué estaba invitado al baile sino? Vamos, piensa un poco, lo de invitarte a su casa es uno de los pasos. –Exclamó, intentando convencerla.
-No es verdad, tú también estás invitado. –Protestó ella.
-Piensa que somos pareja. –Explicó él.
Cristal no supo qué responder, era absurdo. Gairel no tenía nada que ver con los aristócratas arrogantes que habían conocido y que sí podían intentar llevar a cabo los siete pasos.
-Bueno. –Dijo Cristal, cansada. -¿Vendrás?
-No lo sé. No me apetece mucho ser testigo de cómo te manipula esa gente.
-¿Esa gente? ¡Solo estamos hablando de Gairel! Sabes cómo es, le conoces.
-No, no le conozco. –Respondió Luca cortante. –Y no tengo interés en hacerlo, es como los demás, y tú no te das cuenta porque no quieres ver más allá de su sonrisa y su cara de niño pijo.
-¿Qué? –Exclamó Cristal, indignada.
Se exasperó y decidió seguir con esa conversación en otro momento. No comprendía la actitud de Luca. Si seguía hablando con él acabaría gritando, y no quería perder los nervios.
Salió de su habitación dando un portazo y caminó de vuelta a la suya. ¿Por qué tenía que ser así? Habían estado bien entrenando juntos durante la tarde. Era muy divertido y parecía comprensivo, como su hermano. Nunca habría imaginado que fuese tan negado, ¿a qué había venido ese pronto? Bueno, le daba igual, el caso era que Gairel le había invitado a pasar unos días con él, y no iba a desperdiciar la oportunidad.
Pensó en hablar con Andrea, pero se iba aquella noche de viaje de nuevo y, por otra parte, podía pensar como Luca, así que se contuvo y no le comentó nada. Acarició la idea de hablar con Alina o con Anthony pero, aunque los dos la fueran a entender, no le pareció buena idea, y no sabía decir por qué.
Al final buscó a Lia. Los últimos días pasaba mucho tiempo en la capital. Cristal sospechaba que se veía con algún chico, pero no se atrevía a preguntárselo.
Tocó su puerta, escuchó su voz desde dentro, y entró. Había tenido suerte, aún no se había ido.
-¿Tienes unos minutos?
-Claro, pasa. ¿Qué ocurre? –Se interesó Lia.
-Verás: en el baile, Luca y yo conocimos a un chico con el que parece ser que él no se lleva muy bien, pero que a mí me parece muy buena persona. –Hizo una pausa, se dio cuenta de que se iba por las ramas. –El caso es que me ha escrito una carta para que vaya a pasar unos días a su casa, a la Ciudad de las Lluvias.
-Fantástico. –Murmuró ella. -¿Y tú quieres ir?
-¡Claro que sí!
-¿Entonces, cuál es el problema?
-Alina y Anthony no creo que me prohibiesen ir... Pero se lo dirían a Andrea... y él es... como mi hermano mayor. Bueno, no. Tú eres como mi hermana mayor, a él lo quiero como si fuera mi padre. No sé cómo explicarlo. Tengo con él la confianza que tendría con un amigo, me siento protegida como si fuera mi hermano, pero le tengo el respeto que le tendría a mi padre. ¿Entiendes?
-Sí, él se ha hecho cargo de ti durante todos estos años. Supongo que no es una gran figura paternal, siempre está de un lado para otro. –Respondió Lia, intentando comprender a Cristal. –Y aunque confíes en él te da miedo decírselo porque temes que no apruebe tu relación con él.
-¡No! Yo no tengo nada con Gairel aparte de amistad. Es solo que... es un aristócrata, no sé de qué familia, no me lo dijo, y por eso sé que no es como los demás, pero creo que Andrea no lo vería buenos ojos.
