15 may. 2015

Imperfecta Armonía. Capítulo 2


Caí derrotada sobre la cama. Tenía dos opciones: me lo callaba, o lo contaba. Ambas incluían cosas buenas y cosas no tan buenas que me preocupan más. Si hablaba, era probable que me medicasen aún más, que doblasen las sesiones del psicólogo y, probablemente, que descubriesen lo que hacía con mi cuerpo... Y, con un poco de mala suerte, quizá me internasen en algún centro. Pero si no lo decía... Bueno, lo único que estaba en juego era mi propia salud mental.
            Jack cotilleaba, curioso, cada rincón de la habitación mientras yo iba acostumbrándome a mi locura con la cara enterrada entre las manos. Estaba en shock.
 Después de un rato, en el que ninguno habló, me decidí a romper el hielo.
            -Jack. –Pronuncié, con prudencia. -¿Qué haces aquí?
            -Dímelo tú. –Dijo mientras jugueteaba con el marco de una foto.
            -Oh. Así que... ¿Quién eres en realidad? ¿Un espíritu o un ángel que quiere que descubra por mi cuenta por qué necesito su ayuda?
            -No. –Negó con la cabeza. –Cuando te he dicho que me lo dijeras tú, era exactamente porque creía que tú lo sabrías mejor que yo. No tengo ni idea de qué hago aquí. Solo sé que me has traído tú.
            -Ajá... –Murmuré con cansancio, sintiéndome ridícula por seguirle la corriente a un producto de mi imaginación, de mi mente. -¿Y quién eres exactamente?
            -Soy Jack.
            -¿Jack qué más?
            -Solo Jack.
            Me dejé caer en el colchón. Madre mía, ¡estaba hablando con alguien que no existía! Tras unos segundos de absoluta desesperación, me incorporé y crucé el pasillo que separaba mi cuarto del baño.
            Lo acabas de hacer. No, no lo hagas. Lo acabas de hacer. Lo acabas de hacer. Lo acabas de hacer... –Me repetí, una y otra vez, delante del espejo. Pero no tenía fuerza de voluntad. Busqué una cuchilla de depilar, pues no quería que mi nuevo amigo Jack viese cómo sacaba mi cuchilla especial del cajón de los calcetines, y la hice vacilar sobre la piel de mi brazo.
            Lo acabas de hacer. Otra vez no... –Gritó alguien desde algún rincón de mi interior. Pero nadie le escuchó, porque los gritos de mi alma afligida amortiguaron el sonido. Y en mi cabeza solo podía pensar en la gloriosa sensación que vendría después de hacerlo. Derramé un hilillo de sangre. No mucha, la suficiente para sentirme más serena.
            Limpié todo concienzudamente y volví a mi cuarto, donde me esperaba mi nuevo trastorno. Pasé a su lado sin prestarle atención y me pregunté qué debía hacer. Tenía que distraerme hasta la hora de la cena. Pero solo pensar en ver los programas que retransmitían a esas horas en la tele... me ponía enferma.
            Tampoco quería salir. En esos instantes, no me apetecería ver a nadie. Y, aunque quisiera, ¿con quién podría quedar? Seamos sinceros, solo tenía una amiga y casi siempre estaba ocupada. Pero ese no era el mayor de mis problemas en aquel momento.
            El mayor de mis problemas medía más de uno ochenta, era moreno y tenía una sonrisa de infarto. Ojalá pudiera decir que solo era la típica chica colada por el bombón de clase. Ojalá. Pero no era así.
            Cogí un libro y bajé al salón. Por algún motivo, me daba reparo quedarme a solas con él. Me tiré en el sofá y escuché a Beatrice mover cacharros en la cocina. Eso me relajó.
            Sin embargo, al cabo de unos minutos, oí cómo Jack bajaba las escaleras y se acercaba a mí.
            -¿Tú quién eres? –Me dijo, como si fuera él el sorprendido.
            No le contesté, volví a distraerme con la lectura y procuré no prestarle atención.
            -Dime al menos cómo te llamas. Yo te he dicho mi nombre.
            Hice como que no le escuchaba.
            -¡Eh, vamos! -Me chilló.
            -¡No grites, trato de leer! -Le espeté, malhumorada.
            -¿Dices algo, Mel? -Oí la voz de mi tía desde la cocina.
            -No... Nada. -Le dije, consciente de que acababa de gritarle a mi propia imaginación.
            Volví a mi habitación atropelladamente y me encerré dentro.
            -No me hables en público. -Le pedí a Jack.
            -Entonces préstame un poco de atención cuando estemos a solas. -Alzó una ceja. Sacudí la cabeza. No podía creer lo que estaba pasando.
