15 may. 2015

Imperfecta Armonía. Capítulo 1

Grité. Pero nadie escuchaba. Aunque estaba sola en casa y nadie me oiría, mi alma gritaba por dentro, sin atreverse a levantar la voz.
            Sabía qué era aquello. Sabía que si mi interior desataba todo lo que había guardado esos meses, estaría algo más en paz y no tendría ni que plantearme lo que me disponía a hacer en esos instantes.
            Pero esa era la única forma que tenía de desahogarme. Y por eso me encerré en el baño, me senté en el suelo de mármol y vacilé con la cuchilla sobre mi piel unos segundos para, después, cortarme.
            Y ahí estaba. La sangre, la liberación. Ya me sentía mejor.
            No era ingenua. Había leído sobre ello. Sobre los “cutters”; gente que se autolesiona, que generalmente se corta, buscando una forma de expresar lo que no puede decir con palabras. Sé por qué lo hacía. Sé que el subidón que experimentaba justo antes de cortarme, y la descarga de tensión después, el alivio, eran lo que me llevaban a hacerlo una y otra vez. Era mi droga, mi adicción. Y era completamente consciente de ello.
            Pero no tenía intención de parar.
            No era una suicida, ni una persona que quisiera llamar la atención. Si la gente lo supiera, habría dicho que estoy enferma. La mayoría no lo entendería, es “insano”. Pero, para mí, en cambio, era la única forma de mantenerme mentalmente “sana”. Si no pudiera cortarme, me habría derrumbado hace mucho tiempo.
            Me levanté despacio, y limpié la sangre y la cuchilla. Me la metí al bolsillo, bajé las mangas de mi camiseta y volví a mi cuarto, para esconderla en el cajón de los calcetines.
            Mi tía Beatrice no suele fisgar. De hecho, no creo que entre nunca en mi habitación. Pasa mucho tiempo fuera de casa, y yo me encargo de hacer mi propia colada y de mantener ordenado mi cuarto; no soporto el desorden.
            Me acerqué al tocador. Y una chica paliducha de dieciséis años me devolvió la mirada desde unos ojos azules y cansados. Frente al espejo había un cepillo y a su lado un botecito con pastillas.
            Es triste que a mi edad estuviera tomando antidepresivos. Pero me consolaba la idea de que podría ser peor. Si mi tía o mi psicólogo se enterasen en algún momento de que me cortaba... Bueno, me imagino que los antidepresivos habrían sido el menor de mis males.
            Guardé la cuchilla que llevaba en el bolsillo, cogí una de las pastillitas, y me aseguré de que eran las cuatro de la tarde. Cerré los ojos y la tragué sin pensar. Después me arrepentí de no tener cerca un vaso de agua, pero ya era tarde. Aun así, con un desagradable regusto en la garganta, bajé al piso de abajo a por uno.
            Miré mi muñeca desnuda. Allí, hacía tan solo una hora, había estado mi querida pulsera azul; la que me regaló mi madre por mi noveno cumpleaños. Y su pérdida, en parte, era una de las cosas por las que estaba triste aquel día.
            Mi tía Beatrice me había regalado una blusa de una de aquellas tiendecitas autónomas del centro, esas demasiado pobres como para asentarse en la Gran Avenida, pero que se encuentran a tan solo unas calles de distancia de esta.
            No me quedaba bien, y tenía que ir a descambiarla. Tendría que haber ido con mi tía, porque odio ir de compras sola. De hecho, odio cualquier actividad que implique salir sola de casa. Pero el caso es que la tienda cerraba pronto y era el último día para descambiar la prenda. Mi tía estaba trabajando y tenía que acercarme yo sola. Y además de la vergüenza que pasé diciéndole al dependiente que la mayoría de la ropa que me enseñaba no me gustaba, había perdido mi pulsera azul.
            No es que fuera algo irremplazable. Hacía mucho que no me la ponía, pero últimamente me gustaba llevarla conmigo. Ahora ya no podría hacerlo.
            Dentro de la tienda había estado jugueteando con ella, y seguramente la había perdido en un descuido.
            Suspiré, resignada, y enfilé las escaleras. Cuando subí, me quedé paralizada en la puerta de mi cuarto. Dejé caer el vaso y se hizo añicos sobre el suelo de madera.
            Delante de mí, y al otro lado de la habitación, había un chico mirando distraído por la ventana. Con unos dedos delgados y alargados retiraba cuidadosamente la cortina, con la vista fija en la calle otoñal.
            Era alto y moreno. Llevaba unos vaqueros ajustados, y una camiseta negra con la que se le marcaban los bíceps.
            Me quedé sin respiración, y me recordé a mí misma que lo impactante no era su físico, sino que se hubiese colado en casa. Sacudí la cabeza para reponerme y entonces caí en la cuenta de que podría ser peligroso. Pero me daba miedo moverme, mi tía aún tardaría en llegar. Además, si intentaba salir corriendo puede que me alcanzara; a lo mejor resultaba ser rápido. Bueno, más rápido que yo seguro.
            Me decanté por el plan B.
            -¿Quién diablos eres tú y qué haces aquí?
            -Eso me preguntaba yo. –Su voz era suave, pero grave.
            -¿Quién eres?
            -Me llamo Jack.
            -Muy bien, Jack... ¿Y qué se supone que haces en mi casa?
            -Ya te he dicho que no lo sé.
            Entonces oí que se abría la puerta del piso de abajo. Escuché el típico repiqueteo del llavero de mi tía y me relajé un tanto. Ella sabría qué hacer. No parecía un tipo peligroso, pero aun así podría ser alguien desequilibrado. Volví a darle un repaso; no parecía un loco.
            -¡Beatrice! –Grité sin apartar la mirada del extraño que había irrumpido en mi cuarto. Esperé. -¡Beatrice, date prisa!
            -Ya voy, ya voy.
            Sus tacones resonaron en el entarimado de madera. Por fin, tras unos interminables segundos en los que imaginé cómo el guapo y pacífico Jack se convertía en Jack el destripador y nos mataba a las dos, Beatrice llegó a mi lado.
            La miré a ella y, después, al frente. Ella siguió mi mirada. Bien. No parecía asustada. ¿Tal vez lo conocía? ¿Estaría haciendo el ridículo?
            -¡¿Pero qué has hecho?! –Exclamó. -¿Te encuentras bien? –Miró al vaso hecho pedazos en el suelo y luego me miró a mí.
            -Beatrice... –Susurré, alzando la mano hacia el desconocido. Pero ella se me adelantó, y caminó hacia él con paso seguro y firme.
            -¿Por qué tienes esto a oscuras? ¡Por eso se te ha caído el vaso, porque no veías nada! –Dijo, mientras se dirigía a la ventana, hacia donde estaba Jack y... y pasó por delante de él. Por su lado, sin inmutarse siquiera. Incluso pude ver cómo rozaba su brazo sin que se dignara a levantar la cabeza hacia él; como si no lo hubiera visto.
            Ahogué un grito y me quedé con la boca abierta. Mi tía volvió a mi lado y me dijo que iría a por una escoba. Yo asentí, sin apartar la mirada del desconocido que se encogía de hombros como si la cosa no fuera con él.

            Instintivamente, miré hacia el bote de pastillas del tocador. Y entonces caí en la cuenta de que me había vuelto rematadamente loca. Era oficial. La señorita Mel estaba peor que una cabra.

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