-Comprendo, lo dices por su obsesión con los nobles que tienen relación con la corte. –Entendió, al fin. –Si tú quieres ir ve, no veo nada de malo en ello, y a veces es verdad que Andrea tiende a calumniar a todos los nobles, a pesar de que él sea uno... –Suspiró Lia. –En fin, ve. Andrea está fuera, no les pidas permiso a Anthony y a Alina, simplemente despídete de ellos. Cuando vuelvas, ya haremos algo para que Andrea no llegue a enterarse de que has ido o para convencerle de que no había peligro.
-Gracias, Lia.
-No hay de qué. ¿Necesitas algo más? ¿Quieres que te acerque a la ciudad cuando te vayas?
-No, no es necesario. Cogeré un taxi. –Iba a irse pero se dio la vuelta. –Luca también tiene muchos prejuicios. ¿No?
-¿Luca?... Luca piensa lo mismo que Andrea, comparten los mismos ideales; pero Andrea, al ser protector, lo manifiesta más y él, al tener la sangre fría que tiene, lo oculta mejor. Pero nunca ha sido tan radical como su hermano. Menos mal. –Añadió con un gesto de alivio.
Se despidió de ella y volvió a su habitación para hacer las maletas. Se iría al día siguiente, para asegurarse de que en su viaje no se cruzaba con Andrea por casualidad. Preparó una maleta con la ropa que llevaría. Camisetas, pantalones y zapatillas. Ni un solo vestido, ni un solo zapato con tacón.
Después de cenar, recibió la visita de Luca. Le iba a acompañar. Se sentía mal por haberse puesto así antes, pero no se arrepentía de lo que había dicho. <<Solo voy para evitar que hagas tonterías>> Le dijo. <<No voy porque ese tipo me caiga bien, sigo pensando que es tan falso como los demás>>
Cristal iba a replicar, pero decidió no crear una discusión y quedarse con el hecho de que iba a viajar con ella. Le preguntó si le parecía bien irse al día siguiente, y él le respondió que cuanto antes se fueran antes volverían. También pasó por alto aquella hostilidad. ¿Dónde estaba esa sangre fría de la que hablaba su hermana mayor?
El viaje fue más corto que el que hicieron a la Ciudad de las Aguas. O así se lo pareció a Cristal, que quizá viajando con ropa más cómoda y a sabiendas de que se lo iba a pasar mejor que la última vez que había salido de viaje, acogía con resignación e ilusión el trayecto a recorrer y la hora de la llegada.
Al pasar por el hospital, no pudo evitar echar una ojeada. Hacía tan solo unos meses había estado viviendo allí, en lo que ahora era un mero esqueleto de escombros calcinados. Se estremeció. Allí podían haberse quedado los cuerpos de otros residentes. Algunos, muertos bajo la espada de un Cazador de Sombras y otros, asfixiados por los gases tóxicos o envueltos en las llamas del incendio.
Dejó de pensar en aquello. Imaginarse a un Cazador de Sombras le hacía experimentar una extraña sensación, una mezcla de odio, rabia e impotencia. No le era agradable experimentar aquello, por eso miró hacia otro lado.
Cuando llegaron, a Cristal se le dibujó una sonrisa en el rostro. Distinguió la figura de Gairel a lo lejos. Estaba en el pórtico de lo que parecía ser una casa de campo. Estaba lloviendo, como solía suceder casi siempre allí. <<La gente que le puso los nombres a las ciudades tenía muy claro el concepto ``definir en un par de palabras ´´>> Pensó Cristal acordándose de la Ciudad de las Aguas, de la de las Tinieblas y de la que visitaban en aquellos momentos.
Luca se asomó por la ventanilla también. Al ver a Gairel se le escapó una risita que intentó disimular.
-¿Qué? –Le preguntó Cristal,  entornando los ojos.
-Nada, solo que me gusta su ropa. –Respondió Luca, aparentemente serio pero con un tono irónico en sus palabras.
Volvió a asomarse para mirar al muchacho. Llevaba un traje parecido al que había llevado en el baile, o a lo largo de la semana que habían estado en compañía de la corte. Pensaba que siempre iba tan arreglado porque así lo exigía el protocolo, por la misma razón que ella iba con vestidos.