            -Escúchame. –Le dije, señalándolo con el dedo. -No pienso hablarte, ni mirarte, ni prestarte atención. Estás en mi cabeza, y cuando deje de pensar en ti, te irás.
            Entonces tomé una decisión. Haría como si todo fuera normal. Jack podía ser un efecto secundario de los antidepresivos. Seguramente, si dejaba de pensar en él, se acabaría yendo. Desaparecería sin más, igual que apareció...
            -Bueno. –Me dijo él. –Supongamos que soy producto de tu imaginación. ¿Entonces qué tiene de malo que me hables? Es decir, de momento no supongo nada malo para ti; así que, ¿por qué no me das algo de conversación? –Me guiñó un ojo y me llevé las manos a la cabeza, entre desesperada y abatida.
            La cena fue horrible. Intenté no prestar atención a Jack. Pero estaba ahí, interviniendo una y otra vez. Yo trataba de hablar con Beatrice, pero él me lo impedía. No dejaba de escuchar el eco constante de su voz, molestándome.
            Mi tía notó que me pasaba algo, tal vez porque no era capaz de decir más de dos frases seguidas o porque resoplaba cada dos segundos. Pero le dije que estaba agobiada por unos deberes que tenía que acabar para el día siguiente, y me dejo marchar a mi cuarto ofreciéndose a recoger ella la mesa.
            -Está bien. –Le dije a Jack cuando nos quedamos a solas. –Te hablaré. –Forcé una sonrisa. –Al fin y al cabo, tenerte puede ser divertido. Nunca estaré sola.
            -Nos vamos entendiendo, Mel. Te llamas Mel, ¿verdad?
            -Sí.
            -¿Mel de Melissa? ¿Melinda, tal vez?
            -Mel de Mel. –Zanjé. Me dirigí al armario y saqué la mochila del instituto. Miré el horario en la agenda y empecé a meter libros en ella.
            -Vaya, vaya. –Sacó un libro que acababa de meter. -¿Así que mañana nos vamos al instituto?
            Me giré hacia él, esperanzada.
-¿Te importaría quedarte en casa? Te prometo que al llegar te daré conversación. –Me mordí los labios, deseando que funcionara.
-Lo siento, pero estoy ligado a ti.
            -¿Qué quieres decir con eso de “ligado”?
            -Que me siento atraído por ti en todo momento. –Soltó una risotada, clara y algo grave. –Me refiero a que algo me empuja a mantenerme cerca de ti.
            -Lástima. –Cogí un libro y me quedé unos instantes parada frente a la cama. Pensé en leer hasta que me entrara el sueño. Pero llevaba mucho tiempo sin dormir bien, y lo cierto era que me sentía agotada.
            Tal vez, si consiguiera dormir bien Jack desaparecía de mi mente. Dejé el libro en su sitio y encendí la luz de la mesita de noche antes de apagar la lámpara del techo. Me asomé por la puerta de mi cuarto y le grité a Beatrice, que veía la tele en el salón, que me iba a acostar.
            Dejé que las sábanas me engulleran y apagué la luz.
            -Eh, ¿vas a dormir?
            -Voy a intentarlo.
            -¿Y yo qué? –Jack me miraba, expectante.
            -Puedes dormir también. –Le propuse.
            -¿Dónde?
            -¡Oh, vamos! –Casi grité, encendiendo de nuevo la luz. Jack estaba junto a la ventana. Con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y expresión divertida. -¿No puedes dormir de pie?
            -¿Tú sí? –Se hizo el sorprendido y alzó mucho una ceja.
            -Yo no soy producto de la imaginación de alguien.
            -Ouch. –Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar dolido. –Pero todavía no puedes afirmar eso, no estás segura de que sea producto de tu mente.
            -¿Puedes demostrarme lo contrario?
            -Ni siquiera yo sé por qué estoy aquí.
            -Entonces no hay más que hablar. Eres una alucinación. ¡Desaparece!
            Sacudió la cabeza, ignorando mi comentario.
            -¿Y bien? ¿Dónde duermo?
            -Mañana ya pensaré en algo. De momento, puedes dormir en el suelo. –Volví a acostarme. –Tienes algunas mantas en el armario. Búscalas.
            Jack se dirigió al lugar que le había indicado, algo resignado; pero obediente. Y encontró las mantas de las que hablaba. Tumbó varias en el suelo, a modo de colchón, y apretujó una para usarla de almohada. Se echó la restante por encima y suspiró.
            -Es muy temprano. No creo que pueda dormir.
            -Inténtalo.
            -Hasta mañana, Mel.
            -Hasta mañana.

            Cerré los ojos. ¿Realmente acababa de darle las buenas noches a un ser imaginario? ¡Madre mía!

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