Se bajó del carruaje, emocionada, y caminó hacía él. Se inclinó para abrazarle pero, antes de que pudiera hacerlo, le cogió la mano y se la besó como había hecho otras veces, aunque ella había pensado que era por no llamar la atención en aquel ambiente tan elegante.
-Vaya, estás empapada. –Murmuró, mirándola de arriba abajo. –Pasa, te enfriarás.
Esperó a que llegara Luca, con las maletas, para saludarle y entraron a la casa tras ella.
Cristal estaba dentro, admirando la altura del techo y los muebles que adornaban la estancia. Las paredes eran igual de blancas que la fachada, y parecía una casa muy acogedora.
Iba a hacer un comentario sobre lo bonita que le parecía su casa, pero Gairel se apresuró a guiarles hasta el segundo piso y les enseñó sus cuartos. Cuando volvieron a salir de las habitaciones pudieron ver a una doncella que llevaba algunas toallas al cuarto de baño. No era tan extraño que tuviera una doncella, al fin y al cabo en la villa también había personal encargado del mantenimiento del hogar.
Les condujo hasta el salón, donde había una preciosa chimenea y varios sofás que parecían ser muy cómodos. Les sirvió un refresco y charlaron durante un rato, como solían hacer siempre. Pero Luca se mantenía distante, solo hablaba cuando le preguntaban algo, y el resto de la conversación la pasaba fingiendo que escuchaba.
La comida fue un rato después de que llegaran. Cristal seguía alegre, volviendo a conversar con él de temas sobre los que ya habían hablado. Pero no le importaba, estaba tan a gusto con su compañía que no se molestaba en pararse a pensar si estaba repitiendo varias veces lo mismo.
Luca sí se daba cuenta de ese detalle y, de vez en cuando, suspiraba y desviaba la vista hacia otro lado, cansado y aburrido. Cristal notó el gesto un par de veces, pero decidió no darle importancia. Estaba claro que el vampiro no quería estar allí, pero ella no le había obligado a ir.
Durante la tarde, estuvieron un rato en el porche. Llovía, el cielo estaba gris y no tenía pinta de que fuera a amainar, así que se quedaron en la casa, contemplando cómo caía la lluvia.
Luca se mostró frío un par de veces, incluso fue borde con su anfitrión. Cristal no quiso decirle nada delante de Gairel, pero tenía pensado hablar con él muy seriamente. El pobre muchacho no había hecho nada que pudiese enfadarle de esa manera  y, sin embargo, cada vez que hablaba, Cristal podía sentir cómo se irritaba Luca.
Le importaba bien poco su relación con Gairel. Pero este se había ofrecido a acogerle en su casa durante unos días. Le iba a proporcionar cobijo y comida, y le parecía mal que después de eso siguiera teniendo prejuicios hacia él.
Decidió que por la noche hablaría con él. No quería que Gairel se sintiera mal y, si seguía así, Luca podía llegar a  conseguirlo.
Entró en su habitación sin tocar la puerta, intentando provocarle; que notara el gesto y que le preguntara por qué no era más educada, para después ella poder responderle que por el mismo motivo que él no era educado con Gairel. Pero ese no era su estilo, y además nada de eso ocurrió. Tan impasible como siempre, Luca levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y la miró con sus ojos ya cansados de leer.
-Oh, adelante, puedes pasar. –Le dijo, sarcásticamente, cuando ya estaba dentro.
-¿Te molesta? –Le preguntó ella, intentando encaminar la conversación hacia sus prejuicios sobre el noble.
-No. –Dijo Luca solamente. -¿Qué quieres?
-Saber qué te ha hecho Gairel.
-No sé por qué, pero me lo imaginaba. Bien, seré breve;digamos que él es justo el tipo de persona de la que mi hermano intenta protegerte. Sé lo que le hacen a la gente y me da rabia que eches por tierra lo que mi hermano ha conseguido en siete años. Así de simple. –Le dijo Luca, sosteniéndole la mirada.
-¿Y qué es lo que ha conseguido, si se puede saber?
            -Veamos... –Empezó, con el mismo tono burlón. –Oh, sí, ya me acuerdo. Primero te salvó de una muerte segura, luego... ocultó tu identidad para seguir protegiéndote de los Cazadores de Sombras y sobre todo de esos bailes que tanto te gustan. –Hizo una pausa y miró al techo, pensativo, antes de volver a mirarla. –Ah, si no hubiera ocultado tu identidad ahora serías un títere de la corte. ¿Sabes? también se ha hecho cargo de ti durante todos estos años. Y teniendo en cuenta el instinto paternal o fraternal de mi hermano...
            -Andrea es un gran hermano, os quiere mucho a Lia, a Angelo y a ti. Y sobre todo a ti. –Le interrumpió ella.
            -Lo que quiero decir es que Andrea es un protector, no un hermano, ni un hijo ni un padre. A ti te parece que exagero porque no conocías a Andrea antes de que te trajera a casa pero, créeme, a todos nos extrañó que quisiera hacerse cargo de ti. Apenas tenía trato con la familia, ni siquiera vivía con nosotros. Sabíamos que nos quería porque él siempre ha sido así y el hecho de que nos visitara un par de veces al año era suficiente para nosotros. Pero, desde que llegaste, cambió completamente. Se mudó con nosotros de nuevo y pasamos de verle dos veces al año a verle varios días cada pocos meses.
            -Vale, Andrea ha dado mucho por mí y tú no quieres que todo lo que ha sacrificado lo eche a perder un noble que me coma la cabeza y consiga justo lo que él quería evitar. –Se acercó a él y le revolvió el pelo sin poderse contener, tenía un mechón que casi no le dejaba ver y sintió la necesidad de echárselo hacía atrás. –Pero Gairel no es como el resto de los estirados de los que me quiere proteger. No le interesa mi apellido, ¡ni siquiera sabía quién era cuándo me conoció!
            -¿Y tú sabes el suyo? ¿Te ha dicho su apellido? –Le preguntó Luca, a sabiendas de que daba en el clavo.
            -No, ya te he dicho que no le importan esas cosas. Y a mí tampoco. Mira, conozco los siete pasos. Andrea me habló de ellos, y estoy advertida. En cuanto empiece a notar que Gairel quiere manipularme con ellos, se acabó. Me cae bien por ser como es, quiero ser su amiga. No tengo muchos amigos. Soy una chica a la que tuvieron encerrada las monjas en el sótano de un orfanato y que ahora vive con la familia de un protector de vampiros. ¿Crees que para mí es fácil hacer amigos? Pues no, y no voy a desperdiciar esta oportunidad. Si es verdad lo que dices y solo quiere utilizarme, entonces te daré la razón y me olvidaré de ser su amiga. Hasta entonces, ¿crees que podrías ser un poco más amable?
            Luca pareció convencido por el discurso y, tras inspirar profundamente,  asintió.
            -Está bien, seré amable, pero no dejaré de advertirte. ¡Solo hay que ver cómo va vestido! Por favor...
            Cristal movió la cabeza y suspiró también. ¿Por qué era tan obstinado?
            Dio media vuelta y volvió al cuarto donde dormiría. Cayó rendida enseguida, porque estaba agotada del viaje. Se acostaba intuyendo que los días que vendrían por delante en aquella casa serían mucho mejores que el anterior. Luca había prometido ser menos borde y aunque Gairel y él no fuesen a ser íntimos amigos, ya era algo.
            El día después de su llegada transcurrió muy tranquilo, casi aburrido para Cristal. Como seguía lloviendo no habían podido llegar muy lejos, y solo habían salido de la casa para ver el jardín y los alrededores. Iban a dar un paseo por la montaña que se extendía detrás de la mansión, pero nada más salir se habían dado cuenta de que con aquel tiempo no se podía ir a ningún lado.
            Por otra parte, Gairel no estaba a gusto si se le mojaba la ropa, lo había dejado bien claro maldiciendo cuando la lluvia les había sorprendido fuera. Cristal le había dicho que solo era agua, pero él había respondido: <<¿Solo agua? Ahora el traje encogerá, y además su tejido es demasiado sensible para lavarlo ¡maldita sea!>>
            Al oír eso, Luca le había dirigido una mirada burlona a Cristal, pero esta había entornado los ojos como advertencia y él tuvo que borrar su expresión de satisfacción.
            Poco a poco, Gairel iba dejando al descubierto su lado refinado. Cristal se dio cuenta de ello, pero no le dio importancia. Por la tarde dejó de llover y Gairel propuso salir a cazar. Luca estalló en carcajadas, y el muchacho lo miró extrañado.
            -¿Qué te hace tanta gracia? –Le preguntó.
            -Que no creo que te haga falta cazar para poder cenar hoy. –Respondió Luca con sencillez.
            -Claro que no, qué tonterías tienes, solo cazaríamos por deporte. –Dijo Gairel encogiéndose de hombros y extendiendo los brazos en un gesto de desconcierto.
            Luca volvió a contener la risa para mirar a Cristal, que había arqueado las cejas.
            -¿Por deporte? ¿Para ti la caza es un deporte? –Preguntó Cristal intentando no alterar su tono de voz.
            -Claro, ¿qué es si no? –Preguntó Gairel, extrañado.
            -Bueno, matar para sobrevivir está bien, es ley de vida, pero matar por placer... no creo que sea un deporte. –Sintió la mirada divertida de Luca e inspiró profundamente. –De todas formas, cada uno puede verlo de la forma que quiera.–Añadió para dejar claro que no le importaba.
            Cuando Gairel decía o hacía algo que sabía que le chocaría a Cristal, Luca sonreía y la miraba divertido. Aquel día les quedó claro a los dos que Gairel no era como la joven se imaginaba pero, cuando por la noche se encontró a solas con Luca, le aseguró que, a pesar de eso, seguía pensando que Gairel no era como el resto de los nobles.
            El tercer día, la imagen que Cristal tenía del muchacho cambió por completo. Por la mañana, le vio gritándole a una de las mujeres del servicio, y no le parecía que esa fuera la forma correcta de tratar a alguien. Antes de que Luca le dijese <<Te lo dije>> habló con él para expresarle su opinión, y Gairel simplemente se disculpó porque hubiese tenido que presenciar aquello. <<No tengo un buen día, y supongo que lo he pagado con la pobre mujer>> Le dijo, intentando convencer a Cristal.
            Aunque aparentemente ella había aceptado la excusa, por dentro empezaba a plantearse si Luca tendría razón. Se pasó la noche pensando en ello, en todas las manías y los caprichos del noble, en todas las formas de pensar en las que había descubierto que chocaban, en su afición por la caza, en esa superioridad sobre los demás... Quizá tuviera razón, y entonces tendría que disculparse con Luca por no haberle creído desde el principio. Pero eso no era lo que más le importaba. El caso era que Gairel parecía una buena persona, le había caído bien desde el primer día y, aunque se conocieran desde hacía poco, ya lo consideraba un amigo. Tenía pocos amigos, y no quería perder ninguno si podía evitarse.
            Pensó también en los siete pasos. Se paró a pensar y Luca tenía razón, parecía que Gairel los estaba empleando contra ella. Primero el baile, después la amistad con él, más tarde la invitación a la casa de campo...
            Estuvo toda la noche preguntándose si no serían todo simples coincidencias, pero por más que intentaba dormir no podía. Se desveló, planteándose sus dudas, y  no pudo volver a  conciliar el sueño.
            Al mirarse por la mañana en el espejo descubrió que la noche en vela le había pasado factura. Tenía los ojos hinchados y unas profundas ojeras. Pero ya no podía hacer nada por solucionarlo, así que se limitó a vestirse y a bajar al salón.
            Allí la esperaban los dos jóvenes, hablando. Desde lejos, pudo ver la sonrisa divertida de Luca, y supo que no se estaba riendo con el noble, sino de él, como hacía siempre. Se preguntó de qué se trataría aquella vez y, cuando se acercó un poco más, entendió que Luca pensaba contárselo con esa expresión suya de ``ya te lo dije´´.
            -Gairel me estaba diciendo lo mucho que le gusta nuestro carruaje. Sabe mucho de ese tema, ¿sabes? –Comentó el vampiro cuando Cristal se sentó a su lado en el sofá.
            -¿En serio? –No veía nada de malo en ser un entendido en carruajes, pero quería ver a qué venía la media sonrisa de Luca, y siguió sin cambiar de tema. –No es nuestro, lo alquilamos en la Ciudad de las Tinieblas cuando salimos de viaje.
            -Vaya, ¿y no os saldría más rentable comprar uno? –Preguntó Gairel poniendo una expresión seria y de interés.
            -No... no creo que...
            -Sí. –La cortó Luca. –Creo que sí nos saldría más rentable. En estos últimos meses hemos viajado mucho y el carruaje no es barato. Además, lo alquilamos durante semanas...
            -¿Por qué no lo compráis entonces? –Preguntó Gairel apoyando la barbilla sobre los nudillos.
            -No sé. Ese carruaje en especial no es muy cómodo... –Empezó Luca. Y aunque Gairel se lo estaba tomando muy en serio, Cristal se dio cuenta que, a pesar de su expresión de estar reflexionando sobre el tema, Luca no estaba nada serio, al contrario, aquello parecía divertirlo.

            -¿De qué hablas? Ese carruaje es cómodo, ¡muy cómodo! El otro día tu mismo dijiste que no tendríamos por qué parar en las posadas, que aquello era suficiente para dormir bien. –Protestó Cristal, sin entender a qué estaba jugando.
            -No, me malinterpretaste; era ironía, querida.
            <<¿Querida? ¿Está haciéndole la burla a Gairel? Él no hablaba nunca de esa forma, ni se preocuparía tanto por un simple carruaje.>> Pensó Cristal, tratando de entender su actitud.
            -En cualquier caso, yo podría conseguiros un carruaje perfecto para viajes largos. Ventanas en ambos laterales, una escotilla de comunicación para el cochero, amplio maletero cubierto... Ya sabéis, esas cosas que siempre son útiles, pero con calidad. Además, os saldría tirado de precio. En el mercado el tipo de carruaje del que os hablo cuesta una fortuna, pero por ser amigos podría haceros una oferta... Incluso. –Añadió con tono fingido de ilusión por su idea. –Con una pequeña inversión, por debajo del valor del vehículo, por supuesto, podríais convertiros en socios y os saldrá gratis. ¿Qué os parece?
            Luca cerró los ojos, disfrutando del momento, y los volvió a abrir para deleitarse con la cara que ponía Cristal.
            No salía de su asombro, se quedó en blanco, no podía contestar, aquella oferta... Una oferta que sería de idiotas rechazar... Era uno de los pasos.
            -Maldita sea. –Murmuró ella.
            -¿Ocurre algo? –Le preguntó Gairel,  aparentemente preocupado.
            -No, nada. Solo es que... es una buena idea, pero no necesitamos carruaje.
            -Luca acaba de decir que... –Empezó el aristócrata.
            -Sí, es cierto que lo he dicho. Pero creo que Cristal tiene razón, no necesitamos un carruaje ahora mismo, quizá dentro de poco...Bueno, por si acaso, para saber cómo localizar los carruajes...¿Cómo me habías dicho que se llamaba la empresa familiar? Era igual que uno de tus apellidos...pero ahora mismo no me acuerdo... Gel...Grin... –Tanteó Luca en busca de su apellido.
            -Grest, la empresa se llama Grest. Pero mi madre se ha vuelto a casar y puede que la empresa cambie su nombre por el de Gulsar Grest. Cuando os decidáis, tendréis que tenerlo en cuenta por si ya ha cambiado...
            -Lo tendremos en cuenta, te lo aseguro. –Murmuró Cristal, agotada. -Entonces tú eres... Gairel Grest Gulsar.
            -Así es, aunque puede que también cambien de orden, no lo sé.
            Cristal dejó caer la espalda contra el sofá. Todo lo que había estado sospechando durante la noche,  todo a lo que había estado dándole vueltas, se estaba haciendo realidad. Luca tenía razón. Gairel solo era un aristócrata arrogante miembro de una empresa en la que quería involucrarle para así acercarse a ella y a su vez familiarizarla con la corte.
            No había dormido en toda la noche, y aquella revelación también la dejó agotada mentalmente, así que decidió dejar de hacerse preguntas y olvidarse de la posibilidad de considerar a Gairel un amigo.
            Esa misma noche se despidió de Gairel. Le dijo que se iban, sin consultarlo si quiera con Luca. No creía que fuese a importarle, él se marcharía encantado.
            El joven noble se mostró desconcertado, no entendía por qué se iban tan repentinamente, y como Cristal no tenía ganas de discutir sobre los siete pasos, dejó pasar el tema y le dijo que Luca estaba enfermo y que aquel clima no era demasiado bueno para él.
            Se quedó bastante convencido, pero intentó disuadirla un par de veces de que abandonara la Ciudad de las Lluvias y cuando se dio cuenta de que no podía hacer nada para que se quedase le dijo que volviese cuando quisiera, y que la próxima vez podrían ir a otra de sus casas, a un sitio más soleado.
            Nada más hablar con él fue a buscar a Luca a su habitación. Tocó a la puerta antes de entrar y, cuando él respondió desde dentro, abrió la puerta y entró. Se desplomó sobre la cama, abatida.  Llevaba mucho tiempo sin dormir, y estaba sin ganas de nada.
            -Estás enfermo, haz las maletas, nos vamos.
            -¿Ahora? ¿Cómo que estoy enfermo? ¡No me pongas a mí como excusa! Te vas porque viste raro, y punto. Confiésalo. –Le dijo Luca, intentando animarla.
            Cristal esbozó una cansada sonrisa, pero no respondió. Fue a su cuarto, arregló las maletas, avisaron al cochero y salieron de viaje.
            Habían sido unos días muy cortos. Y el trayecto a recorrer se le hacía mucho más largo que a la ida, tal vez por el hecho de que no había hallado en la Ciudad de las Lluvias al amigo que esperaba encontrar, solo a un noble intentando manipularla.
            Cuando las sombras que veía por la ventana desaparecieron, al salir de la ciudad,  corrió la pequeña cortinilla y se acomodó en su asiento. No tenía ganas de nada, estaba triste, desilusionada. La próxima vez no se dejaría llevar por la emoción de haber hecho un nuevo amigo tan fácilmente.
            Se cambió rápidamente de lado y se sentó junto a Luca. Tenía la sensación de que la cabeza le pesaba demasiado y necesitaba apoyarla en algún sitio. Por eso se recostó a su lado y al encontrar cómodo el hombro del muchacho decidió quedarse ahí.
            -¿Te importa que me apoye? –Le preguntó al sentir que la miraba, confuso.
            -Claro que no. –Le sonrió él.
            -Bueno, bien, de todas formas no pensaba quitarme aunque te importara...Estoy demasiado cansada... Esta noche he estado pensando en los siete pasos, en Gairel, y resulta que al final has tenido razón. Te debo una disculpa.
            -No, tranquila. Olvídalo. Lo que importa es que no te has dejado engañar y que ahora Andrea no me tendrá que pegar por no haberte protegido de la gente de la corte. –Bromeó él alzando un mechón castaño del pelo de Cristal para juguetear con él.
            -¿Solo intentabas advertirme de lo que pretendía Gairel por miedo a que Andrea te pegara una paliza? ¡Vamos, eso es muy poco creíble!
            -Sí, es verdad. –Reconoció él, sin dejar de sonreír. –Es muy poco creíble, pero en mi cabeza sonaba más convincente.

            No dijeron nada más. Cristal no necesitó mucho tiempo para quedarse dormida, y, al cabo de un rato, Luca se durmió también. Aquel carruaje era muy cómodo para dormir.